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El cerebro humano y la máquina

Una computadora de la segunda generación equivale a miles de ingenieros calculando sentados en las tribunas de la Bombonera. Arnaldo Pérez Wat.

03 de diciembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
El cerebro humano y la máquina

Es obvio que la mente y el cuerpo tienen alguna correlación: si le aplican la guillotina a un “revoltoso”, este no piensa más. Tal nexo entre pensar y algo material, como el cerebro, sugirió que se puede construir un cerebro mecánico.

Pero los mentalistas a ultranza se mantienen en que la máquina no tiene conciencia y que está muy lejos de imaginar y crear. El asunto es complejo, pues ni la ciencia ni la filosofía saben exactamente qué es pensar, qué es la conciencia, el alma, etcétera.

Para zanjar esta cuestión, un matemático inglés diseñó, en 1945, la conocida "máquina de Turing": la persona se coloca en el living frente a dos pantallas terminales, que son accionadas desde dos cuartos. Una es manejada por una persona y la otra es una computadora auténtica.

Si resulta imposible saber cuál es la computadora, entonces, según Turing, dicha máquina es inteligente. Pero hasta el presente no se ha construido una máquina así.

Alan Turing nació el 23 de junio de 1912. A los tres años aprendió a leer solo y a los 16 leía a Einstein. Hay en su vida acontecimientos sabrosos para el “periodismo basura”.

Para calcular, la máquina es superior al humano. Una computadora de la segunda generación equivale a miles de ingenieros calculando sentados en las tribunas de la Bombonera.

El cerebro compensa esta desventaja por la altísima densidad de sus conexiones y porque aprovecha la integración de un número muy grande de pequeños conjuntos o módulos de neuronas que se han especializado, en el ­curso de la evolución, en determinadas acciones. Son funciones muy complejas. En estas redes neurales se gestan nuestros pensamientos, la imaginación y los afectos.

El ordenador puede dividir su tarea trabajando en paralelo, como lo hizo Deep Blue, la supercomputadora que en 1996 le ganó una partida al campeón mundial 
de ajedrez Gari Kasparov. 
No piensa las alternativas unas tras otras, como el ­hombre, sino que las analiza en fracciones independientes. Así y todo, a veces sacó unos 40 minutos de ventaja en el en­cuentro.

El hombre saltea o abrevia, pero no puede desprenderse de su subjetividad. Si le ofrecen en sacrificio una torre, por ejemplo, el ajedrecista se descoloca en la silla y se emociona, conjeturando que hay algo bueno o que hay gato encerrado.

La máquina no posee esa subjetividad. Por eso llamó la atención que, a veces, si el ser humano queda con el rey desnudo en medio del tablero, todos sus movimientos llevan la orden de cubrirlo lo más rápido posible, sin descuidar la lucha.

La máquina puede dejarlo desprotegido hasta el final, si hasta donde llega su razón no alcanza a ver algún peligro.

A lo mejor, otro Turing consigue idear otra computadora –digamos de la décima generación– que tenga afectividad.

Entonces puede que a la mañana, cuando el empleado abre la oficina, encuentre dos máquinas besándose; y otra que no va a trabajar porque está deprimida. Pero, hasta ahora, la “compu” es más sobria: no desparrama chismes en la oficina.

Esto nos recuerda a un gerente que debía volar a Vietnam durante la guerra. Sabía que la probabilidad de que le pusiesen una bomba era de uno sobre mil.

Le planteó a la “compu” que necesitaba mucha más seguridad. La vieja máquina respondió: “Si quiere más seguridad, lleve una bomba en la valija. La probabilidad de que coloquen dos bombas en el mismo avión es de uno sobre cuatro millones”.