Pensar la infancia. Construcciones lentas, destrucciones súbitas
El tiempo infantil se reparte entre despertares con estrellas, desayunos vertiginosos, traslados múltiples y jornadas interminables en instituciones educativas. La infancia se caracteriza por dos objetivos esenciales: el juego y el aprendizaje. La adolescencia, por la consolidación de identidades, tanto individuales como colectivas.
La construcción de la infancia y de la adolescencia demanda un proceso lento, progresivo y siempre sustentado en la cultura de cada época y de cada sociedad.
Al ser cimientos de lo que vendrá, ambas requieren de una clara definición de sus características para no ser consideradas un mero paso hacia la versión “completa” en la adultez.
La infancia se caracteriza por dos objetivos esenciales: el juego y el aprendizaje. La adolescencia, por la consolidación de identidades, tanto individuales como colectivas.
Sin embargo, la realidad parece estar borrando dichos aspectos.
Jugar y aprender son tareas que hoy están acorraladas por un apuro existencial contagiado por adultos. El tiempo infantil se reparte entre despertares con estrellas, desayunos vertiginosos, traslados múltiples y jornadas interminables en instituciones educativas.
Incluso los denominados “fines de semana” no son sino días para cansarse de otra manera. Con la mejor de las intenciones, una agenda infantil colmada les quita a chicos y chicas tiempo para inventar, imaginar o, simplemente, descansar.
La necesariamente pausada construcción de la infancia se derrumba ante un ritmo de vida acelerado por el uso de dispositivos electrónicos que, desde edades tempranas, restan juego libre, generan distracción y, por supuesto, deterioran el rendimiento académico.
Crecimiento lento, destrucción rápida.
A través de las sucesivas adolescencias (son tres), se van conformando identidades singulares; desde la consolidación de la estructura corporal hasta la percepción de género, de comunidad y de nacionalidad.
Para ello, son necesarias certezas del entorno. Referencias para copiar o para oponerse; modelos para seguir o rechazar, pero siempre útiles al momento de construir-se.
La realidad cotidiana (al menos en ciudades muy pobladas) muestra el predominio de incertezas, inseguridades y cambios que dificultan construir adolescencias sanas.
Como ejemplo, la propuesta de un nuevo despojo: quitar la cartelería frontal en alimentos industriales que informa sobre excesos de componentes perjudiciales para la salud.
La fragilidad argumental es patética; tan frívola como la que justifica el levantamiento de la prohibición para comercializar cigarrillos electrónicos y vapeadores.
En ambos casos se advierten retrocesos en el cuidado de la salud. Uno, al quedar sin advertencias sobre productos que podrían causar obesidad, diabetes, hipertensión arterial (entre otros trastornos). Otro, al allanar el camino a una práctica nociva y facilitadora de otras adicciones.
Construcción lenta, destrucción súbita.
Los hábitos esenciales de alimentarse y descansar también han perdido valor. Por efecto de múltiples factores, una multitud de chicos y chicas se alimentan poco, a destiempo o solos frente a pantallas, y duermen poco, con frío o solos (sin cuentos).
Lo que peligra son las imprescindibles identidades. La identidad escolar, apaleada por una tasa de deserción que no mejora –después del estrago que causó el confinamiento social por pandemia– y por el descrédito de la actividad de los docentes, que a pesar de todo han debido asumir tareas educativas que los exceden largamente.
La identidad barrial luce amenazada por la inseguridad ciudadana, que la deja sin veredas, plazas ni “campitos”. La identidad nacional, deslucida cuando lo que les otorga argentinidad es Panini y no las fechas patrias.
Y la identidad familiar se desdibuja cuando, al comparar posteos llenos de risas, vacaciones y festejos en historias ajenas, algunos chicos piensan que su vida es triste y monótona.
Por un principio de pura justicia, chicos y chicas merecen recuperar infancia y adolescencia como construcciones sólidas y graduales.
Volver a jugar, aprender, comer, dormir y sentirse orgulloso de ser, cada uno, quién es.
Médico

