
“Después del crimen”: el abogado Carlos Ríos cruza la frontera entre la realidad judicial y la ficción
Por
Redacción La Voz
Suma 60 años en el calendario, es abogado por la UNC, especialista en derecho penal, ejerce su profesión en su Río Tercero natal, como en Córdoba y en la ciudad de Buenos Aires, ha escrito cuatro libros técnicos sobre temas jurídicos, alguna vez rindió un examen para ser camarista y quedó primero en la lista pero decidió no asumir. Ha ejercido la defensa en numerosos casos penales, algunos de ellos resonantes.
Y Carlos Ignacio Ríos escribe, mucho. Lleva años como columnista en temas judiciales en La Voz, por lo que ha ganado dos premios nacionales Adepa en el rubro Abogacía argentina. Escribe y lee, más allá de lo jurídico.
Pasando esos límites es que acaba de publicar Después del crimen (17 casos penales contados desde adentro), sobre expedientes judiciales que conoció en detalle. “Es una suma de relatos, para público en general, cuyo objeto es entretener. Son casos judiciales contados por dentro para que la gente conozca cómo funciona un proceso judicial, cómo se construye y deconstruye una prueba, y cómo cada caso atraviesa vidas humanas", apunta.
“La idea eje del libro es que lo que pasa en muchas causas judiciales, a cualquiera de nosotros quizá le podría pasar”, resume.
–Hay una idea reveladora del libro: ninguna tragedia está tan lejos como para no alcanzarnos alguna vez. ¿Surge de atender a personas que se ven acusadas de un delito que un minuto antes ni se lo hubieran imaginado?
–Sí, es eso. Gran parte de mi carrera fue como defensor. Siempre me llamó la atención que muchos casos me podrían haber pasado a mí, o a un familiar mío. Todos estamos como preparados para ser víctimas: salís con miedo a que te roben, por ejemplo. Pero para ser acusados de un crimen o delito, salvo que seas un delincuente en la vida, no estás preparado. Podés salir en el auto y atropellar a un chico en bici y ya entrás al sistema penal y tenés un homicidio culposo en tu espalda. Y le pasa a cualquiera.
–¿Hay un perfil dominante del acusado y sus reacciones?, ¿o múltiples versiones?
–He tenido casos con la certeza de la inocencia de esa persona y de la injusticia de la acusación. Otros pueden ser más trabados. Pero hay que estar ante una cosa de tremendo peso que te cae encima. Hay casos donde la persona cometió un hecho, haya querido o no, y hay matices: cada persona reacciona como puede, no se puede esperar que todos actúen igual. Ser imputado es una tragedia, un calvario. No te deja pensar en otra cosa, sobre todo si no lo hiciste o si lo causaste pero no tuviste la intención. Yo creo que a veces en la Justicia no se advierte lo que implica imputar a alguien.

–Lo que en un papel es un trámite, en la vida real es un calvario...
–Obvio. Un médico que todos los días hace cirugías termina haciéndolas con naturalidad, y un fiscal que todos los días imputa quizá también naturaliza cada caso como uno más.
–Como que todos podemos vernos mañana acusados de haber cometido un delito…
–Sí. Y con razón o sin. Eso te hace ingresar a la maquinaria procesal. Y es lo que trato de narrar: cómo viven las personas esas historias.
–Hay algo más complejo: todos podemos ser culpables, judicialmente. Aun los que no lo son…
–Por supuesto. Yo narro un caso en el libro, de un policía de Buenos Aires al que defendí por un crimen del que se lo acusaba. El fallo del tribunal que lo condena es vergonzoso, un fallo político, acomodado a la circunstancia. Y cuento cómo lo vive alguien que un día se levanta para ir a trabajar, lo mandan a una manifestación, se muere alguien y le adjudican ese homicidio. Un tremendo caso que me tocó. Años después, y condenado, sigue sin poder entenderlo.
–¿Cuán lejos suele quedar la verdad judicial de la verdad real? ¿Existe alguna de las dos?
–Soy de los que piensan que la verdad tiene matices. El libro plantea también eso. Hay una construcción judicial de la verdad que termina con una sentencia que no siempre acierta en lo que realmente pasó. ¿Podemos realmente saber qué pasó en un caso? A veces sí, otras no. Lo que podemos conocer es lo que la investigación pudo reconstruir con los retazos (testimonios, pericias, indicios) más la deconstrucción que aporte el defensor. De allí debería surgir una verdad judicial. Y hay que atenernos a eso, aunque nos queden dudas a veces.
–¿El Poder Judicial está condicionado a la hora de condenar o de absolver, sea por el poder político o económico, por la sociedad, por el clima de época?
–Las influencias externas son inevitables. No existe un juez autómata, que no se vea impactado por cosas, desde su propia historia personal hasta su entorno. Por supuesto que el poder político hace lo suyo y la opinión pública pesa, lo que dicen los medios y lo que inunda las redes tienen su influencia. pero un buen juez tiene que saber tomar distancia. Y fallar de acuerdo con la prueba existente. Creo que todos vemos que hay causas en que eso se cumple y otras en las que no. No todos los fallos se ciñen sólo a las pruebas existentes.
–Un fallo determinado, años antes o después, pero con la misma prueba, podría ser distinto entonces…
–Sin dudas. Se me vienen a la cabeza, por ejemplo, los casos de género y de abuso sexual. El péndulo fue de un extremo a otro, y ahora tiende a posarse más al medio. Años atrás, hacías una denuncia por abuso sexual y costaba una enormidad avanzar. Luego, pasó que ante cualquier denuncia el acusado no parecía tener ninguna chance de zafar aunque no hubiera ni una prueba. Quiero creer que se va acomodando. Hay climas de época, entre otras cuestiones que influyen.
–Sos abogado y no juez. Muchos creen que los abogados defienden hasta lo indefendible. Visto así, no serían tan auxiliares de la Justicia…
–El abogado está obligado a defender. Toda persona tiene ese derecho. Hasta el diablo necesita defensor. Luego, cada uno deberá evaluar qué defensa puede asumir. Y cómo. El papel que la ley me impone en el proceso es que como defensor contrarreste lo que supone la acusación. Había un filósofo uruguayo que decía que la profesión de abogado era intrínsecamente inmoral, porque en algún momento miente. Si la verdad no puede estar de los dos lados, alguno miente, decía. Un notorio jurista cordobés, Alfredo Orgaz, que fue ministro de la Corte Suprema, le replicaba que la verdad puede tener matices y que el abogado tiene que poner a prueba esos matices, para que el juez evalúe.
–Hay cierta construcción de sentido común sobre que la Justicia está estructurada para perseguir a los más débiles, y que las cárceles están mucho más repletas de ladrones de gallinas que de corruptos o de delincuentes de guante blanco…
–Nunca estuve tan convencido de eso. Es cierto que las personas más vulnerables en lo económico suelen tener menos chances de defensa. Pero también percibo cierto ensañamiento de la sociedad contra quienes tienen buena posición económica, o son personas conocidas. He visto injusticias cometidas por eso. No incluyo ahí el tema de la corrupción política. Veamos cuántos casos conocemos de condenas por corrupción en Córdoba y quizá no tengamos presente casi ninguno. Y en lo nacional, las causas se cocinan en 12 juzgados federales, los de los tribunales de Comodoro Py, donde ahí talla la política en grande. Yo no creo en esa Justicia, que está para triturar al enemigo y para salvar al amigo, conforme con los tiempos. Hay excepciones, seguro, pero en general es funcional al poder, según soplen los vientos.
–La gente suele observar aún de reojo la práctica de los juicios por jurados. ¿Aportan mejor justicia? ¿Un vecino es más o menos presionable que un tribunal común?
–Tuve mis prevenciones cuando empezó, porque fui formado en una escuela procesal que cuestionaba esa idea. Pero hoy soy defensor a ultranza del sistema. En Córdoba, el juicio por jurado es la mayor garantía de justicia. El jurado popular no tiene compromiso con nadie, o en general los tiene en mucha menor medida que un juez. Que ocho personas puedan decidir sobre la culpabilidad o inocencia de un conciudadano suma, porque se ponen en el lugar de víctima o victimario de mejor manera. Creo que es un modelo que da esperanza de mejor justicia.
–¿No hay nada que reformarle a ese sistema?
–Creo que Córdoba debería ir hacia el juicio por jurado puro. Hoy tenemos un sistema con ocho jueces populares más dos jueces técnicos. Entiendo que debiera ser solo popular. Un defecto que veo es que se obliga a que la sentencia sea fundada, tarea en manos de los jueces técnicos y que implica que ese fundamento pueda ser revisado por el Tribunal Superior. En definitiva, cae en manos de tres jueces del Tribunal Superior que pueden invalidar lo que resolvió el jurado popular. Así, el sistema tradicional vuelve a recuperar el poder final. Yo imitaría el sistema anglosajón.
–¿Pero esa revisión no representa acaso una garantía?
–Lo debería ser en el caso de que se vulneren garantías constitucionales, pero no para transformarse en jueces de los hechos. Debería limitarse a resolver cuestiones de constitucionalidad. Pero ahora termina resolviendo casos por su cuenta.