El bien, el mal y lo impreciso del después
¿Qué habrán pensado el exgeneral y sus acólitos cuando aparecieron con la escarapela del Vaticano en el juicio por los crímenes cometidos en La Perla? Alejandro Mareco.
El exgeneral y sus acólitos devoradores de sangre amanecieron otra vez en el banquillo de los acusados por las vidas ajenas derramadas en esa oscura catedral de violencia y dolor llamada La Perla. Pero ese jueves llevaban en sus pechos una escarapela con los colores blanco y amarillo del Vaticano. Es que el día anterior, Jorge Bergoglio, la más alta autoridad de la Iglesia argentina, había sido elegido papa, es decir, la más alta autoridad de toda la Iglesia Católica. ¿Qué habrán pensado? ¿Acaso que volvía la Iglesia de aquellos años, señalada tantas veces de silencio y hasta de connivencia con la dictadura? ¿Que con Jorge Bergoglio como papa los vientos argentinos comenzarían a cambiar de dirección y que lo que hoy se entiende como mal (los postulados, los crímenes de la dictadura) volvería a la supuesta vereda del bien, como sostenían entonces los sedientos del odio? ¿Bergoglio sería el jinete del apocalipsis kirchnerista? A juzgar por lo que siguió, flaco favor le hicieron. Es que, en una de las primeras acciones, el Vaticano salió a defender a Francisco asegurando que jamás había sido cómplice de la dictadura y que nada tenía de cierto la acusación de haber entregado a la represión a dos sacerdotes jesuitas (uno de esos sacerdotes acaba de decir que se equivocó al señalar a Bergoglio). Incluso, hubo voces que sostuvieron que había ayudado a detenidos y hasta que prestó su documento para que un perseguido pudiera salir del país, es decir, acciones que, de haber sido conocidas entonces por la jerarquía militar, le hubiesen costado muy caro. El premio Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel, quien el jueves se encontró con Francisco, insistió luego en que Bergoglio no había sido cómplice de la dictadura y reveló que, en la conversación que mantuvieron, el nuevo papa le dijo que “hay que buscar verdad, justicia y reparación” de los crímenes cometidos en la dictadura, así como sostuvo que los derechos humanos son integrales y que no hay que limitarlos a los asesinatos de la dictadura, sino también “a la pobreza, el ambiente y la vida del pueblo”. Además, trascendió que el primer beato argentino en la era del nuevo papa será el cura franciscano Carlos de Dios Murias, nacido en Córdoba y que aún hoy es uno de los miles de desaparecidos que dejó el reinado de un Estado clandestino y feroz. Es decir, lo que ayer para unos fue parte del bien, aunque fuera atroz, y que, después de desenmascararlo (no hay nada atroz que sea parte del bien), la gran mayoría de la sociedad lo señaló como parte del mal, sigue en esta última condición por más que la Iglesia argentina haya llegado al papado. De poco les sirve hoy a aquellos autores de crímenes de lesa humanidad colgarse (de) la escarapela amarilla y blanca, después de haber lucido con herejía “patriótica” la celeste y blanca. Hoy es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Es la octava vez en que el 24 de marzo se viste con el rojo de feriado. En esta ocasión, figura en el mismo almanaque que hacia el final del año dará las 30 campanadas de la democracia argentina recuperada. Es posible que en todos estos años hayamos pensado o sentido en dónde está el bien y en dónde está el mal. Pasarán más años, más argentinos, y esto que hemos pensado y sentido quedará grabado aun en lo impreciso del después.

