De la madre del relato al papá de Antonia
En la publicidad política modelo siglo 21, el público consume la supuesta cotidianidad espontánea y natural de los protagonistas del espectáculo del poder.
Una esposa espléndida y una hijita radiante. Juliana y Antonia están siempre en las postales del sonriente Mauricio. Riendo o jugando; abrazándose los tres. Mezclados amorosamente, irradian la imagen de la familia perfecta. La bella Juliana y la encantadora Antonia parecen la razón de la sonrisa, siempre encendida, de ese padre y marido tan satisfecho.Aunque esta imagen no aparezca en spots publicitarios ni en cadenas nacionales sino en revistas de papel satinado y en programas de televisión abocados a los famosos, se trata de publicidad. Y no precisamente la más sana.En el conocimiento de la mayoría desinformada de los ciudadanos devenidos en espectadores, no existen los tres hijos de Mauricio Macri, que tuvo con Ivonne Bordeu, su anterior esposa.No es que los oculte. Una familia rica que sufrió varios secuestros fomentó el perfil bajo de los tres jóvenes, que podrían ser padres de su media hermana.De todos modos, el contraste con la exagerada exposición de la pequeña Antonia hace más evidente la utilización publicitaria de la niña y de su mamá, Juliana Awada.Una modalidad de publicidad situada en las antípodas de la propaganda kirchnerista. Las postales de la etapa anterior no mostraban la cotidianidad de una familia cariñosa. No había intimidad hogareña, sino grandes escenarios en los que convergían el líder y las masas.La foto del abrazo de Néstor y Cristina, con la multitud como telón de fondo, sugería que el amor de la pareja ocurría en la comunión del liderazgo con su pueblo. Como si, parafraseando a Mario Benedetti, se dijeran: "Porque sos pueblo, te quiero".Con ese pueblo se casó en segundas nupcias la viuda. Con "Él" en las alturas de la historia, Cristina nunca estuvo sola. La acompañó el aplauso admirado de quienes escuchaban su palabra "esclarecida" en salones gubernamentales, o la multitud reunida en los patios de la Casa Rosada o al pie de los escenarios montados en la Plaza de Mayo.La propaganda kirchnerista es modelo siglo 20. Ya no hay muchos países que revivan el formato grandilocuente que caracterizaba al culto personalista de los populismos y totalitarismos de izquierda y derecha, de aquel tiempo de líderes mesiánicos y megalómanos.Al lado de semejante aparatosidad, las postales familiares del sonriente Mauricio lucen una ingenuidad de cuadro naif . Pero si bien son mucho menos tóxicos, esos retratos hogareños no son lo que parecen.La espontaneidad que irradian es tan auténtica como los aplausos del público cautivo que tenían los sermones de Cristina. Y la exposición constante de Antonia no es una muestra de inocencia, sino de cálculo y manipulación. Los dos "kitsch" En La insoportable levedad del ser , Milan Kundera recurre a una vieja palabra alemana sumamente reveladora: kitsch . Equivocadamente tenida en la actualidad como sinónimo de mal gusto, ese concepto surgido de los ámbitos artísticos de la Munich decimonónica tiene acepciones más profundas y filosóficas.El novelista checo la usó en el sentido del estilo estético apuntado a manipular las emociones. Habla en su obra de un kitsch totalitario y de su contracara, el kitsch democrático.Kundera describe el kitsch totalitario a través de los actos de masas que realizaba el Partido Comunista checoslovaco en Praga. La Plaza Wenceslao era inundada por infinitas multitudes. Las banderas rojas flameaban en los balcones y en los mástiles. El "pueblo" ovacionaba a los líderes como si los adorara. Los artistas desfilaban por monumentales escenarios cantando épicas del proletariado y su vanguardia esclarecida.En aquellas postales, masas y liderazgo comulgaban en la construcción revolucionaria de la historia. Y nadie llevaba a esa gente a punta de pistola. De maneras sutiles pero implacables, el sistema los persuadía de acudir y aclamar a sus conductores.Aquella postal no retrataba la realidad. El verdadero retrato de la realidad fue el de las masas que desafiaron a los tanques soviéticos en las barricadas de la Primavera de Praga.En la misma Plaza Wenceslao donde la masa adulaba a la nomenclatura, los checos y eslovacos enfrentaron la represión en su afán de poner fin al totalitarismo, el pensamiento único y sus asfixiantes métodos de propaganda y adoctrinamiento.Esa masiva protesta sí fue realidad. Lo demás sólo era kitsch .Manipulación de las emociones. Alineamiento por apropiación de valores y estigmatización a quien elige no masificarse por no creer en la pretendida identidad entre el líder y los valores apropiados.Para Kundera, la contracara del kitsch totalitario es el kitsch de las democracias, con las sonrisas de dentaduras perfectas exhibidas por los candidatos que abrazan ancianos y besan niños.Los cultores de ese modo superficial de manipulación psicológica ponen cara de escuchar con atención a los interlocutores que cruzan en las calles o los reciben en escuelas, hospitales, oficinas y fábricas.Las postales de Macri con sobredosis de Antonia se inscriben en esta modalidad publicitaria, pero en la versión siglo 21; que, aunque de apariencia más sencilla y natural, es más sofisticada que la descripta por Kundera. También tiene que ver con lo que Mario Vargas Llosa explica en su libro La civilización del espectáculo .En la parafernalia propagandística modelo siglo 20, a la masa se la alimenta con mesianismo, personalismo sacralizado por la historia y la ideología, y montajes escenográficos cautivantes.En la publicidad política modelo siglo 21, el público consume la supuesta cotidianidad espontánea y natural de los protagonistas del espectáculo del poder.

