Cuando los presidentes son estafados
Atrás, muy atrás, quedaron escándalos que, cuando se conocieron, provocaron gran impacto en la opinión pública. Raúl Faure.
Atrás, muy atrás, quedaron escándalos que, cuando se conocieron, provocaron gran impacto en la opinión pública. Ejemplos: las coimas que funcionarios del ex presidente Carlos Menem exigieron a una empresa norteamericana en el llamado "Swift-gate" o la célebre valija de Guido Antonini Wilson, quien trajo desde Venezuela, en agosto de 2007, casi un millón de dólares para la campaña del kirchnerismo. Casi olvidados quedaron, también, los anuncios de 2006 acerca de las fabulosas inversiones chinas, así como los convenios firmados en 2008 con empresas francesas para construir el llamado "tren bala" a cambio del pago de 3.500 millones de dólares.Todos esos episodios pertenecen a un pasado remoto, porque acaba de estallar el "Schoklender-gate" que, por la información que se hizo pública, está muy bien encaminado para convertirse en el hecho de corrupción más gigantesco de nuestra historia.Alguna vez se individualizarán los autores de los hechos investigados y se establecerán si contaron o no con la complicidad de funcionarios públicos, para apropiarse de los casi mil millones de pesos que el Estado nacional transfirió a la Fundación Madres de Plaza de Mayo.Por ahora, la única certeza es que la Presidenta ha sido timada. Sencillamente porque es ella a quien la Constitución (artículo 99, inciso 1) designa como jefa de Gobierno y la hace responsable política de la administración del país.No debe ser tarea sencilla timar a un jefe de Estado, pero, por lo que se conoce, no es imposible. Hasta Juan Perón fue engañado. Aún se recuerda aquel affaire de 1951, cuando un seudocientífico –el alemán Ronald Richter (a quien se llamó el "sabio atómico")– lo convenció de que podía lograr reacciones termonucleares para producir energía eléctrica. Enormes recursos del Estado se destinaron a montar un costoso laboratorio en la isla Huemul, en cercanías de Bariloche, para llevar adelante esos planes. Con su proverbial megalomanía, Perón anunció que en sólo dos años la totalidad de la energía requerida por los hogares y la industria sería producida mediante el dominio del átomo. Y hasta cometió el desatino de enviar un "mensaje tranquilizador" a Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, prometiéndoles que el invento argentino sólo tenía fines pacíficos. El final también es conocido. Científicos y militares, entre ellos el célebre profesor José Antonio Balseiro y el coronel Emilio González, demostraron que los experimentos del improvisado alemán –que había recibido la ciudadanía argentina y la medalla a la lealtad peronista por sus servicios– eran un completo fracaso y que había que poner término a la aventura cuanto antes. Perón quedó avergonzado y despidió al "sabio", pero a esa altura el papelón ya era noticia universal.Seguramente, lo mismo le ocurrirá a la Presidenta cuando termine de convencerse de que fue timada por quienes dicen ser sus amigos. En tanto, el país aguarda que, con su proverbial locuacidad, ofrezca alguna explicación sobre el episodio y se adopten medidas para la pronta recuperación de los bienes públicos desviados para enriquecer a particulares.

