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Cómo evitar las charlas con taxistas

Lo que parecía ser el mejor método para viajar en silencio en taxi casi se transforma en un calvario para Martín Cristal. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.

24 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Martín Cristal*
Cómo evitar las charlas con taxistas
(Ilustración Juan Delfini)

I ba en un taxi desde lo de mis padres hasta mi casa; un viaje largo. Ya era de noche. Mi hijita, que había jugado toda la tarde con sus primas, ahora iba dormida en mis brazos. El taxista intentó sacar una conversación de la nada: –¿Cuánto tiene la gorda?Hice como si no hubiera escuchado. No me gusta hablar en los taxis. Me gusta ir mirando por la ventanilla, callado, pensando en mis cosas. El tipo se aclaró la garganta, subió el volumen y repitió:–La gordita... ¿cuánto tiene?–No sé, no es mía –le dije–. La estoy secuestrando.Me relojeó rápido por el retrovisor, entre divertido y enojado, con un milisegundo de duda antes de sonreír con malicia. Estaba dispuesto a engancharse en cualquiera, porque me dijo:–¿Y cuánto va a pedir de rescate?Para que la cortara, se me ocurrió decir:–Pensaba pedir un monto que surgiera de la multiplicación entre la edad de la bebé, expresada en días, y un índice que fuera igual al promedio entre el dólar oficial y el dólar paralelo, todo eso multiplicado por 100.Victoria: cinco gloriosos minutos de silencio.Hasta que el tipo dijo:–Pero usted dice que no sabe la edad de la bebé. Así no va a poder hacer ese cálculo.Entonces voy a tener que pensar en otra cosa, dije, y miré por la ventanilla como para demostrar que había pasado a pensar en otra cosa en ese mismo momento.En vez de usar la edad, podría hacerlo según el peso, sugirió el tipo.–Tampoco sé exactamente cuánto pesa –dije.–Podemos parar en una farmacia de turno y la pesamos, si quiere.Me miró desafiante por el retrovisor. Su mensaje implícito era: cuando tengo ganas de hablar, hablo de cualquier cosa. A ver si te bancás la jodita hasta el final.Yo tenía que comprar una caja de antiácidos. No era urgente; pensaba hacerlo al día siguiente. Aunque, si parábamos en una farmacia ahora, me ahorraba la ida al día siguiente... y para la bebé, daba lo mismo, había cenado con su abuela y ya dormía. Así que le dije:–Okey, buscame una farmacia abierta.El tipo asintió con los labios fruncidos, gesto catalogable como: "Que así sea". Preguntó por radio si alguien sabía de una farmacia de turno cerca de donde estábamos. Entre la estática y varios códigos incomprensibles, le sugirieron una que sólo nos obligaría a desviarnos un par de cuadras.–¿Vamos? –me preguntó, como dándome la última chance de confesar que era todo una broma. Pero yo dije:–Vamos.

De turno

La farmacia quedaba cerca de la plaza Colón. Había luz, pero las rejas estaban puestas delante de las vidrieras. Ni de casualidad nos iban a dejar que pasáramos a pesar una bebé en la balanza. El taxi tuvo que parar en la vereda de enfrente. Le dije al chofer:

–Ya vengo. Vos esperame acá.

Y bajé del taxi con la bebé en brazos, maniobra compleja, porque incluye desabrochar el cinturón de seguridad y cargar un bolso extra, y también porque ella iba dormida, lo cual exige mayor delicadeza de movimientos. Además, tengo piernas largas y tardo en descomprimirme para salir.

La bebé ni se mosqueó mientras crucé la calle con ella en brazos. Toqué el timbre de la farmacia. Salió una chica bastante linda. Con guardapolvo corto y cara de estar viendo televisión desde hace rato. Me pregunté con qué serie se habría enganchado.

–Un caja de antiácidos, por favor.

–¿Algo más? –preguntó con apuro. ¿

Mr. Robot

? Parecía más del palo de

Game of Thrones

. Tendría en pausa algún capítulo de la última temporada, esperándola en la trastienda. Tanteé:

–A esta hora, poner a la bebé en la balanza... imposible, ¿no?

–Disculpas –me dijo–, a esta hora no le abrimos a nadie. Puede pasar por la mañana. Además, no podría pesar a la bebé así dormida, es una balanza de pie –dijo y me la señaló en una esquina del local.

–Salvo que la acueste en la base –dije.

–Se le va a despertar...

–No sabés lo bien que duerme. Da envidia.

–... y la balanza está sucia, siguió ella, la pisa medio mundo, no la va a acostar ahí, pobre criatura. ¿Para qué la quiere pesar a esta hora?

–Una apuesta que hicimos con el taxista de allá.

La chica miró sobre mi hombro, y yo también. El taxista estaba en otra cosa. Hablaba por radio.

–No va a poder ser –dijo ella con repentina seriedad–. ¿Algo más?

–Nada más, gracias.

Me cobró los antiácidos. El taxista no me vio guardar la cajita en el bolso. Volví y le dije:

–No hubo suerte. Pero no importa, la peso mañana. Vamos.

–Y sí –dijo el taxista, sonriendo–, era medio difícil que le abrieran...

No contesté. Ya habíamos ido demasiado lejos con todo esto. Y el taxímetro había avanzado lo suyo.

El silencio sólo duró mientras cruzamos el centro.

Perdiendo el control

–Yo pediría 300 mil –tiró el taxista cuando pasábamos junto al Patio Olmos.

–Para muchas familias eso podría ser demasiado –dije.

–Cierto –admitió el taxista–, pero para algunas no es nada. ¿Tiene información sobre la familia de la nena?

–Tengo, pero ese dato prefiero no compartirlo. El negocio da para uno solo.

El taxista inclinó la cabeza y levantó una mano, como diciendo: no hay ofensa.

Seguimos por Vélez Sársfield. Poco antes de llegar a la Plaza de las Américas, recordé que en esa rotonda hay un control policial que detiene a taxis y remises todas las noches. También recordé al taxista hablando por radio a mis espaldas, mientras yo estaba en la farmacia... Paranoiqueé un toque y me quebré:

–Oiga, lo del secuestro era un chiste, ¿eh? –dije.

–Usted pide 300 mil para dentro de tres días 
–insistió el taxista sin escucharme– y después los llama sobre la hora, para ver cuánto juntaron... Ahí ve si agarran viaje o no.

Este debe estar enganchado con

Historia de un clan

, pensé. Le dije en voz más alta:

–Mire, es mi hija y tiene un año y medio...

Pero en eso llegamos al control policial. El taxi se detuvo entre unos conos anaranjados. Se asomaron dos policías: uno, hombre; el otro, creo, creí, me pareció, mujer. Le preguntaron al taxista adónde íbamos. El tipo contestó con normalidad, pero después, no sé si por habérselo creído todo o si, al contrario, por llevar nuestro diálogo a sus últimas consecuencias (quizá para castigarme por bolacero), apuntó con un pulgar al asiento trasero y les dijo a los policías:

–El señor trae secuestrada a una bebita.

Esperé dos risas que no llegaron. Los haces de las linternas confluyeron en mi cara.

–Documentos –pidió el policía hombre.

Suelo llevar el documento en uno de los bolsillos traseros del pantalón. Sacarlo es fácil cuando uno está parado, pero es todo un problema cuando uno está hundido en el asiento desvencijado de un taxi, atado con el cinturón, con una bebé encima y un bolso entre los pies.

–Un segundito –dije, mientras desabrochaba el cinturón, pero la seudomujer policía ya me abría la puerta.

–Deme a la niña –me dijo.

–No hace falta –contesté, acelerando la mímica de los movimientos más que los movimientos en sí. Pero la policía estiró los brazos y repitió:

–Démela, señor.

No puedo describir el terror que me dio entregar el cuerpo dormido de mi nenita a un ser uniformado. Pero la verdad es que sin la nena encima pude sacar el documento más rápido. Por supuesto, bajé del auto: no pensaba despegarme de la bebé.

–Es mi hija –dije, al darle la cédula al policía varón.

–Era una broma –alcancé a escuchar que decía el taxista de mierda.

–Silencio –le dijo el policía–, por favor vuelva adentro del coche.

Cuando el taxista cerró la puerta, el policía volvió a encararme:

–¿El documento de la nena?

–No lo tengo.

–Es una broma, oficial –repitió el taxista, ahora sacando la cabeza por la ventanilla.

–Silencio, señor –dijo el policía. Ya no le interesaba cotejar versiones encontradas: ahora era una máquina rigurosa que necesitaba realizar las verificaciones pertinentes según sus reglas académicas.

–Póngale la capuchita que está frío, le pedí al eso-policial que tenía a mi hija en brazos. Esperé compasión, comprensión: me encontré con la inmovilidad de un uniforme asexuado y serio a morir, que sostenía a mi hija como si fuera un paquete. Cero bola. El policía varón buscó por otro lado:

–¿Cuál es el nombre de la menor?

Di el nombre completo. Iba a explicar la situación desde el comienzo, pero el cana me cortó:

–Y el número de documento, ¿lo sabe?

–Cincuenta millones... y algo. No, no lo sé. Pero mi mujer me está esperando en casa y ella tiene el documento. La llamo y le pregunto.

–Llámela ya mismo –dijo el policía.

No sabía qué era peor: si tener que explicarle todo esto a la policía o a mi mujer. Pero ella diluyó esa angustia apenas me atendió con su voz alegre y cantarina. Me preguntó:

–¿Dónde estás?

–En el taxi –le dije–, parado en el control policial que hay en Plaza de las Américas. Me piden el número de documento de la nena y no me lo acuerdo, ¿me lo pasás?

Mi mujer sí se lo acuerda de memoria. Me lo dijo enseguida. Le pedí también el suyo, después le agradecí y corté sin darle más detalles. El policía fue hasta una patrulla e hizo verificar el número. Mientras tanto, yo le decía al maniquí sin sexo que tenía a mi nena en brazos:

–Es todo un malentendido, le quise hacer una broma al chofer, él me quiso hacer otra, y así... pero es mi hija de verdad, ¿me la puede devolver, por favor?

La mujer policía esperó hasta que su compañero, desde la ventanilla de la patrulla, le hizo una señal positiva. Recibí el cuerpito caliente de mi hija y su calor me hizo revivir.

El policía me pidió la dirección exacta a la que iba. Después de anotarla le dijo al taxista:

–Usted tenga más cuidado con lo que dice, ¿sabe? Tomamos su nombre y número, vamos a mandar un móvil de la zona al domicilio indicado por el señor para controlar que llegue con la niña en cinco minutos...

–Excelente –dije yo, felicitando al policía por la decisión y por la verdugueada al taxista.

–... y también vamos a controlar quién vive en ese domicilio –siguió el policía, ahora dirigiéndose a mí. Dígale a su esposa que prepare los documentos.

–Sí, señor –dije, encogido de vuelta en el taxi.

Arrancamos. Supuse que iríamos en un silencio sepulcral, pero no habíamos hecho ni una cuadra cuando el taxista dijo:

–¡Qué quilombito que se armó, eh! Mire si...

–Callate ya, pelotudo –lo corté. Y lamenté no haberlo hecho así de entrada: el resto del viaje fuimos en un silencio tal que podía escuchar la tenue respiración de mi niña. Ella seguía durmiendo, como si nada.

*Escritor