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Barack Obama, una victoria a lo Pirro

La reforma del sistema de salud y la que pretende para la banca han desgastado la autoridad de Barack Obama, sólo logra victorias a lo Pirro. Salvador Treber.

19 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Salvador Treber*
Barack Obama, una victoria a lo Pirro

Alrededor del año 300 AC, Pirro, rey de Epiro -región montañosa bañada por el mar Jónico en el norte del territorio helénico- tuvo la mala idea de invadir la península itálica, gobernada por los romanos. La campaña de conquista fue muy sangrienta y al cabo de varias batallas en las que triunfó, con enorme carga de amargura hizo el siguiente balance de esos aparentes éxitos: "Con un par de victorias más como éstas, me quedo sin ejército".

La reforma de salud. Salvando los tiempos y las circunstancias, algo parecido le está pasando a Barack Obama en Estados Unidos. Durante el proceso electoral que lo llevó al sillón presidencial, su principal argumento fue la iniciativa de extender la cobertura de salud a 47 millones de personas. Se trata de las franjas más pobres e incluye a unos 15 millones de residentes indocumentados, aunque son "tolerados", pues representan la disposición de mano de obra barata.

El proyecto original preveía que fuera el sector público quien los atendiera, lo que despertó una fuerte resistencia, pues restaba espacio al "negocio". La supuesta "intromisión" del Estado fue el argumento inicial para organizar una tenaz y enconada oposición. Sólo después de dividirlo en dos partes pudo lograr su aprobación en los aspectos esenciales. Así, el Senado votó de manera favorable la primera en diciembre y la Cámara de Representantes el 7 de marzo, por muy escaso margen (219 contra 212). En cuanto a su aplicación plena, ha quedado diferida hasta 2014.

Las compañías de seguros de salud, los centros privados, los grandes laboratorios y las respectivas entidades profesionales, a través de un "grupo especial de tareas", trataron de poner todo tipo de obstáculos, para lo cual afectaron un presupuesto de 20 millones de dólares. Si bien hasta este momento no obtuvieron lo que buscaban, impusieron modificaciones sustanciales y continúan movilizadas para ir por más, inclusive aplicando prácticas de intimidación "gangsteril", pues las familias de unos 10 legisladores recibieron amenazas de muerte, en el intento de torcer su voto. Es que el "negocio de la salud" moviliza cada año astronómicas sumas, que en 2010 supera los 2,2 billones de dólares (6,5 veces el producto interno bruto -PIB- argentino), con un promedio de 8.500 dólares anuales por persona. Por lejos, el más elevado del mundo y, aun así, de mediocre calidad.

Versión atenuada. Entre el planteo inicial y los que finalmente surgieron del Congreso existen notables diferencias, introducidas mediante más de 40 enmiendas. La principal fue excluir en forma total la posibilidad de que el Gobierno asuma el carácter de prestador, ni siquiera alterno, del servicio; ratificándose en forma explícita que todo seguirá exclusivamente a cargo de las precitadas aseguradoras. Ello incluye a la nueva franja de usuarios, la que se financiará con subsidios que, en el transcurso de una década de vigencia, implicarán un costo total de casi un billón de dólares.

Después de hacer múltiples concesiones, los conflictos no han cesado. Los objetores lograron dejar fuera a los "sin papeles" (15 millones), por lo cual está previsto que cubra a sólo 32 millones.

Al promulgar la primera ley, Obama dedicó su magro triunfo a la memoria de su madre, quien, según recordó, "tuvo que pelearse con las compañías de seguros médicos al mismo tiempo que en los últimos días de su vida luchaba contra el cáncer", y afirmó su convicción que de "todos tienen que tener seguridad básica en lo referido a la atención médica".

Resulta difícil entenderlos, máxime cuando en Europa la cobertura integral y gratuita -tanto de los servicios médicos como de medicamentos- existe hace muchas décadas, y en el Reino Unido ni la ex primera ministra Margaret Thatcher -máxima expresión del conservadurismo neoliberal- se animó a restringir la que ya existía cuando asumió.

Difícil pronóstico. El Senado ha sido teatro de otra disputa enconada: la modificación del marco regulatorio del sistema financiero, que significa incursionar en un campo que nadie se animó a "tocar" desde 1930 en adelante. No ha vacilado en advertir que busca hacerlo "más transparente al exponer los complejos tratos a puerta cerrada y tras bambalinas que contribuyeron a esta crisis; la reforma a Wall Street -afirmó- le dará más seguridad a la gente común".

Es claro que ha puesto en jaque a uno de los sectores en que está concentrado el mayor poder fáctico y sus escaramuzas con los popes del Parlamento ponen de relieve que no será nada fácil lograr tales objetivos. Aun después de la constatación de los enormes fraudes en que incurrió y el salvataje con fondos públicos, la banca sigue presionando para insistir en sus audaces operatorias sin someterse a ningún control. Tampoco desistió de seguir premiando con bonus a sus ejecutivos, cerebros y protagonistas de la reciente crisis.

La puja continúa y las maniobras en el Congreso tienden a frustrar las principales metas o, como con el programa de salud, hacerla lo menos efectiva posible. La ofensiva se trasladó a culparlo de la catástrofe petrolera en el Golfo de México, pese a que la concesión a BP (ex British Petroleum) data de mucho tiempo antes. Frente a las elecciones de noviembre, "todo vale".

La disputa no se ha generalizado en el seno de la población y el prolífero Woody Allen, en apoyo del presidente, se refirió a esos obstáculos diciendo que "Obama debiera ser dictador por varios años para liberarse de las trabas que le ponen en el Congreso y hacer progresar a Estados Unidos". Claro que es sólo una expresión de deseos. Los operadores de tan poderosas áreas no se conmueven y siguen fieles a sus propios fines, que son muy diferentes.

*Profesor de posgrado de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNC