Clavos históricos
Casi constituye un axioma el hecho que deviene de que si el préstamo es un clavo para el acreedor, tiene que ser fructuoso para el deudor y viceversa. Arnaldo Pérez Wat.
Casi constituye un axioma el hecho que deviene de que si el préstamo es un clavo para el acreedor, tiene que ser fructuoso para el deudor y viceversa. Vayan dos ejemplos: En 1824, Bernardino Rivadavia, con el objeto de realizar obras (la red de agua corriente, arreglo del puerto y fundación de tres ciudades, entre otras cosas) obtuvo que la Cámara de Representantes autorizase al Gobierno la contratación de un empréstito en Inglaterra por un millón de libras (cinco millones de pesos argentinos) al seis por ciento anual. La casa Baring Brothers se comprometió a dar 850 mil, pero descontó 150 mil para pagar a los "gestores". Así, tenía que entregar 700 mil. Pero como desconfiaba de la solvencia de Buenos Aires, cobró por adelantado dos años de intereses y la amortización. Finalmente, en espaciadas entregas, llegaron 560 mil. Venían pocas libras de oro porque el contrato nada especificaba sobre la "mosca". En 1904, terminamos de pagar el último mango. Y ya que estamos con el lunfardo, aclaremos que hemos continuado históricamente con giladas, ya que nuestros actores en los tratados fueron por lo general, giles, gilastros, gilastrunes o gilibertos. Libertador desconocido. Otro ejemplo se da con el autor dramático francés Pierre Augustin Carón de Beaumarchais, hijo de un notable relojero. Su vida fue una continua comedia y tragedia al mismo tiempo, a pesar de la cual logró una cuantiosa fortuna. Frecuentaba la corte de Luis XV. De sus comedias salieron los argumentos para las óperas El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro , de Rossini y Mozart, respectivamente. Cuando estuvo en Londres, conoció a Arthur Lee, quien fue allá para reemplazar a Benjamin Franklin como agente de las colonias norteamericanas. Lee le cayó mal, pero le confió sobre el terrible momento que estaba pasando América del Norte. Faltaba de todo: dinero, pólvora, soldados. Beaumarchais, entusiasta y admirador de la lucha de aquellos pueblos, se apresuró a regresar a Versalles para hablar con Luis XV, sugiriéndole que enviara elementos bélicos. El plan consistía en crear una compañía comercial "trucha". Luis pondría un millón de libras; España, otro, y él, otro. Los norteamericanos pagarían con tabaco y añil.A principios de 1777, salieron los tres primeros barcos. George Washington había perdido Nueva York y se retiraba hacia Pensilvania. Muchos creyeron que el intento de emancipación estaba llegando a su fin, cuando aparecieron en alta mar tres fragatas francesas, con 25 mil fusiles e igual número de uniformes, 200 cañones, varias toneladas de pólvora y medio millón de libras. Ahora podían pelear de igual a igual. Así, vencieron a los ingleses en Saratoga. Sin embargo, los barcos regresaban a Europa con poco tabaco y añil.Después de afianzar la independencia, el Congreso de los Estados Unidos supuso que esos pertrechos y el dinero enviados eran regalos. Luego, ante el reclamo de los europeos, comenzó a devolver libras al rey de España. Beaumarchais murió en 1799 sin cobrar un céntimo, pues, al idear una compañía secreta, no figuraba como acreedor. Pero sus herederos reclamaron la deuda, que en 1793 ascendía a 3,8 millones de libras. El gobierno argumentó que eran 2,28 millones. La familia aceptó esa cifra, pero no le devolvieron ni una libra. En 1835, a los 36 años de la muerte del padre, se le dio a elegir a la hija entre 800 mil o nada, y aceptó. Así, concluyó la historia del préstamo de Beaumarchais, un libertador olvidado.

