Corruptos y corruptores
La prepotencia del dinero, en todos los universos de este mundo, abre el ida y vuelta de la corrupción. Su inmenso poder reside, entre otras cosas, en su capacidad para doblegar dignidades, desde las más frágiles hasta incluso algunas que se pensaban muy firmes. Pero, claro, para que el círculo se cierre, son necesarios espíritus dispuestos a ser corrompidos. Hay otras razones por las que los corruptos entregan el alma: recibir a cambio oportunidades de relaciones de todo tipo (sexuales, sociales, económicas), acciones que contribuyan a saciar ansias de fama, prestigio, reconocimiento y otras satisfacciones personales, entre tanta prebenda organizada. Todo esto siempre puede ser simplemente reducido a billetes. Es posible que la corrupción no sea de izquierda ni de derecha, que no tenga que ver con la definición de uno u otro modelo en su ideología política esencial (política y no económica), sino que se trate de acciones individuales y también de conspiraciones que persiguen intereses muy particulares, aunque en muchos casos el poder corruptor del dinero se usa sencillamente como estrategia de dominación política y económica. Los argentinos no sólo hemos visto una voracidad insaciable en acción –individual o grupal–, tragándose millonarios negocios en la escena pública, sino también a la corrupción transgrediendo todas las fronteras. Se puede imaginar, por ejemplo, a un corrupto del Primer Mundo haciendo sus billetes con una licitación, pero no es tan habitual imaginarlo haciendo grandes negocios en contra de su país, a costa del porvenir de toda la sociedad en la que está inserto. Aquí, sobre todo a finales del siglo pasado, los corruptos nuestros no han titubeado en sacar su tajada pese al derrumbe nacional; aquí se han vaciado empresas nacionales para, primero, argumentar la necesidad de venderlas y luego, llegado el momento, venderlas como baratijas. Pagamos un alto precio colectivo por eso, y hasta ahora no hemos sido capaces de lograr que reciban el castigo de la Justicia los pocos que se enriquecieron no sólo haciéndole trampas a la sociedad, sino también rematando el país al mejor postor. Cuando se habla de corrupción, siempre se apunta a la política, pues mucho se ha conocido sobre personajes dispuestos entregar lo que es de todos para su ventura personal. Por cada moneda escamoteada, hay alguien al que le toca sufrir, incluso tragedias. Pero esto también vale para los corruptos en distintas áreas y actividades, por más privadas que sean en algunos casos. La evasión impositiva y la fuga de divisas, temas que se han tratado en estos días y sobre los que se pretende legislar, tienen también el mismo poder devastador, y aún mayor pues muchas veces se trata de montos gigantes que corresponden al conjunto de la sociedad. La corrupción suele ser muy señalada como uno de los grandes flagelos que reparten infelicidad y desventura entre la gente, y eso es muy cierto, pero detrás de las sobreactuaciones suele haber una enorme dosis de hipocresía y cinismo. ¿Cómo es posible que los grandes poderes del mundo les permitan subsistir a los paraísos fiscales, si no es que los necesitan para sus trapisondas? ¿Cómo la comunidad internacional puede soportar que Suiza maneje esos procedimientos bancarios si no es que le interesa que funja así como una gran cueva de Alí Babá? Mientras tanto, los corruptos son adoradores de su propia ambición, pero sobre todo juegan el papel que necesitan que jueguen los corruptores, es decir aquellos que tienen el gran dinero y que saben que con él se ganan todas las madres de las batallas. O casi todas, si es que hay convicciones verdaderas, no sólo declamadas, que sean capaces de sostenerse de pie por más grande que sea la billetera del corruptor.

