En busca del tiempo perdido
La crisis internacional, que golpea con particular dureza a toda Europa, impone una regla de la que es difícil salirse: ajuste, ajuste y más ajuste. Julio César Moreno.
Todos los años son años electorales y muchos países –de elección en elección– deciden su destino inmediato votando a diferentes candidatos, partidos o coaliciones. El año pasado le tocó a la Argentina elegir un nuevo presidente, gobernadores y renovar el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales, así como también innumerables municipios. En Estados Unidos se están desarrollando las elecciones primarias en el Partido Republicano para determinar qué candidato enfrentará a Barack Obama el primer martes de noviembre. En América latina, habrá elecciones en México y Venezuela, que despiertan grandes expectativas por el cambio de correlación de fuerzas que se puede producir en ambos países.Pero, sin duda, las próximas elecciones generales en Francia, a realizarse el 22 de abril y, si hay segunda vuelta, el 6 de mayo, son las que concentran la mayor atención de la opinión pública internacional.¿Por qué? Porque hasta ahora va adelante en las encuestas el candidato socialista François Hollande y una victoria del Partido Socialista implicaría una inversión de la tendencia electoral en Europa, donde la mayoría de los gobiernos socialistas fueron desalojados por fuerzas de centroderecha.El caso más resonante fue la gran victoria del Partido Popular, en España, y la aplastante derrota de los socialistas en noviembre del año pasado, resultado que puede repetirse mañana en Andalucía, unas de las regiones más grandes y pobladas de la península y que tradicionalmente fue un bastión socialista.Felipe González, el más importante líder de la transición democrática española, era andaluz, él y el "grupo de Sevilla" fueron la cabeza del primer gobierno del Partido Socialista a partir de 1981. Es por ello que un triunfo de Hollande tendría el significado de una revancha histórica de los socialistas europeos.De todos modos, hay que convenir en que no existe demasiado margen para el cambio. La crisis internacional, que golpea con particular dureza a toda Europa impone una regla de la que es difícil salirse: ajuste, ajuste y más ajuste, o sea rigurosas políticas de austeridad, de restricciones, de caída del empleo –que afecta sobre todo a los más jóvenes–, de reducción del ingreso y por lo tanto del consumo, de reformas laborales que ponen en duda ese principio que se creía intocable: la estabilidad en el trabajo, el derecho a la jubilación digna (el 82 por ciento móvil, en la tradición argentina).Los "30 gloriosos años" (de 1945 a 1975) o sea la época de oro del Estado del Bienestar, quedaron definitivamente atrás, aunque también hay que convenir en que no hay nada definitivo en la historia y que tal vez algún día vuelvan los "30 gloriosos".Habría que evocar la memoria histórica: el Estado del Bienestar se construyó, después de la Segunda Guerra Mundial, con mucho sacrificio por parte de los pueblos.Se partió de las consecuencias de la guerra, de la pobreza, de una vida difícil para todos. Baste recordar o ver los grandes filmes del neorrealismo italiano para tener un retrato de aquellos tiempos. Pero a partir de allí, los países y las sociedades que hicieron bien las cosas comenzaron a ascender en la escala social y económica, a acceder al trabajo, la vivienda y mejores niveles de vida.El Estado del Bienestar, los "30 gloriosos", no fueron un regalo de la historia sino el fruto del esfuerzo y el empeño de los pueblos y de buenos gobiernos –socialistas, democristianos, liberales– en un tiempo en que la política tenía una dimensión ética y épica que hoy parece haber perdido.

