Temas del día:

Confiar en alguien

Le digo que si usted es padre, va a tener mucho trabajo, como todos los padres; pero quédese tranquilo que con estar, alcanza.

21 de julio de 2013 a las 03:25 p. m.
Enrique Orschanski*
Confiar en alguien

Querido Francisco:

Le escribo esta carta porque sé que está por viajar a Brasil y, como un tío va para allá, capaz que se la pueda entregar.

La idea de escribirle empezó cuando lo eligieron. Acá, en el pueblo, estábamos pegados al televisor, viendo si salía el humo o no. Mi papá dijo que había un montón de curas que querían ser papa, pero al final lo prefirieron a usted. Lo felicito.

En ese momento todos me saludaron a mí, porque le cuento que yo me llamo Francisco José (¿a usted también le dicen Pancho?).

No entendí cuando hablaba en italiano. Mi mamá nos explicó que estaba pidiendo que recen por usted. Como yo soy chico (nueve apenas cumplidos) volví a preguntar por qué teníamos que rezar por él, si los que necesitamos ayuda somos nosotros. Ella me dijo que “si el Santo Padre está bien, va a ayudar a todos”.

Esa parte me gustó mucho: que usted sea un padre. Los padres cuidan a los hijos, nos dan de comer, nos mandan al colegio, nos retan para que nos portemos bien. O sea, nos crían para que seamos buena gente.

Le digo que si usted es padre, va a tener mucho trabajo, como todos los padres; pero quédese tranquilo que con estar, alcanza.

Mi maestra nos contó que en todas las religiones hay padres. Como dicen acá en el pueblo, siempre es bueno confiar en alguien.

¿Sabe qué siento? Es algo parecido a cuando te toca una maestra buena, de esas que, además de enseñar, te quiere.

O como cuando estoy haciendo la tarea y me distraigo, mi abuela me toca la cabeza y dice: “Siga estudiando, que le va a hacer bien”, y me mira un rato largo por encima de los lentes. Ahí me siento a salvo.

También estoy tranquilo cuando mis viejos vienen y me abrazan porque sí; es como si me eligieran de hijo otra vez. Así, nada malo me puede pasar.

¿Sabe qué, Francisco? Con todas estas cosas que se escuchan en la ciudad, de robos, asesinatos y otros problemas, los chicos pensamos que todo está mal y nos da miedo.

Cuando escuchamos las noticias, yo lo miro a mi papá. Si él se pone serio y callado, es que hay peligro. En cambio, si él dice “qué barbaridad” y sigue hablando tranquilo de otras cosas, es que todo va a andar bien. Mi papá es lo más grande que hay. Mi mamá también, pero a veces exagera un poco. Por ahí le gusta gritar que “adónde vamos a parar” o “esto ya no se aguanta”. Es su forma de ser, igualita a mi abuela. Después nos llama a mi hermana y a mí y nos explica lo que piensa, y eso me deja retranquilo.

Así hacen los padres: primero se quejan y después dicen que no es para tanto.

¿Cómo hacen los chicos que no tienen padres?

El otro día pensaba que mi papá es huérfano, porque mi abuelo se murió hace mucho. ¿Y entonces, a él quién lo cuida? Capaz que por eso a usted lo sigue mucha gente, porque necesitan tener un padre cerca.

Mejor voy terminando. Le cuento que los domingos vamos a la plaza, frente a la iglesia. No le voy a mentir, hace mucho que no vamos a misa. Mis viejos dicen que con creer, alcanza. Y que hay que seguir estudiando; así voy a poder entender muchas cosas que todavía no sé. Tienen razón.

Bueno, Francisco: que tenga suerte en el viaje, cuídese mucho, y no se olvide que acá lo vamos a estar mirando por la tele. Mi tío va a llevarle la 
carta.

Le mando un abrazo 
grande.

¡Ah! Si puede, rece por mí.

*Médico.