Calidad y escisión
La lucidez amorosa, para con nuestros muertos y para con nuestros hijos, hoy se llama respeto y mesura. Calidad en el espacio público y, especialmente, calidad al exigir calidad.
Las asociaciones humanas son esencialmente complejas. Combinan unas tendencias cooperativas, constructivas y amorosas con otras competitivas, despóticas y destructivas. Esta puja constitutiva y complementaria se verifica en todas las esferas: en las parejas y en las familias, en las empresas y en los sindicatos, en las iglesias y en los estados.Si sólo fuéramos tiburones, el orden colectivo sería imposible; si sólo santos, superfluo. La escisión, entonces, es una fuerza tan propia de la cosa común como la unión. Traicionando a Jorge Luis Borges, digamos que no sólo nos une el amor, sino también el espanto.Pero todo tiene un límite. La pesadilla de la guerra hobbesiana de todos contra todos, de un lado, se espeja en el horror de una sociedad totalitaria sin diferencias ni opciones, del otro.En algún lugar, entre ambos extremos, se encuentran las sociedades modernas, autoconcebidas como estados de derecho.La calidad de una forma de vida en común se puede ponderar, precisamente, por su capacidad para propiciar el despliegue de las fuerzas colaborativas de sus integrantes, al tiempo que restringe los efectos más nocivos de sus tendencias agresivas.El recelo nunca puede desaparecer del todo. Pero si prevalece la confianza, crece la productividad cultural y económica, bajan los costos materiales y simbólicos de la conciliación de intereses.El cotidiano fluye amigablemente y el horizonte gana en previsibilidad y creatividad. Las normativas se cumplen por motivos mucho más nobles que el mero temor al castigo.El estudio recupera ecos del clásico y lujoso amor por el conocimiento; el valor de lo bello supera su precio como mercancía; la diversión es más rica que la evasión compulsiva, frenética y química. La vida es más alta en energía y más baja en estrés. Se hace más auténtica. Y viceversa.
Bajas pasiones
Con índices bajos de sociabilidad, entonces, la desconfianza es signo de prudencia, los servicios estatales pierden crédito, la comunicación se rebaja a retórica, el entorno amigable de cada uno se limita a unos pocos, el horizonte se embruma y se estrecha en tiempo y espacio.
Ganan protagonismo la sospecha, la descalificación y el resentimiento. En situaciones agudas, reaparece la muerte violenta, enemigo principal de toda civilidad.
La calidad de la vida colectiva argentina, en términos generales, no es elevada. Nuestra existencia cotidiana ilustra de diferentes maneras el retroceso del elemento libidinal frente a las tendencias tanáticas.
La así llamada “grieta” –es decir, el malestar casi inconciliable que hoy separa a los simpatizantes y cuadros del cristinismo de sus críticos y opositores–, preocupante como es, no resulta novedosa.
La historia más o menos reciente registra varias grietas. Peronistas y antiperonistas, peronistas de izquierda y peronistas “de Perón”, dictadura y lucha armada, radicales y liberales de derecha, para mencionar las más advertidas.
A estos antagonismos ideológicos, se pueden sumar otros, no menos serios, de índole sistémica, como el de representantes y representados, gerencia política y funcionariado de planta (en particular, fuerzas y organismos de seguridad), capital financiero y mundo de la producción, etcétera.
Cada tanto, la aparición de lo horrible como evidencia del fracaso en la tramitación civilizada del conflicto: las muertes violentas vinculadas a lo político. Deliberadas, como los asesinatos, o colaterales, como la voladura de la fábrica militar de Río Tercero o la tragedia de Cromañón. Y, como trasfondo ominoso, el fenómeno inhumanamente naturalizado de la indigencia.
Es en este contexto que se inscribe la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida hace un mes.
Dada la magnitud de las potencias externas involucradas por el atentado contra la Amia, era razonable esperar que los procesos judiciales que intentaran iluminarlas con verdad y justicia fueran muy sensibles a la obstrucción y la contaminación, ya fueran estas de procedencia exterior o endógena.
Son casos que exigen al límite el módico nivel de calidad de nuestra vida colectiva. Por tanto, nuestra responsabilidad colectiva es combatir la escisión desmadrada, marca común al deterioro de nuestros ámbitos.
La lucidez amorosa, para con nuestros muertos y para con nuestros hijos, hoy se llama respeto y mesura. Calidad en el espacio público y, especialmente, calidad al exigir calidad. Claridad y sobriedad argumentativa. Y lealtad. No hay enemigos al interior de la Constitución.
*Doctor en Filosofía y profesor de la Universidad de San Andrés

