Quiénes y cuándo
Cosas importantes y misteriosas que me sucedieron la primera vez que fui a París.
De las cosas importantes y misteriosas que me sucedieron la primera vez que fui a París
Fue Balzac, san Honorato, quien comparó a París con el océano. Otra de las suyas: "París es una ciudad marcada para la vida". O, al revés: "El problema de París es que se le notan mucho los tendones". Balzac podía, si quería, vendarse los ojos y atravesar el puente Voltaire sin llevarse un solo mendigo por delante. No digo nada que no se sepa; todo está escrito en la biblioteca. Abreviemos, messiedamme , a mí tanto París como las novelas de Balzac me reprotean, me embucan, me lonean y angelizan. Quiero decir que puedo escribir de París como Ray Charles, con anteojos negros y los ojos cerrados.Yo la conocí cuando era chico; no, chico, no: un muchacho, un muchacho que no sabía llegar al fondo de las cosas. Hablo de una edad en la que lo primero que se hace es sacar el pasaporte. Las clásicas siglas: AP y DP, antes y después del pasaporte. Antes y después de París. Me voy a Francia, dije en casa a la hora del almuerzo. Mi hermano, que para cualquier cosa me sacaba 100 metros de ventaja, fue el único que hizo un comentario:–Traeme una mujer.Ahora, a la distancia, me veo como un pibe de corazón rugiente, con cinco billetes de 100 francos ocultos entre la media y el zapato y una valija verde de tamaño familiar, cuyo cierre no cerraba. Tardé tanto en llegar, que cuando desembarqué me había crecido la barba.Llegué a la capital del océano en tren, a la estación de Lyon, despidiendo chorros de adrenalina. París, loco, París, me decía, al tiempo que arrastraba el valijón sin saber por dónde iba ni lo que buscaba. París empezaba en ninguna parte y no terminaba nunca, pero yo estaba empeñado en ocupar su justa mitad.Hubiera podido volar, si quería, caminar sobre las manos, tocar el tambor, cortar leña, trinchar un pavo, galopar, ir a la guerra o caer como una piedra.Tenía todas las bolillas aprendidas: la estatua de Dantón estaba emplazada en el carrefour de l'Odéon. Odéon se escribía con acento; el café Procope quedaba en el número 13 de la rue de la Ancienne Comédie; loco se decía fou ; leche, lait ; guita, fric ; café, café, y la place Vendôme era un magnífico ejemplo de la arquitectura francesa del siglo no sé cuánto. Facilísimo.¿Cuántos años llevaba la gente rezando en la catedral de Notre Dame? 2015.¿Cómo se llamaba antiguamente la avenida Montaigne? Avenida de las Viudas.¿Qué decía La Maga en la página 464 de Rayuela ? –París es gratis, como el amor.¿Cuál era el nombre de ese general dispéptico que se sentaba como Moreno y se peinaba como Belgrano? Napoleón Bonaparte.¿Cómo se dice Prévert? Facilísimo.Antes de viajar, había discutido mucho con mi viejo:–Papá, tengo muchas ganas de conocer París.Fue como si le hubiera dicho que quería ser peronista.–Tenés toda la vida por delante.–Sí, pero ahora quiero un pedacito.Él me dio los cinco billetes del zapato. Éramos amigos.Fue por las inmediaciones de la estación de Lyon que sentí la imperiosa necesidad de paralizar el tiempo y dejar expresa constancia de que yo, Salzano Daniel, calzado con borceguíes del número 42, diabético atroz, barbita de faquir y pobre de colección, había atravesado las puertas de la historia.Puse una moneda de un franco en la ranura de una máquina automática y obtuve a cambio cuatro fotos de mi rostro, nada más que de mi rostro, inmóvil, concentrado, hondo y severo. Una foto exactamente igual a la otra. Todavía las conservo. "El tiempo es olvido y es memoria" (Borges).Era tan chico que Hemingway aún no se había suicidado, Bond le daba la masita al Doctor No y Marilyn falsificaba recetas para adquirir el Nembutal de cinco miligramos.Pasé por una oficina de correos y compré una postal. Había postales del Arco de Triunfo, de la torre Eiffel, de Maurice Chevalier y del tintero de Marcel Proust. Elegí una imagen de Pigalle, el barrio de la joda. Con letras amarillas, podía leerse "OH LÁ LÁ".En la estampilla, aparecía una diosa de 10 centavos coronada por el eslogan más rendidor del siglo XVIII: libertad, igualdad, fraternidad. La diosa, de la cintura para arriba, iba desnuda. Los franceses no les temían a las tetas. Escribí la dirección de mi casa y dudé un rato largo entre escribir Argentina o Argentine.Primera impresión: París no se podía ni pintar, ni escribir, ni describir. Era una ciudad negociada a través del tiempo por una camarilla de inspirados arquitectos, confiteros, libreros, pintores, bármanes, caballeros y las mujeres a las que se refería mi hermano.Decidí buscar un lugar donde vivir. Terminé alojado en un cuarto piso de la rue Racine, en el distrito VI, un hostal para criminales: SA (Sin Ascensor), SB (Sin Bidé), ST (Sin Teléfono), SD (Sin Desayuno) y CP (Con Pulgas). En serio. Las pulgas parisienses tenían las orejas levantadas y dientes de perro. No picaban: mordían. Los brazos ensangrentados. Y las piernas. Algunas noches quemaba el diario con la intención de intimidarlas. Era la parte oscura del viaje, la tristeza pringosa de los hostales de la rue Racine. Antes de dormir, ponía la plata debajo de la almohada y la almohada dentro del pijama.Me movía con un ejemplar de la Guía Michelin –la verde– y memorizaba datos que, tal vez, me convertirían en un hombre de provecho: fui a visitar la torre, la Torre. Parecía mentira. Era como cruzarte en la vereda con Los Beatles.La torre te obligaba a echar la cabeza hacia atrás y a mirar para arriba con un gesto de reverencia infantil. Lo demás estaba escrito en la guía: "La estructura metálica de la torre Eiffel pesa siete mil toneladas, su peso es inferior al de una columna de aire de la misma base y la presión que ejerce sobre el suelo es de cuatro kilogramos por centímetro cuadrado, igual a la de un hombre sentado en una silla".Había llevado una libretita Avon, cuadriculada, y cada vez que podía me mandaba la gran Kerouac, escribiendo pavadas, sentado en la vereda. La libreta ya no está. En el cajón de París, sólo conservo la Guía Michelin , un disco 45 rpm de Django Reinhardt y una gomita de oficina que envuelve algo que no me atrevo a desenvolver. Deben ser postales, dibujitos, estampillas, billetes de metro y algunas hojas verdes que ya deben estar muertas.En el Olimpia, cantaba Montand. Lo escuché desde la puerta, pero desde la puerta no se escuchaba nada. Así y todo me consideraba el hombrecito más afortunado del mundo. Incluso cuando me pasaba por encima esa misma ola de pena que te pasa algunas veces cuando estás solo en el café.¿Dónde habrá ido a parar la libretita? Es probable, calculo, que permanezca expuesta bajo una campana de cristal en el Museo Internacional de los Pendejos.Yo no era joven, todavía. En realidad, era un pendejo.París era un impuesto. Pagarlo o no pagarlo. Esa era la cuestión. ¿Y la comida?Más que paladearse, en París la comida se leía. Escuchen esto: Foi de tortue truffé . Cochon de lait entouré de bananes frites y vino tinto de la casa.¡ Bananes frites !Había recorrido 13.270 kilómetros desde Córdoba para terminar cavilando delante de un restaurante de barrio donde se podían comer bananas fritas. Más pesada que la comida era la adición.Entretanto me arreglaba como lo hacía Steve McQueen en Papillon : pan, queso y agua de la canilla. Las comidas de verdad, lafoi de tortue truffé , costaban 20 francos y cada franco costaba media luca, algo así como la octava parte del salario de mi viejo, quien, dicho sea de paso, me informaba vía aérea que Talleres llevaba tres empates al hilo y que la panza del canario se había hinchado como un globo.Al final, me atravesaba el corazón con dos palabras: ¿Falta mucho? París, entendámonos, era la ciudad de Blaise Cendrars, de Apollinaire, de Edith Piaf, de Michel Simon, de Brassens, de Simone Signoret y de Aragón. Y del Louvre. Y de Cézanne. Y del chico de Los 400 golpes . O sea: París era la ciudad de Francois Truffaut.Como la entrada era libre, fui a visitar la casa de Víctor Hugo. Los franceses están dotados como nadie para amasar fortunas con el arte y la cultura. Todo es arte. Los relojes son un arte. Las ladillas son un arte. La jefatura de distrito era una obra maestra. El Pont Neuf era una fábrica de energía creativa. Y la lluvia. Y el loro de madame Chanel. París era como Lola Lola, la bataclana de El ángel azul : "Estoy aquí para gustarles, y a eso no lo puedo remediar".Los franceses, por su parte, son distantes, inteligentes, soberbios, pijoteros, seductores y –aunque llevan pantaloncitos blancos– sus futbolistas son negros. ¿Qué más? Son prudentes. Usan galochas. Comen caracoles. Y tienen un idioma tan rico que les permite expresar correctamente las ideas más equivocadas.París, lectores, es una ciudad a prueba de franceses.Hice lo que cualquier cinéfilo bien nacido hace no bien atraviesa la frontera: pasé la yema del dedo por la pared del edificio donde en 1895 los hermanos Lumiere inventaron le cinematographe, recorrí el Louvre en las cuatro direcciones, fumé Gauloises, robé un cenicero de hojalata y en la Cinemateca me vi tres películas al hilo de Godard.París es la única ciudad del mundo donde los chicos de la primaria estudian a Godard. Viajé en metro con tanta frecuencia que aprendí el nombre de todas las estaciones. Hoy, cuando ya pasó todo, cada vez que en el Allende me ponen la camisa de fuerza tomográfica para medir mi producción de dinamita coronaria, me entretengo subiendo al metro nuevamente para clasificar alfabéticamente el nombre de sus estaciones: Argentine, Belleville, Concorde, Duroc, Etoile, La Fourche. No se mueva, Salzano, no se mueva.En el metro podías, si querías, escuchar las obras completas de Vivaldi interpretadas por un trío de inmigrantes argelinos. París era inmensa, inabarcable, hipnótica e indiferente. No me daba bola; quiero decir que la ciudad pasaba de mí y de mi vidita. Pero al mismo tiempo me provocaba, ilusionaba y sorprendía.El Sena me sorprendía. Matisse me sorprendía. El amanecer me sorprendía. La naturalidad del amor me sorprendía. Y en una exposición organizada por el Teatro de la Ópera, posadas sobre una alfombra de oro, me sorprendieron las zapatillas destrozadas de Nijinsky. ¿Pongo que París es un estado mental? Dale, ponélo.Carta de mi viejo: "'El Negro' Brizuela es hincha de Belgrano". Esas frases suyas tan intempestivas, tan apasionadas, eran una de las 400 cosas suyas que adoraba. ¿Falta mucho?Regresé cuando me quedaban cinco francos con 17 centavos.Los negros querían saber cosas de mujeres. Les dije que se afeitaban las piernas con navaja, acumulaban pelo en las axilas y colgaban la bombachita en la canilla. No me creyeron. Colgar la bombachita en la canilla era un recurso de entrecasa. Hace unos años, tres o cuatro, a Córdoba llegó una película que se llamaba París, je t'aime . Constaba de 18 historias breves rodadas e interpretadas por la flor y nata de la industria. Si me hubieran invitado a mí, hubieran sido 19.Toma uno. Exterior día. Estación de trenes de Lyon. Un adolescente se encierra en una cabina de fotos automáticas y deposita una moneda en la ranura.Toma dos. Interior cabina. Primer plano del muchacho bombardeado por cuatro relámpagos iguales.Toma tres. Exterior día. El chico recoge las fotos, húmedas todavía, y las observa detenidamente.Toma cuatro. Exterior día. Después de guardar los cuatro retratos en el bolsillo superior de la camisa, se aleja en dirección al Sena, arrastrando una valija que no cierra.Funde a negro. Aparece la palabra FIN.

