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Dalmira "la Rubia" Clariá Olmedo

No la movían los dones ni las recompensas... porque sentía que el amor al prójimo no es una carga. Arnaldo Pérez Wat.

29 de noviembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Dalmira "la Rubia" Clariá Olmedo

La noche del 4 de enero de 1930, en Río Ceballos, un grupo de jóvenes, con otros de la familia Clariá, que allí veraneaba, programó una caminata a la luz de la Luna. Cuando habían transitado unas cuadras, apareció por atrás un auto. Venía cuesta abajo, sin la rueda delantera izquierda, echando chispas con el eje sobre el pavimento. El grupo se dividió en dos y el auto, conducido por un irresponsable, se fue hacia la izquierda, aprisionando a Dalmira entre el eje y una pequeña barranca, frente al Colegio de las Hermanas. Dalmira, "la Rubia", perdió la pierna izquierda, y la derecha se salvó parcialmente luego de internaciones en Córdoba y Buenos Aires. Soportando con entereza y en silencio el dolor que le ocasionaba, logró después deambular. Según los datos que nos proporciona gentilmente Carlos Julio, el penúltimo de los nueve hermanos de la familia, Dalmira había nacido en Córdoba el 5 de julio de 1909. Cursó el primario en las Esclavas del Corazón de Jesús, barrio General Paz, donde luego dio clases de Geografía. El secundario y el profesorado, con el mejor promedio, los hizo en la normal Carbó. Monumento a la paciencia. Debía abordar con paciencia el transporte urbano y viajar por la provincia como secretaria de la Acción Católica Argentina. Adquirió en 1957 un Opel alemán para discapacitados. Fue la solución por un tiempo, debido a los inconvenientes que le ocasionaba su pierna ortopédica. Después, su cuerpo le fue indicando que debía transitar menos y su alma altruista le repetía que su vocación era el compartir. Chocha, la quinta hermana, dedicó a "la Rubia" gran parte de su vida, trasladándola y atendiendo su salud. Se decidió a trabajar ayudando a los ciegos. Tenía un programa sobre tiflología en Radio Nacional, sin que su nombre figurara en el libreto. En esa ocasión, nos contó que cierta vez un ciego le dijo: "Aféiteme". Ella lo frenó, explicándole que, con la máquina eléctrica en una mano y palpando el rostro con la otra, él mismo podría hacerlo. Allí quedamos notificados de su tenacidad, pero también de su carácter. Alcanzamos a ver su máquina de escribir en Braille; una de las primeras que hubo en Córdoba. No imprimía con un teclazo cada letra, sino que tenía que perforar punto por punto hasta formar una. Ese manipular, que contemplamos en la cocina de su departamento de avenida Colón, era un monumento a la paciencia. Además, grababa en casetes libros y apuntes para estudiantes. Un invidente, que estudió con ellos en la cárcel, la visitó después con su título de abogado. Investigó sobre el coronel Agustín A. Olmedo, su abuelo, de quien transcribió documentos originales, además del cuaderno de campaña utilizado durante sus acciones militares en la Guerra del Paraguay. Lo que publicó no lleva su nombre. Todo el material está en el Archivo Histórico de la Provincia. Leyendo las vías que explican causalmente la existencia de Dios, en la Summa Theologica de Santo Tomás, nos decía que no entendía cómo puede dudarse sobre tanta claridad. Es que esa luz, esa trascendencia, iluminó siempre su espíritu, poniendo en acción todos sus actos. No la movían los dones ni las recompensas. Casi nunca la abandonó su dolor de piernas, del que jamás se quejaba, porque sentía que el amor al prójimo no es una carga. El 30 de julio de 1991, luego de un último padecimiento, un cáncer, entregó su alma a Dios. En el lecho del sanatorio, nos pareció que bien podría resonar aquello que el Creador nos manda a decir en Mateo 25, 40: "Siempre que lo hicisteis con alguno de estos, mis más pequeños, conmigo lo hicisteis".