Cómo remediar la pérdida educativa
Si hoy sabemos que los chicos están retrasados dos años en su educación, no podemos permitirnos el lujo de usar ese argumento sólo para quejarnos.
En todo el mundo se discutió este año sobre los bajísimos niveles de los exámenes educativos de los niños de entre 7 y 17 años de edad. Desde Londres hasta Buenos Aires, y más profundamente en el resto de la Argentina, los titulares exponían esta realidad inobjetable: los niños bajaron su nivel de habilidades en Lengua y en Matemática.
¿La culpable? La pandemia.
Frente a este problema, podríamos optar por dos enfoques: el argentino o el del resto del mundo. Imaginemos una sesión de análisis del problema de una hora, y hablo figurativamente aquí, pues nada se soluciona con una sesión de una hora.
El argentino analizaría en 50 minutos: la culpabilidad de los maestros, de los padres, del sistema, del Gobierno y hasta de los propios niños. Y dedicaría 10 minutos a proponer una solución. Proposición apurada y con grandes alusiones a teorías educativas del Primer Mundo y más tecnología, basadas en un niño ideal, bien comido, con todas sus necesidades satisfechas, sin importar que muchos estudiantes del país no tengan acceso a la web ni a electricidad. Los resultados se verían en cinco años, con buen viento.
La otra propuesta dedicaría 10 minutos a los antecedentes: la pandemia, el cierre de escuelas, el nuevo aprendizaje a través de la computadora y el acceso de los niños a nuevas tecnologías. Y en los 50 minutos restantes planificaría un plan para remediar este déficit. En lectura y en matemática. Volver a lo básico. Y no retrasar todo. Síganme el pensamiento. El remedio sería aplicado de inmediato. Ya sabemos qué se perdió; no sigamos perdiendo más tiempo ni recursos y empecemos por recuperar de a poco. Examinemos el plan cada dos o tres meses. Remediar significa comenzar a curar.
Desde jardín de infantes, los chicos empezarán con “lecturas”, porque ya se sabe que ir a jugar es sólo parte de su estadía allí. Las maestras jardineras son expertas en transferir conocimientos escondidos en juegos. El chico de 4 o 5 años que le toma el gustito a la lectura es un lector de por vida, como los son todos los chicos a quien un padre o una madre les muestra que en esas letras hay historias escondidas, una noticia, un cuento.
Para los mayorcitos, al inicio de la clase y por 10 minutos, el niño leerá un párrafo o dos en su laptop o en la pizarra. En silencio. Luego la maestra pedirá leerlo en voz alta. Después se chequeará comprensión. La lectura y la matemática son habilidades que sólo se logran con repetición y aumento de desafíos. Ha sido así desde siempre. En cualquier lengua; a cualquier edad. Los lectores no nacen: se hacen.
Los chicos están continuamente leyendo en sus celulares. Una oración con mala ortografía, mal escrita, con emojis, es una oración. Lo que tenemos que enseñar al chico es que podemos comunicarnos mejor. ¿Por qué no usar ese instrumento para aprender?
Esto significa más trabajo para los maestros. Es un trabajo conjunto de toda la escuela. Si hoy sabemos que los chicos están retrasados dos años, no podemos permitirnos el lujo de usar ese argumento sólo para quejarnos, y patearlo para que el maestro del próximo año lo resuelva. Hagámoslo también para empezar a solucionarlo hoy.
Parece que hay funcionarios que se regodean con la idea de la ignorancia de los jóvenes. Algunos observan este fenómeno como algo ya perdido. El niño no sabe leer y..., bueno, pobrecito. Como sociedad, no podemos permitirlo. En educación, existen los errores fosilizados. ¿Qué significa eso? Que cuanto más tiempo uno repita un error, más difícil será reaprender a resolverlo.
Leer es más que letras puestas juntas para formar palabras. Es un proceso mental que está relacionado con todas las otras funciones del ser humano. Cuando leo, aprendo, entiendo, aprehendo conceptos, soluciono y, sí, también me entretengo.
Si puedo leer, podré entender que el remedio sólo lo puedo tomar cada ocho horas, no cada cuatro o cada 12. Si puedo leer, sabré qué está pasando en mi ciudad, en mi país o en el mundo. Si leo, no me podrán decir cualquier cosa y creerla sin verificarlo.
Lo mismo con la matemática. Si no puedo sumar o restar, otros se aprovecharán de mí. En otras palabras, debemos crear la necesidad de aprender para ser mejores y para vivir mejor.
Hasta hace más de una década, las nuevas generaciones superaban a la anterior en educación e ingresos. Al parecer, la famosa grieta apareció coincidiendo con la idea de que la educación es adoctrinamiento, que la historia se puede cambiar y que la escuela es sólo un comedor.
Debemos tomar conciencia de que uno habla como hablan quienes nos rodean. Que uno lee como leen quienes nos rodean y que uno escribe como escriben quienes nos rodean. El núcleo familiar es fundamental para la educación del niño. Si en la casa no se habla, y no se lee, la escuela tiene que suplir esa faltante. Lo hizo desde siempre.
Por tres o cuatro horas por día, el niño tiene la posibilidad de construir su propia persona de lunes a viernes, por nueves meses, por 12 años. Como decía un viejo jefe mío a sus estudiantes, depende de ustedes, los alumnos, si las clases son de una hora “larga” o “corta”. Un buen maestro sabe que es mejor que el niño sienta que la clase es corta; que quiera más.
La alternativa sería no hacer nada y tener semianalfabetos que son capaces de usar el lenguaje en forma limitada. Esos ciudadanos serán vulnerables a padecer todo tipo de problemas. La ignorancia es instrumental para algunos.
No permitamos que se convierta en la única producción por la que seamos conocidos en generaciones futuras.
* Licenciada en Sociología

