Corre, limpia y baila
El servicio militar obligatorio marcó a varias generaciones de argentinos. Gustavo Aro cuenta su propia experiencia en el Regimiento de Infantería Aerotransportada, en camino a La Calera. Más información en Días Contados.
Mayo siempre me resultó atractivo. Vaya uno a saber por qué, pero desde chiquito mayo fue en mi vida un mes movilizador. Será porque en el quinto mes del año se produjo la Revolución de Mayo; será porque el 29 conmemoramos la gesta del Cordobazo (justo en el Día del Ejército Argentino). Será porque ese mismo día, además, cumple años mi hermano. Es, a toda luz, un mes muy importante. Pero hay algo que lo hace muy especial: también el 29 de mayo se realizaba el sorteo del servicio militar obligatorio, popularmente llamado "colimba" (corre, limpia, baila o barre). Esas eran básicamente las cosas que hacían los soldados.Bailar, en la jerga militar, consiste en castigar y disciplinar a los soldados sometiéndolos a ejercicios físicos extenuantes a cualquier hora del día y sobre cualquier superficie.¿Se imagina usted, querido lector, hacer cuerpo a tierra en un campo minado de espinas o correr alrededor de la plaza de armas a las 3 de la mañana y en calzoncillos, sea verano, otoño, invierno o primavera? Mejor no se lo imagine, por lo degradante y por la maliciosa actitud de algunos suboficiales que acudían al "baile" sólo para que les pasaran rápido las horas.Pero antes de bailar, de limpiar los baños con un cepillo de dientes, de sacar los yuyos del costado de la ruta del camino a La Calera con una cuchara o de tender la cama en 12 segundos, había un sorteo. Un sorteo que se transmitía por Radio Nacional para todo el país.Era el día D, en el que uno sabía si hacía el servicio militar, si se salvaba o si quedaba en lista de espera hasta saber en qué número llegaba el corte. De tal número para arriba, a la colimba. De ese número, para abajo, salvados.Miles de jóvenes argentinos faltaban ese día al trabajo, a la escuela o a la facultad para escuchar el sorteo, que por momentos se tornaba larguísimo y aburrido hasta que se aproximaba el número de uno, que no era ni más menos que los últimos tres dígitos del documento.Funcionaba así: una voz decía "número de orden (los últimos tres del documento) y otra voz cantaba el número de sorteo. Como era de esperar, yo saqué el 616, así que iba seguro. Sólo era cuestión de esperar el llamado. Con el 616, no había forma de salvarse.El que sí pudo haber zafado fue mi hermano. Con la suerte que lo caracterizaba, salió sorteado con el 003. Imposible hacerlo con ese número. Hubo asados en cadena por los festejos. Gabriel se había salvado.Pero la suerte no dura para siempre. Excepcionalmente, la clase 1955 fue convocada completa. Así es que, meses después de los asados y los brindis, fue convocado y terminó haciendo salto rana y cuerpo a tierra en el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14 (R14); acá nomás, en camino a La Calera, el primero a la derecha.Después del sorteo, llegaba la segunda etapa: la revisación. En ese capítulo, miles de jóvenes argentinos apelaban a cualquier artilugio para salvarse, aun a costa de quedar marcado para siempre en el documento por haber acusado alguna discapacidad física o por declararse homosexual.Como se sabe, los militares y los homosexuales nunca se llevaron bien, aunque estadísticamente es imposible que no haya existido un "milico" gay en la historia del Ejército Argentino. A mostrar las partes íntimas La revisación consistía en un examen tipo ganado a todos los convocados. Control de ojo, espalda, respiración y, lo más degradante, control de ano. Allí, en fila, todos los chicos uno al lado del otro, de espalda al médico y al enfermero, agachados y mostrando la parte más íntima. El día de mi revisación, venía de una noche larga de excesos con mis amigos, quienes no dudaron en acompañarme hasta la puerta misma del 141 en el Parque Sarmiento y tuvieron la valentía de quedarse al frente, con sus pelos largos y tocando la guitarra, hasta que un suboficial de bajo rango les dijo que se fueran, bajo amenaza de que los encerraban 24 horas en el cuartel. Eligieron rápido: se fueron. Dentro del regimiento donde se hacía la revisación, había también una especie de kermés con mesas de distintas compañías del Ejercito, la Marina y la Aviación, explicando los beneficios de ir a tal o cual lugar. Yo no dudé y, fiel a una promesa, me anoté en Paracaidismo.Esa elección tenía algunas ventajas: primero, cumplía con lo prometido y así no quedaba condenado a ningún maleficio; segundo, tenía un colectivo que me llevaba directo desde casa hasta la puerta del Regimiento.Aprobada la revisación, se abría paso a la espera de la convocatoria y al cumplimiento del servicio militar obligatorio.En mi caso, con apenas 18 años cumplidos, la citación llegó en diciembre para que me presentara el 10 de enero de 1978 en el Regimiento de Infantería Aerotransportada 14.Debo reconocer que, aunque siempre le puse el pecho a las balas, en esa oportunidad tenía miedo, mucho miedo. Por un año, o quizá más, iba a perder una de las cosas más preciadas que poseía en ese momento: mi libertad y mi pelo largo.La despedida de mi hogar fue bastante triste. Mi madre llorando, mi padre diciendo que en la colimba "uno se hace hombre", mi hermana menor mirando sin entender mucho, la mayor llorando (al día de hoy es frágil de lágrimas) y mi hermano mirándome con compasión (sabiendo, por experiencia, lo que me esperaba). El extraño del pelo largo El primer día en el R14 fue agitado. Una formación acá, otra allá, los soldados veteranos que nos miraban y nos pedían cigarrillos, plata o algo para comer. Los suboficiales observándonos con asco, y los oficiales, impecablemente vestidos, supervisando cada tanto. Todavía éramos civiles. Manteníamos nuestra ropa y nuestro pelo. El segundo día se empezó a complicar. "¿Quién sabe manejar?", "¿Quién sabe escribir a máquina?", "¿Quién sabe de mecánica del automotor?", "¿Quién sabe esto, quién sabe lo otro"?La formación se iba achicando y yo, fiel a los consejos de quienes me habían sugerido que dijera que no sabía nada, seguía firme con mi remera roja y mi pelo al viento. Luego de la selección de "los que sabían hacer algo", nos llevaron a una especie de bosquecito, dentro del cuartel y bien pegado sobre la ruta.Lo que vi, me dejó helado. Tres sillas, una al lado de la otra. Tres soldados, uno al lado del otro, y cada uno detrás de las sillas. Tres máquinas de cortar el pelo. Pánico. Miedo. Me acordé de Pedro y Pablo, ese fantástico dúo argentino que cantaba canciones de protesta y recordé La marcha de la bronca ("Bronca pues entonces cuando quieren / que me corte el pelo sin razón, / es mejor tener el pelo libre / que la libertad con fijador).Para males, el corte era por orden alfabético, así que fui uno de los primeros en pasar. Cuando llegó mi turno y me dirigía a la silla (para mí, eléctrica) vi la cara de satisfacción de los soldados y del suboficial. Se relamían. "A este dejámelo a mí", dijo el hombre con tiras; pocas, pero tiras al fin. "Esto es una vergüenza para el país. Despídase de la vida civil, ciudadano, ahora comienza a ser parte del Ejército de la República Argentina", dijo el hombrecito y metió mano. Yo veía cómo caía mi pelo, pero me mantuve impasible, rígido. No era yo el que iba a soltar una lágrima o el que se iba a quebrar delante de mis futuros compañeros y, fundamentalmente, delante de los milicos.Las primeras sensaciones luego de la rasurada fueron descubrir que el pelo sirve, entre otras cosas, para tapar las orejas y para cubrir el frío. Pero como era verano, el pelo corto sirvió para perder parte de mi libertad y para pelarme las orejas y la nuca por los rayos del sol, que pegaban de manera directa en esas zonas.Antes de la pelada, nos tomaron una foto; después, también. Fotos que hoy conservo como el tesoro de una época pasada, que no fue mejor. Ya estaba adentro. Rasurado, con las orejas peladas por el sol, con un pantalón militar que apenas me pasaba las rodillas y unos borcegos que tenía que usar desatados porque eran dos números menos que mi talle de pie. Un desastre. Una imagen lastimosa. Así pasé la primera semana y así también recibí a mi familia el primer domingo de visita. La llegada de mi familia fue un oasis en medio de tanta depresión, pero la depresión mayor se la llevó mi madre cuando me vio en ese estado."Pobrecito", repetía una y otra vez en el bosquecito que por unas horas se convirtió en lugar de pícnic para los soldados y sus familias. No todos los colimbas, lamentablemente. Los de otras provincias, que no recibieron visitas, se dedicaron a saludarnos uno por uno y de paso ligar un pedazo de torta, alguna que otra factura y terminaron el día con los bolsillos llenos de cigarrillos. Hay un gato en la noche El tiempo fue pasando entre fajinas, bailes e instrucción, hasta que llegó el día de saltar del "bombi", ese colectivo sobrevolado que se ve por la ruta del camino a La Calera sobre la mano izquierda. Para ser paracaidista, había que saltar del "bombi", que no era ni más ni menos que un simulacro de la puerta de un avión y que servía para sentir el impacto que luego íbamos a experimentar el día del primer salto.El que no lo hacía, se convertía en gato. La denominación viene porque, al pararse en la puerta del "bombi", el que no se animaba a saltar se prendía de los laterales como un gato.Como era previsible, uno de los soldados no se animó a saltar y, a diferencia del resto que subía por la escalera y se tiraba, este descendió a pie.Para nosotros, era normal que alguien no se animara a saltar, pero para los militares era una deshonra. Un soldado se había convertido en gato y en consecuencia debía sufrir un castigo.¿Castigo? Sí, denigrante. El pobre muchacho se pasó toda la noche arriba de un árbol del bosquecito, casi pegado a la compañía de instrucción, simulando el aullido de un gato. Una tortura, para el pibe y para nosotros, que tampoco pudimos dormir por culpa del gato-humano.Pasaron los días, las semanas y los meses y uno dejó de ser "el soldado tierno" para ocupar el estatus de "soldado viejo".Los escalafones en el servicio militar eran muy importantes. Pocas sorpresas se habían producido, más allá de alguna deserción, algún soldado dormido en la guardia y los bailes que no cesaban, aunque la experiencia de "soldado viejo" te llevaba a cancherearla. Las estrellas son muchas Pocas novedades hasta que una noche, hermosa noche primaveral, entró el suboficial Ludueña para darle las buenas noches a la compañía y se le ocurrió preguntarle al suboficial a cargo de la cuadra si alguien se había portado mal. El diálogo fue más o menos el siguiente. –Cabo, ¿alguien se portó mal? –No, mi cabo primero, sin novedades en la cuadra. –A mí me parece que los soldados Aro, Mondino y Gutiérrez se portaron mal. Aro, Mondino y Gutiérrez, conmigo.Los tres soldados corrimos al pie del cabo primero, quien nos hizo seguirlo hasta la guardia. Allí, paraditos, en calzoncillos blancos amarillentos, a la vista de todos los automovilistas que pasaban por la ruta.–Soldados, fiiirmes. Miren al cielo y cuenten las estrellas.–Una, dos, tres, cuatro...–No escucho, más fuerte.–Unaaa, dosss, tresss...–No escucho.–Unaaaaaa, dossssss, tressssss... 1.548, 1.549, 1.550... Así, durante varias horas hasta que Ludueña, el cabo primero, consideró que ya habíamos contado todas las estrellas y nos mandó a la cuadra, donde yo pude dormir, aunque el resto de la compañía ya me llevaba tres horas de ventaja. Una vergüenza, un papelón que perdura fresco en mi memoria.

