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Crónica. Así huele el miedo lejos de casa

Aquel sueño de hacer algo por fuera de lo turístico, evitando los cardúmenes de barcos con música estúpida y tragos indecentes, se transformó en nuestra peor pesadilla.

24 de octubre de 2025 a las 11:55 p. m.
Así huele el miedo lejos de casa
Días contados. (Ilustración de Delfini)

Llegué a Zanzíbar sabiendo sólo lo básico. Que quedaba en un país llamado Tanzania, que era una isla (una de las más importantes de la África oriental junto con Madagascar), que tenía unas playas fabulosas… y no mucho más. Luego supe que fue la tierra natal de Freddie Mercury.

El primer golpe que nos propinó Zanzíbar fue el del calor. Bajamos del avión en plena pista y nos indicaron que cruzáramos ese mar de cemento caminando hasta una fila de migraciones y visado.

El aeropuerto era expulsivo. No tenía ningún tipo de refrigeración efectiva, las puertas estaban abiertas y solo había unos ventiladores de pie que apuntaban, con justicia, a los oficiales de migraciones.

“¿Ustedes, turistas, querían calor? ¡Pum, acá lo tienen!”, decía el cartel no escrito de bienvenida a la isla africana conocida mundialmente por la expresión “Hakuna matata” (algo así como “no hay problema”). Bueno, en el aeropuerto había varios.

La fila para ingresar al país era larga, tediosa y desordenada. El avión venía repleto con un gran grupo de italianos ruidosos y otro grupo con características nórdicas y actitudes parcas.

Los primeros intentaban colarse sobre los segundos y en el medio estábamos nosotros, huérfanos de compañía. Se formaban filas con grupos de amigos y familiares, y era imposible seguir algún tipo de orden, así que nos dejamos llevar.

Cuando finalmente sorteamos el escollo de los papeles y salimos del aeropuerto en busca de algún tipo de transporte público, nos encontramos con que teníamos sobre la frente la etiqueta de turistas y no íbamos a poder viajar en otra cosa que no fuera un taxi hasta nuestra habitación alquilada.

La negociación sobre el viaje y el precio merece una crónica aparte.

La reserva que teníamos no era para la zona hotelera, sino para la parte local de la isla, que daba hacia el sur. Y hacia allá fuimos en nuestro “taxi” ostentando nuestro rol de extranjeros.

En medio de la nada, un guardia militar nos frenó y le pidió en suajili al conductor del taxi algún tipo de explicación, papeleo o dinero. El taxista se negó.

El militar levantó la voz y comenzó entre ellos una discusión que duró pocos minutos, pero los suficientes como para atemorizarnos. ¿Estábamos haciendo algo ilegal? ¿Corríamos peligro?

Pensé que, si algo nos ocurría ahí, en el medio de la selva tanzana, nadie se daría cuenta. Nadie podría encontrarnos desde el otro lado del Atlántico.

La postal era desconcertante: el arma del militar semilevantada a escasos centímetros de nuestra ventana, las voces alzadas casi a los gritos y un idioma completamente ajeno. Todo pintaba mal.

Cuando el intercambio entre ellos frenó y el conductor arrancó, preguntamos de inmediato qué ocurría. El taxista dijo que el militar le pedía “una coima” para poder seguir, que en ese país eso era “muy frecuente”, pero él se negó.

El relato no fue tan convincente como para que lo creyéramos, pero tampoco para que lo discutiéramos, así que nos quedamos con la duda y los restos del miedo.

Afuera, el calor tórrido y apelmazado de África central que con su verde musgo lo tiñe todo, las casas, los árboles, las escuelas…

Las enredaderas se las arreglan para trepar por todos lados, para alcanzar la luz en medio de la tupida vegetación. Así también vive el humano, lidiando con la pobreza, la falta de salud, de educación y, para rematar, la falta de libertad de expresión que permita reclamar todas las otras cosas que funcionan mal.

Si bien Tanzania es un país proclamado democrático y, en los papeles, multipartidista, lo cierto es que desde hace tiempo gobiernan los mismos que son señalados por corrupción y por atentar contra los derechos humanos. Pero todo eso no lo confirmaríamos hasta el final del viaje.

La burbuja turística

Días antes de nuestra partida, conocimos a una pareja de argentinos (algo poco frecuente en esa parte de África), y entre charla y charla coincidimos en que no queríamos volver a subirnos a un barco turístico nunca más en nuestras vacaciones.

Decidimos que era mucho mejor charlar con algún local que tuviera una embarcación, ofrecerle algún trato justo y salir a navegar sin tanta presión por ver algo rimbombante. Con ese paisaje, el viaje se pagaba solo.

Conseguimos que un hombre joven nos diera un paseo con su muy poco inglés y sus escasas explicaciones. Ideal. Sin embargo, cuando nos habíamos alejado de la costa y el mar ya se transformaba en un turquesa fluorescente que dañaba los ojos, apareció muy cerca otro barco con varias personas.

Se acercaron y, una vez más, presenciamos una discusión fortísima. No entendíamos nada, pero leíamos en el miedo del chico que nos llevaba nuestro propio miedo. Era como si él hubiese roto alguna ley básica, o como si estas otras personas quisieran disputarle un poco de poder, ¿algo de su dinero? ¿Nosotros?

Estábamos completamente solos. Sin nadie alrededor, aquel sueño de hacer algo por fuera de lo turístico, evitando los cardúmenes de barcos con música estúpida y tragos indecentes, se transformó en nuestra peor pesadilla.

La discusión escaló, nuestro capitán quiso avanzar y ellos se interponían en nuestro trayecto dejándonos inmóviles. Nosotros nos miramos sin decir nada. Muy a lo lejos se veía un atolón desierto y pensé que, si era necesario, huiríamos y nadaríamos desquiciadamente en búsqueda de tierra firme.

Fueron minutos que se nos hicieron horas. Recordé el militar, su arma a medio metro de mi cabeza, la selva espesa, las casuchas bajas. Nada me hacía sentir segura en Tanzania.

Cuando finalmente todo terminó, y el barco se fue dejándonos seguir adelante, el universo nos compensó con un espectáculo único. Debajo de nuestra embarcación apareció una manada de delfines dispuestos a acompañarnos.

Todos decidieron lanzarse a nadar con ellos pero yo, paralizada todavía por el miedo, me quedé sentada sin más. Hubo un largo silencio entre el capitán y yo hasta que decidí preguntarle qué había ocurrido minutos antes. No quiso darme una explicación.

Desde aquel día, sentencié, arbitrariamente, que me dan miedo los delfines y su libertad.

Días más tarde, cuando volvíamos al aeropuerto para despedirnos, nuestro coche se quedó parado en el medio de la nada. En las horas que estuvimos esperando que el chofer arreglara su auto (y en lo posible su país también), confirmamos nuestras sospechas. Tanzania era un sueño exótico repleto de “peros”.

Mientras matábamos el tiempo, el hombre nos habló largo y tendido de las desigualdades, de la pobreza, de la corrupción, de una especie de régimen opresor y de algún secuestro de turistas.

En una situación normal, yo habría sospechado del chofer, ¿no repiten el mismo mantra los taxistas de Buenos Aires, Nueva York o Nueva Delhi?

Sin embargo, esta vez inhalé muy fuerte y traté de exhalar el miedo deseando que se fuera bien lejos, que no volviera a aparecer en un próximo viaje.