Días contados. China no cabe en la foto
Los turistas descubren barreras culturales y logísticas insospechadas en el gran país oriental, revelando así una sociedad que prioriza el colectivo por sobre el individuo.
Intento encuadrar con el celular, y no, no hay caso, la pantalla no muestra lo que ve el ojo. Me voy para atrás y... tampoco. Tomo la cámara profesional pensando que ahora sí voy a lograr que la toma capte toda la puerta de entrada a la Ciudad Prohibida y me doy cuenta de que no, de que no hay forma de hacer entrar tremendo edificio en una sola foto, más de la mitad siempre queda afuera. Entonces giro y miro para atrás, hacia la plaza de Tiananmén, para ver si logro hacer entrar los edificios en el encuadre, pero tampoco hay caso.
Fue en ese instante cuando confirmé algo que me venía dando vueltas y vueltas en la cabeza: China no encaja, no cabe, no entra, no se ajusta a nada, y mucho menos a mis prejuicios.
Horas antes, cuando nos enteramos de que no se podía entrar al Mausoleo de Mao porque estaba cerrado, ni tampoco a la Ciudad Prohibida porque no habíamos reservado con antelación (en la fila todos hablaban de siete días antes), nos sentamos en el cordón de la vereda (no nos dan las articulaciones para sentarnos en cuclillas como ellos) y, agarrándonos la cabeza, nos lamentamos.
No podíamos parar de pensar en cómo nos había pasado semejante cosa a nosotros que habíamos estudiado el libreto, que habíamos visto a cuanto youtuber viajó por el país y llevábamos encima una pesada guía de viaje.
Cada vez que teníamos que leer algún tipo de información o noticia sobre China, los mensajes eran confusos, cuanto no, contradictorios.
Ya allá, cada paso que dábamos implicaba un esfuerzo mental y emocional muy grande. Era como estar en un videojuego en el que había que sortear obstáculos, pasar pantallas. Todo finalmente se solucionaba, pero antes siempre había que demostrar que realmente merecíamos estar ahí, que estábamos a la altura.
Contra la corriente
Yo llevaba años soñando con visitar el país y dando marcha atrás cuando escuchaba las diferentes versiones de lo que implicaba China. “Es el verdadero Lejano Oriente”, me decían y, aunque nunca me creí preparada del todo, pensé que otros viajes a Asia me habían dado la capacidad de entender cómo funcionan las “sociedades cardúmenes”.
Acuñé este término de manera informal con mi compañero de viaje cuando una tarde, por enésima vez, tuvimos que salir de una fila en sentido contrario.
En China las filas son un ordenador social importante. Para casi todo hay que hacer fila. Las vallas, incluso, ordenan en fila la circulación en algunos lugares impensados.
Que la fila tenga una función no significa que tenga un orden establecido que todos cumplan, de hecho colarse, para los chinos, es parte de hacer fila. Y nadie se ofende, todo sigue como si nada.
Volviendo a aquella tarde, tuvimos que salir de una fila porque no sabíamos dónde comprar una entrada. Luego vimos un cartel con un QR sobre nuestras cabezas y entendimos que ahí se sacaba el ticket, pero cuando lo presionamos… ¡una vez más todo estaba en chino! Quisimos preguntar y volvimos a hacer la fila. Los guardias nos ayudaron con algunos pasos pero, cuando queríamos ver, una horda de personas se acercaba y los guardias nos pedían que saliéramos de la fila para dejar pasar a la gente.
Mientras cientos venían en sentido contrario y nosotros tratábamos de movernos diciendo “sorry”, “sorry”, “Xièxiè”, “Xièxiè”, nos dábamos cuenta de que no podríamos salir del parque nacional Zhangjiajie si no lográbamos resolver la compra del ticket.
Entonces, fuimos y volvimos por las filas haciendo que los guardias tocaran nuestro celular y completaran todos los datos hasta que la compra finalmente se concretó y pudimos pasar y tomar el ascensor que nos sacó del lugar.
En el medio, nos dio un ataque de risa al comprender que durante todo el viaje habíamos tenido que cruzar las filas en sentido contrario.
Y fue entonces cuando pensé en la idea del cardumen. En ese organismo vivo que funciona de manera sincronizada y polarizada y, según Wikipedia, siempre en la misma dirección y a la misma velocidad porque su principal función es la supervivencia.
Nosotros, acostumbrados al individualismo neoliberal, nunca logramos entender del todo cómo marchar sincronizados con el resto, cómo adaptarnos a su ritmo (por momentos, frenético; por momentos, tranquilo).
Ellos, que son 1.400 millones, saben priorizar al todo por encima de las partes, saben que ir contra la corriente no sólo que es muy difícil, sino que es infructuoso. Por eso su organización política funciona de manera totalitaria, por eso, también, durante la pandemia su cuarentena fue estrictamente acatada.
Los de afuera son de palo
El día de la plaza de Tiananmén finalmente logramos entrar a la Ciudad Prohibida comprando en una APP una visita guiada para unas horas después.
Ya adentro, conocimos a un alemán que había recalado en China porque habían cambiado su vuelo a raíz de la guerra en Medio Oriente.
En medio del paseo, el alemán le preguntó a nuestra guía china por qué era todo tan complicado para los extranjeros, por qué no simplificaban sus mecanismos, por qué estaban tan alejados (e incluso tan adelantados) de las tecnologías de Occidente.
Mientras él le mostraba ejemplos en su celular de cosas que había querido resolver pero no podía, la guía intentó con mucha paciencia explicar algo de la milenaria idiosincrasia de su país, mientras yo por dentro no podía dejar de pensar en un meme que dijera algo así como “¡China, no lo entenderías!”.
Para cerrar la charla, el alemán se nos acercó buscando complicidad y nos dijo: “Cada vez que quiero avanzar con algo como comprar un ticket, reservar alguna cosa, y no se puede porque está en chino, alguien me mira como diciendo: ‘Lo siento, es tu problema y no el mío’, y es como si me mandaran a mi casa a hacer la tarea. Es como si todo el tiempo nos dijeran que no les importamos”.
Mi respuesta fue tajante y sincera: “Es que ellos no nos necesitan, son 1.400 millones”. Y por dentro pensé (aunque por cortesía no lo dije) que China es uno de los pocos países asiáticos en los que al ver a un alemán o a cualquier otro occidental no despliegan una alfombra roja de bienvenida.
Esa misma tarde, alguien en el parque Jingshan se nos acercó para preguntarnos de dónde éramos y lanzar una risita.
“Venimos desde Argentina”, dijimos ante la cara de desconcierto de nuestra interlocutora (la misma cara que pusieron casi todos los que nos preguntaron por nuestro origen). “Argentina... en Sudamérica”, agregué. “¡Ah!”, me dijo la chica ubicándose un poco más, y cuando el alemán se acercó, le conté esa historia repetida y le dije: “Sentite halagado porque quizás tu país les suene un poco más que el mío”.

