Bicentenario de Balmes
Es preferible ser esclavo de la ley, antes que padecer el arbitrio de un mandatario nacido del engaño y la corrupción. Arnaldo Pérez Wat.
El sacerdote y filósofo español Jaime Luciano Balmes nació en Vich, Barcelona, el 28 de agosto de 1810, donde murió el 9 de julio de 1848. Se opuso al positivismo y a Kant y Hegel. Contribuyó al florecimiento de la neoescolástica e influyó sobre el cardenal Mercier y la Escuela de Lovaina.
Se metió en política. "!Ay de los pueblos gobernados por un poder que ha de pensar sólo en la conservación propia!", dijo, y añadió: "Ninguna sociedad, por pequeña que sea, puede conservarse ordenada sin una autoridad que la rija". Además, reconoció que en medio de la ignorancia, nunca una sociedad será sana. Y no le falta razón: en nuestro caso, la "tinellización" y la decadencia de la enseñanza, se vuelven dinamita para el Estado.
Balmes lo expresa de manera poética. Piensa que la instrucción y la educación son las dos ramas que conviene no perder nunca de vista. "La imprenta -opina- comenzó dando a luz la Biblia y ha descendido hasta el lenguaje de los verduleros; como la música nació en los templos y ha bajado a las tabernas".
Es partidario de una autoridad fuerte: "Para mandar, sirven los ambiciosos, pero no los vanos. De la incompetencia gubernativa, nace el pandillaje". El lema de un buen gobierno debería ser: razón, justicia y buena fe.
Los poderes nacidos de una revolución tienen por la fuerza facultades discrecionales, pero es preferible ser esclavo de la ley antes que padecer el arbitrio de un mandatario nacido del engaño y la corrupción; el poder sin límites es un andamiaje que a la larga se quema con su propia madera.
Pasando a las ciencias, considera que todas tienen sus atractivos, pero no hay otra que aventaje ni iguale a las matemáticas, por su capacidad de absorber la atención y distraer el alma de toda clase de objetos.
En su libro Cartas a un escéptico en materia de religión , llama la atención sobre que en España no hay término medio entre religión e incredulidad. Y sobre que el que no es católico vive en el escepticismo religioso, sin examinar cuál de las sectas disidentes le agrada más.
Más que rebatir a los escépticos, responde con algunas objeciones que el catolicismo sugiere a los protestantes. Para variar, porque las obras de Balmes están llenas de observaciones contrarias al protestantismo. Aclara que no creer en cosas extraordinarias no es signo de mucha filosofía. Que los auténticos sabios son dóciles frente a la experiencia, mientras que los incrédulos se acuerdan de la religión cuando sienten la vida en peligro.
Viene al caso Bertrand Russell, quien más de un siglo después, en 1953, declara que los agnósticos creen que la religión y la ciencia son imposibles de reconciliar. Le preguntaron qué clase de prueba lo convencería de la existencia de Dios. Antes de contestar, aclara que el ateo sostiene que podemos saber que Dios no existe. Y que el agnóstico suspende todo juicio, diciendo que no hay suficientes razones ni para la afirmación ni para la negación. Acto seguido, responde que si oyese una voz procedente del cielo que le predijera todo lo que le iba a suceder en las 24 horas siguientes, y que si luego tuvieran lugar todos esos acontecimientos, entonces se convencería al menos de la existencia de una inteligencia sobrehumana. Y añade: "Puedo imaginarme otras de igual índole, pero, que yo sepa, tales pruebas no existen".
Así las cosas, ambos se sienten dichosos con su trabajo, luchando por la unión de los pueblos y contra la injusticia. Al genio inglés, no le consta que los buenos serán recompensados. No le consta que exista algo más que lo físico, pero su moral se dirige hacia lo que considera el bien. Para el apóstol del catolicismo, existe un universo espiritual que anida en las almas, y el destino y el origen de éstas yace en la inteligencia perfectísima del sumo bien.

