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Cancha rica, cancha pobre

Espalda contra espalda, ambos colectivos se ignoran. No son ni más o menos alegres, ni más o menos divertidos, ni más o menos grandilocuentes. Son distintos y, a la vez, parte de lo mismo.

06 de marzo de 2014 a las 05:20 p. m.
José Emilio Ortega*
Cancha rica, cancha pobre

Zona norte de la ciudad de Córdoba. Costanera arriba, pocos metros antes de que comience su breve agonía en doble mano, de cuatro o cinco cuadras. Sábado a la tarde, horas de descanso, esparcimiento, diversión. Todavía hay muchos que las aprovechan para jugar a la pelota. Componen un simpático barullo. Son todos jóvenes, muchos contra muchos; no tengo claro si de cada lado se cuentan los 11 reglamentarios. Todos se entretienen, más o menos igual.

Los arcos y la pelota, eterna protagonista de tantas y tantas historias. La mayor o menor destreza, los que sueñan con un poco más y los que tienen ganas de volverse pronto a casa. El gordito que va al arco. Algunos, tras la línea de cal, mirando y seguramente comentando las alternativas del juego. Algarabía, bromas. Un festejo, una cargada, y hasta algún enojo que condimenta la parada.

Pero la imagen es singularmente paradójica. No juegan 22, sino 44. Son dos canchas, no una. Las divide, en principio, un muro altísimo e implacable.

De un lado de la pared, en un terreno magro de yuyos, sin alambrar ni cercar, de esos pocos que aún quedan en diversos rincones de la ciudad y que los vecinos deciden destinar al encuentro, patean 22 del barrio, orilleros de ese Suquía serpenteante que a veces apenas se escurre bajo (o sobre) el puente 15 y se les mete incómodo, maleducado, tirano, dentro de sus casas.

Del otro lado, resguardados por un convincente cerco de púas que prolonga la pared y la protección, como en la vieja propiedad romana, hasta las estrellas, se divierten 22 del country, pastito corto, impecables arcos con sus redes, pecheras distintivas, buenas torres de iluminación por si los sorprende la noche.

Espalda contra espalda, ambos colectivos se ignoran. No son ni más o menos alegres, ni más o menos divertidos, ni más o menos grandilocuentes. Son distintos y, a la vez, parte de lo mismo. Solemne, la vigorosa pared de puntas de acero aguanta los pelotazos y testimonia las diferencias.

Muchas veces recorrí, siendo niño, ese mismo suelo, cuando la Costanera aún era un proyecto a trazar sobre un río tan bravo como ahora y los barrios de esa zona de la ciudad, con sus matices, guardaban un particular sentido de la integración.

Alguna vez entendí, dentro de un abierto campo de juego allí dibujado –prendido en picados a muerte que mezclaban sin complejos a los “negritos” con los “nenes bien”–, que las apariencias engañan.

Hoy vuelvo a confirmarlo, mientras contemplo el desenlace de los dos partidos, y definitivamente no sé quién gana ni quién pierde.

Profesor de las universidades Nacional de Córdoba y Blas Pascal; asesor del Poder Legislativo provincial