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Cómo empezar a valorar lo que uno hace

Reflexiones de Martín Cristal. Más información en Días Contados.

07 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
Martín Cristal*
Cómo empezar a valorar lo que uno hace
DÍAS CONTADOS. Cómo empezar a valorar lo que uno hace (Ilustración de Juan Delfini).

Dibujo como cuando tenía 10 años. Con 43, no es gran cosa (diga lo que diga Picasso). Pero cuando tenía 10 años, mis dibujos estaban bastante bien para esa edad. Una vez, en el aula de quinto grado –hacía muy poco nos habíamos enterado de que existían las Malvinas, y de que eran nuestras–, uno de mis compañeros elogió un dibujo que yo estaba haciendo en mi cuaderno.Era un Clemente, pero no basado en el que Caloi dibujaba en el diario, sino en el muñeco de la tele. Clemente estaba de moda por unos micros televisivos en los que se representaba humorísticamente a las hinchadas de los equipos participantes en el Mundial de España de 1982.Hoy, la mayoría sólo recuerda a una sola de esas barras clementinas: la del solitario hincha de Camerún.Yo no había dibujado al morocho del huesito en la cabeza, sino al Clemente protagonista, el amarillo de voz rasposa. Mi compañero lo vio y dijo: "Wow. ¿No me dibujás uno?"Él, definitivamente, no era bueno dibujando. Así que le dibujé uno idéntico en su cuaderno.Días después, mi compañero cayó a la escuela con una docena de clementes, que había calcado del mío. Los había coloreado, pegado sobre telgopor y después los había cortado siguiendo la silueta. Se los vendía al resto de mis compañeros.A mí ni siquiera quiso darme uno por mi colaboración con el dibujo. Supongo que ni al mismo Caloi se lo hubiera dado.

Inclemencia de los explotadores

Pienso que, si tropezamos varias veces con la misma piedra, es para comprender, al fin, no sólo lo que significó esa piedra, sino también lo que significa tropezar.

Ya en la secundaria –cinco años después de la serialización de clementes truchos–, el mismo compañero (lo juro) me propuso: “¿Hagamos una revista?”

Buena idea, pensé yo, que soy de aprendizaje lento.

Como nunca, el tipo me invitó a su casa a merendar. Cuando terminamos, me puso papel y lápiz en la mano. Y yo empecé a dibujar la revista. El número uno. A mano, página tras página.

Él hizo las fotocopias. Las encargó, quiero decir.

Cuando empezó a vender la tirada en la escuela, no quería darme un mísero ejemplar. Ni uno. Hubo que putearlo de arriba a abajo para que largara uno. Ahí sí.

Después de la escuela, nunca más volví a verlo. Y tampoco es que tenga muchas ganas de seguir tropezándome con personas que quieren que trabaje gratis para ellas.

Ahora pensemos 
en enanos de jardín

Supongamos que tenemos un vecino cuya pasión suprema consiste en hacer enanos de jardín. ¿Destino, vocación, elección, capricho? No importa. Los hace, y tal vez no puede imaginarse a sí mismo sin hacerlos.

En principio, no los fabrica para la venta. Ni siquiera considera esa actividad como un trabajo. De hecho, tiene un trabajo en otra parte, con el que se banca la subsistencia.

El tiempo restante se lo dedica a sus enanos de jardín. Lee todo lo que sale sobre enanos de jardín. Investiga cómo hacerlos más resistentes. Experimenta, descarta, imagina, pule formas, se cuestiona sobre su originalidad, depura técnicas nuevas, elabora teorías propias... Y así, de a poco, obtiene unos enanos que, un día, resultan atractivos para los transeúntes que pasan frente a su jardín.

Supongamos ahora que somos uno de esos transeúntes. Por la razón que sea, queremos uno de los enanos. ¿Qué hacemos?

Si el vecino estipulara un precio por el enano, podríamos: a) pagar sin chistar lo que nos pide; b) regatear para pagar menos; c) hacer algo raro pero posible: subir el precio (para demostrar cuánto lo valoramos, o porque eso es lo que nos parece justo o quizá sólo para impresionar al otro).

Si el enanista no estipulara precio alguno, podríamos: d) hacer nosotros una oferta a nuestro alcance y ver si el otro la acepta, aunque no sea cuantiosa; e) no pagar por el enano pero pedirlo con amabilidad, por las buenas, esperando que nos lo den en préstamo o de regalo; f) no pagar por el enano y llevárnoslo por las malas.

En resumen: Precio (=), Precio (-), Precio (+). Oferta, Pedido, Robo.

Un texto –un artículo, una reseña, un relato de ficción– es similar a esos enanos de jardín: una creación de alguien que en muchos casos ama escribir y le dedica mucho tiempo a tratar de hacerlo cada vez mejor (y a construir su propia idea de qué es hacerlo cada vez mejor).

En algunos casos, puede ser una pieza de arte. Si alguien le pide a un autor un texto –en especial si es un texto inédito–, ¿no podría al menos hacer una oferta para llevarse eso que pide?

Parece lógico. Y sin embargo, en mi experiencia y durante un largo tiempo, esa no ha sido la norma, sino la excepción.

Veamos casos de la vida real

En el mundo virtual, son habituales las licencias –como las de Creative Commons– que se encargan de dejar claras las condiciones en las que los enanos de cada jardín pueden ser llevados o traídos.

Estos movimientos casi nunca involucran dinero, pero al menos resultan menos hipócritas que los siguientes casos del mundo real:

1) Una publicación, de alcance masivo y con recursos económicos, me pide un cuento. No es una oferta, es un pedido, porque dicha publicación supone que yo muero por que me publiquen en sus páginas y, por ende, no me ofrece ni siquiera una suma simbólica por el texto.

El medio, por supuesto, lucra y paga por el resto de los contenidos impresos en sus páginas. Yo cedo el cuento gratis, porque me sé un desconocido, porque quiero que me lean, etcétera. Al año siguiente, me piden otro cuento. También lo cedo. No me pagan, sino que estoy pagando yo: a este canon, se lo conoce como “derecho de piso”.

2) Una flamante revista –linda, aunque chica y sin recursos– me pide un cuento. Es un pedido, porque “no hay un mango, recién largamos”. Cedo el cuento. Hay que apoyarlos. Total, escribís porque te gusta, no por plata, ¿no?

3) Dos publicaciones de distintos sindicatos que agrupan a gente que lee y escribe me piden un cuento y un artículo, respectivamente. Son pedidos. Así te lee la gente que lee y escribe. Trabajadores, como vos. Doy el cuento y escribo el artículo.

4) El Estado lanza una campaña de lectura. Me pide un cuento para imprimir masivamente. Es un pedido, porque los costos de la campaña son altísimos y nuestros niños merecen que, etcétera. La patria, etcétera. Tu difusión, etcétera. Cedo el cuento.

5) Un antólogo joven me pide un cuento para incluir en el libro que está armando. Es un pedido, porque no habrá regalías para nadie, aunque te damos dos ejemplares. Cedo el cuento. Es mejor estar que no estar, ¿o no?

6) Un antólogo viejo me pide un cuento para una antología temática. Parece un pedido, aunque justo después de entregarle el cuento resulta que –“me había olvidado de decirte”–, si bien me darán dos ejemplares, voy a tener que poner plata para el corrector de estilo, al igual que el resto de los autores (categoría nueva: la oferta deficitaria).

Cedo el cuento, pero no pongo un peso: el cuento no era inédito y ya había sido corregido profesionalmente antes de su publicación. Tampoco la pavada.

Más (y mejores) casos

No escribí ninguno de esos textos con la finalidad de ganar dinero, pero ¿no eran pasibles de ser valorados por quienes los requerían?

En todos los casos, la única valoración fue la de señalarme como un iluminado por la suerte: “Te elegimos entre miles para pedirte un cuento tuyo”. (Y encima el ingrato ahora publica todo esto en el diario. Mejor no lo llamemos nunca más).

Aquí dos sorprendentes variantes, derivadas de las anteriores:

7) La editora de una revista extranjera lee por Internet uno de los cuentos que salió en la publicación masiva del caso 1. Le interesa para su revista. Me hace una oferta. La acepto. Me pagan. Meses después, pero me pagan.

8) El editor de otra revista extranjera lee mi cuento antologado en el caso 5. Le interesa para su revista. Me hace una oferta. La acepto. Cobro, meses después, pero cobro.

“¿Ves? Así funciona el derecho de piso”, dirán ustedes. Okey, pero antes veamos un caso más, de otro ámbito, pero fundamental para contrastar actitudes:

9) En un estudio de diseño donde yo trabajaba, un día volvió un viejo cliente: quería reimprimir su libro, pero había perdido los originales (de varios años atrás). Nos preguntó si podíamos buscarlos en nuestros DVD de archivo. No le prometimos nada, pero buscamos y tuvimos suerte: encontramos su original –aún compatible y sin daños– en menos de una hora.

No hay ninguna tarifa estipulada por una búsqueda así. Es un favor; responde a un pedido. Sin embargo, cuando le dimos al cliente los originales que necesitaba, él sacó dos botellas de buen vino y nos dijo: “Tomen, muchachos, por la molestia”.

Así las cosas

En tanto un escritor se da a conocer, la norma para sus colaboraciones editoriales suele ser el pedido (“¿No nos regalás uno de esos enanos que fabricás en tu jardín?”).

Si el escritor pide algo a cambio, posiblemente no lo llamen más: siempre hay otros que no piden, que regalan lo que hacen con tal de aparecer (no los juzgo; como conté, yo mismo lo he hecho demasiadas veces). Y más todavía: si el escritor pide algo a cambio o si –¡horror!– reclama que la retribución sea justa, lo tratan de comerciante y no de artista.

Dicen que Clint Eastwood dijo una vez: “Si es necesario, trabaja gratis hasta volverte imprescindible”. Todo muy lindo, Clint. El asunto es que nadie es imprescindible. Hoy menos que nunca.

Ya lo sabemos: primero hay que ceder para ser leído, porque sólo después de ser leídos nuestro trabajo podrá ser valorado, etcétera. Y es cierto que hay muchos casos en los que la publicación de verdad no tiene nada para ofrecerte a cambio (también he estado de ese lado del mostrador). Y –hay que decirlo– los pedidos son siempre muy amables. Pero si se valora mínimamente eso que hace el escritor, ¿cuál sería el momento en que las publicaciones deberían proponerse pasar del pedido a la oferta?

De acuerdo, hay que pagar el derecho de piso, pero ¿hasta cuándo? A ese límite interno, cada escritor tendrá que establecerlo para sí mismo.

Independientemente de esa decisión personal, pienso que todo autor –reconocido o principiante– merece una oferta desde el vamos.

Si de verdad a los editores de la publicación que sea les interesa el texto solicitado, el autor merece una oferta, siempre. Si no puede ser bien paga, al menos podría ser simbólica. Quizá sólo una botella de vino. Por la molestia.

*www.martincristal.com.ar