Córdoba, ¿cinismo o bien común?
En Córdoba, cuando apenas sube un poco la temperatura, como en esta primavera, sus gobernantes salen a decir que no tienen nada que ver con ningún corte de energía.
El bien común debe ser entendido como lo que beneficia a todos los ciudadanos. Es la aspiración a que los sistemas sociales, las instituciones y los medios socioeconómicos de los cuales dependemos funcionen de manera equitativa y razonable para toda la ciudadanía.
Resulta claro que los gobernantes de la provincia de Córdoba no optaron por el bien común. No aseguraron los servicios de energía eléctrica; no priorizaron el agua potable como derecho humano sino que la transformaron en mercancía; desdeñaron los servicios sanitarios (cloacales) y la seguridad de personas y bienes (saqueos, narcotráfico, etcétera).
En efecto, la administración de Juan Schiaretti, en su momento, se lanzó de manera caprichosa –privilegiando la comodidad de los servidores públicos antes que el bien común de la ciudadanía– a la construcción de una nueva Casa de Gobierno tan moderna como innecesaria. Erigió el Faro del Bicentenario (foto) con materiales suficientes para edificar unos 47 dispensarios. Se pavimentaron caminos serranos no prioritarios y no se terminaron ni se repararon rutas esenciales.
Temerariamente, ahora, el gobernador José Manuel de la Sota, antecesor, sucesor y tal vez predecesor de Schiaretti, salió a explicar lo inexplicable: el “eterno penúltimo” apagón eléctrico provincial ya sin solución de continuidad, propio de fracasos crónicos de sus políticas y de sus gestores en temas energéticos en los últimos 16 años. Lo curioso es que, a la vez, anunció nuevos ajustes tributarios urbanos y rurales.
A todo esto, el campo cordobés no ha recibido infraestructura básica, secundaria y terciaria imprescindible, ni regulación agrícola, ni políticas de protección ambiental ni de recuperación del equilibrio mínimo de la biodiversidad. Un campo que ha sido desertificado de montes tupidos, bosques naturales, flora y fauna autóctonas y mucho más, con las consecuencias climáticas inéditas que ya a todos perjudican o amenazan.
Respecto del “mal común”, un caso testigo son los culposos y recurrentes cortes de luz urbanos y rurales (súbitos, no programados ni comunicados) por desinversión y tal vez por ignorancia de las tendencias demográficas y climáticas.
En Córdoba, cuando apenas sube un poco la temperatura, como en esta primavera, sus gobernantes salen a decir que no tienen nada que ver con ningún corte de energía. Suelen argumentar excusas técnicas que apenas alcanzan para confirmar su cinismo.
La cosa es que año tras año los cortes de luz arrecian por doquier y dejan a su paso fastidio, daño, perjuicio, dolor, daños en artefactos eléctricos, en conservadoras de remedios y alimentos, así como el lucro cesante por pérdida de mercadería en almacenes, negocios y bares que no tienen generadores propios. ¿Por qué habrían de tenerlos, dada la enorme y discrecional tarifa que deben abonar?
Lo que menos esperaban todos estos indefensos padecientes crónicos cordobeses, como explicación de sus desgracias vitales, es una broma de pésimo mal gusto en boca de su propio gobernador y proferida en medio de nuevos cortes y daños en todo el territorio provincial. Un gobernador que, por especulaciones electoralistas, sigue negándose a declarar la obvia emergencia eléctrica provincial.
*Abogado, investigador del Centro de Investigaciones Jurídicas y Social (UNC).

