Cómo contar la historia del horror
La historia se cuenta mal cuando el que cuenta la ajusta a sus intereses del presente, pero otras veces pasa que el narrador arriesga por una versión. Alejandro Mareco.
Son tantos los que se fueron.
Son tantos los que llegaron.
Los que se fueron entonces, cuando el viento soplaba muerte; los que han venido llegando desde que la brisa en la cara nos ha contado que estamos vivos, que somos, que estamos, aún en la intemperie.
Esa es la historia que uno quisiera contar: estamos. Todavía somos hoy, muchos, entre los tantos que ya son mañana y los que son ayer.
La historia puede ser mal contada u, otras veces, narrada perecida a lo que uno piensa que fue.
La historia se cuenta mal cuando el que cuenta la ajusta a sus intereses del presente, pero otras veces pasa que el narrador arriesga por una versión del pasado y hasta sufre porque la comprensión del pasado se complica, y peor resulta la comprensión del presente.
Pero, sabemos, porque nos miramos todos los días a los ojos, que si no nos entendemos hoy es porque, sobre todo, no vemos del mismo modo al ayer.
Los pueblos que han llegado a ser sobresalientes en el mundo e incluso se han convertido en imperios es porque resolvieron el ayer en un mismo sentido (Roma, para justificarse como Roma, inventó a Rómulo, Remo y la loba).
Somos un pueblo joven, vaya si es así. No es que somos un pueblo joven sólo porque hace un poco más de 500 años “los europeos nos descubrieron”, sino porque de la mixtura racial y cultural que estalló en América hemos puesto un nuevo escenario para el mundo, en el que no sólo nos bendice la naturaleza sino que también tenemos algo más de humanidad para sumarle a la humanidad, que tanto han estropeado los que condujeron la humanidad.
En fin, puede parecer una trampa argumental de la que tantas se ven estos días y en lo profundo y lejano de la historia (es usual que la trampa argumental se use en política: es que la mentira parece, a simple vista, rendir mucho más que la verdad, pero la verdad es la que realmente paga el precio de la historia), pero esta intención es expresar lo que uno siente como parte de una sociedad.
Y como parte de la sociedad debemos decir, sobre todo para los que recién llegaron y los que están llegando, que este país lo hacemos entre todos, desde San Martín (así, dicho en tiempo presente) hasta nosotros.
Somos un pueblo y uno, cuando se considera pueblo, preferiría decirse americano antes que argentino.
Porque, de verdad, todavía no hemos tomado una conciencia cabal de que nosotros, los argentinos, los americanos, somos un continente, no paisajes perdidos en el sur del mundo.
Mucho hemos sufrido para llegar a este momento (es decir, a un presente democrático sostenido durante 30 años), y cuando decimos sufrido, decimos muertes, orfandad, vidas, pieles y razones perdidas.
Nosotros, los que estuvimos, ya lo sabemos, claro. Los que llegaron y están llegando acaso nos tienen como referentes contradictorios y es posible que decidan una dirección que no tenga que ver ni con nuestros desvelos ni con nuestros dolores.
Ellos harán el país que vendrá, y serán, probablemente, los abuelos de unos nietos que nunca conoceremos.
Pero si hay algo que une a las generaciones es saber que la verdad nos acerca mucho más a la libertad que la mentira.
Pasado mañana, con la justicia en acción, vamos a conocer un poco más de las historias de sangre y de la vida que se derramaron en La Perla.
Sangre y vida de cordobeses.

