Un camuflado chantaje electoral
Sugerir que no se puede gobernar con los grandes sindicatos en contra es como guardar un silencio cómplice sobre la mafia sindical y la corrupción. Julio César Moreno.
El avance de los grandes sindicatos sobre el poder político es uno de los fenómenos más importantes de la actualidad. Se trata de un viejo tema, que cubre las últimas cinco décadas de la historia nacional, aunque haya cambiado de modalidades y formas de expresión. Durante el primer peronismo (1946-1955), el presidente Juan Domingo Perón enfatizó que los trabajadores constituían la "columna vertebral" de su gobierno y el movimiento nacional y popular que lo sostenía. Pero la "cabeza" de ese gobierno era el propio Perón, que consideraba que la CGT era una pieza, una parte del Estado justicialista, fundamental, pero que debía estar subordinada totalmente a la "cabeza" del Estado. De hecho, las dos grandes conquistas de los sindicatos fueron otorgadas por gobiernos no peronistas: 1ª) Arturo Frondizi, en 1958, impulsó la Ley de Asociaciones Profesionales, que establecía el sindicato nacional único por rama o actividad y una sola central obrera, y 2ª) el general Juan Carlos Onganía, en 1970, otorgó a los sindicatos el manejo de las obras sociales, que con el tiempo se transformaría en una poderosa herramienta de poder.Pocos años después de la caída de Perón, los sindicatos comenzaron a tener una gran autonomía y a ejercer una fuerte presión sobre el poder político. Durante el gobierno de Arturo Illia impulsaron un "plan de lucha" que incluyó la ocupación de fábricas y empresas, en algunos casos con toma de rehenes, y durante el de Raúl Alfonsín (1983-1989), la CGT lanzó 13 paros generales. El papel de Moyano. Con el retorno del peronismo al poder, las cosas cambiaron, pero no tanto. A Carlos Menem la CGT no le hizo 13 paros y a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner no les hicieron ninguno, aunque se multiplicaron las protestas sindicales y los conflictos sociales. El secretario general de la CGT, Hugo Moyano, aparece como un aliado del gobierno kirchnerista, pero no un aliado incondicional, sino alguien que busca más poder y más influencia. Moyano convocó a un paro general, que luego dejó en suspenso, a raíz de las ya famosas "cuentas suizas", en las que aparece como implicado en una trama de supuesto lavado de dinero. El "moyanismo" busca más poder dentro del poder, aunque sin un programa claro de gobierno, sin una propuesta y perspectivas serias y coherentes sobre el futuro. El sindicalismo no parece ir más allá de la idea del poder por el poder mismo, y sus alianzas con el Gobierno –vale la pena repetirlo– no son incondicionales. La prueba está en que los grandes sindicatos están firmando convenios que establecen aumentos salariales entre el 25 y 30 por ciento anual, es decir muy por encima de los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). La consigna moyanista de que la inflación se mide en las góndolas y no en las cifras del Indec, goza de una aceptación generalizada. Esta contradicción genera una gran duda sobre la consistencia que podría tener un gobierno basado en una alianza entre los poderes político y sindical, es decir entre el kirchnerismo puro y duro y los gremios.Sin embargo, hay una inquietante pregunta que ya ha sido lanzada como camuflado chantaje electoral: ¿se puede gobernar un país con los sindicatos en contra, que pueden lanzar paros y planes de lucha como los que les hicieron a Illia y Alfonsín? ¿No es mejor tener a los sindicatos en la misma bolsa del gobierno, aunque se peleen como gatos y perros? En el debate, los valores republicanos parecen estar en baja y la discusión sobre nuevos modelos de sociedad, en picada.

