Beethoven y la cultura de masas
En resumen, toda la inspiración de Ludwig van Beethoven aparecerá siempre como un oasis en medio de la oscuridad de lo mundano. Arnaldo Pérez Wat.
La música es considerada un idioma universal superior a las palabras. Superior y anterior; cuando el hombre aún no podía hablar, ya se entretenía con los sonidos que emitía su garganta. Ergo, la música es el primer arte en el tiempo. Y en el espacio, es un arte metafísico, porque su espacialidad la resuelve en el tiempo. Lo único que hay que hacer para tocar bien el piano –dijo Stravinsky– es golpear a tiempo.
El 31 de marzo de 1952, a los seis días de haber cumplido 85 años, Arturo Toscanini se dirigía al Carnegie Hall de Nueva York para grabar en discos la Novena Sinfonía , de Beethoven.
Hacía 50 años que interpretaba la obra; sin embargo, siempre la estaba estudiando de nuevo. Lo esperaban 191 personas, entre técnicos, solistas, instrumentistas y el coro. A la medianoche, ascendió a su auto. En su casa, estuvo escuchando todavía un mes lo grabado, con su hijo Walter en la consola de sonidos. Examinaba parte por parte, antes de viajar a Europa, para cerciorarse de que la grabación pasase impecable al disco de pasta.
En lo que concierne a la cultura de masas –o a la decadencia de la cultura, en nuestro caso– recibimos unos 80 canales de TV y nos preguntamos cuántas veces, o si alguna vez, en los últimos 10 años, se habrá visto u oído en ellos la Novena, ya sea grabada, ya en vivo. Beethoven, si bien desdeñaba a las masas, presintió que un fondo de tiranía y demagogia palpitaba en muchos soberanos. En realidad, su verdadero ser, como el de Friedrich Schiller, sintió un deseo algo exagerado por una "república de espíritus elevados".
Cierta vez, caminando juntos los dos genios, “el Genio de Bonn” y “el Príncipe de los Poetas Alemanes” se encontraron con varios archiduques y príncipes. Johann Goethe se hizo a un lado y, con el sombrero en la mano, saludó reverencioso. Beethoven se apretó más el chambergo y siguió adelante. Pasado el aristocrático cortejo, protestó: “¿Por qué has dejado el camino a estos hombres? Ellos no son nada; morirán consigo mismos. Nosotros viviremos siempre. Los nombres de Goethe y Beethoven los repetirán muchas generaciones venideras”.
Un oasis
La Novena sinfonía , llamada "Coral", por lo general, hoy ya no se escucha en discos de pasta sino que la moderna consola nos permite percibir esa excelsitud con un sonido celestial. Fue estrenada el 7 de mayo a las 7 de la tarde en Viena. Beethoven ya estaba completamente sordo, pero "dirigió" la orquesta, que tocaba sola.
Dicen que al final, cuando el público lo aclamaba de manera frenética, un músico lo volvió con suavidad hacia la platea, como advirtiéndole el final. Era 1824.
Si la industria de la cultura, que amenaza con sepultar al auténtico, nos concede unos momentos de paz en medio del ruido, dentro de 11 años festejaremos el bicentenario de la más grande obra sinfónica.
En medio de la trasmisión electrónica, que multiplica por los aires millones de misivas, las figuras del músico sobrevivirán con su bella forma. Es que el espíritu iluminado pone sentimientos en sus sensaciones más fugitivas: una sola violeta que aspira en el campo se convierte en el ensueño de una sinfonía pastoral de mil primaveras. Y el golpe del mensajero en la puerta puede ser interpretado como un hermoso canto sobre el destino en la Quinta Sinfonía.
En resumen, toda la inspiración de Beethoven aparecerá siempre como un oasis en medio de la oscuridad de lo mundano.
*Periodista.

