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Armas para la guerra

Concíbamos que, en un futuro próximo, la mayoría busque un acuerdo para luchar contra esa amenaza de autodestrucción que es la guerra. Arnaldo Pérez Wat.

14 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Armas para la guerra

Leonardo Da Vinci ya solía advertir: "La más terrible de las estupideces humanas es indiscutiblemente la guerra". Sin embargo, al servicio de César Borgia construyó máquinas para el combate. La guerra resultó siempre infructuosa. Lo que quedaba sobre los campos, además de los muertos y de las flores sobre las tumbas, era un desorden interior y exterior, una subversión de los fundamentos de la moralidad, un falso criterio de la libertad y un exagerado sentimiento de individualismo en los líderes que se paseaban por sobre cuerpos y armas mutiladas.

Desde tiempos inmemoriales, se afirma que el hombre carece de sentido moral cuando practica el mal sin escrúpulos ni remordimientos. Es que las tres facultades que componen el alma, y que el ser humano pone en todas sus obras -pensamiento (intelectual), sentimiento y voluntad- están presentes cuando se decide a hacer la guerra.

El sentimiento moral le dicta que toda guerra por la libertad es sagrada, así como toda guerra con el afán de oprimir es maldita. El que defiende a su patria es el justo. Por esta vía puede aceptarse que la única contienda justa es la que va contra la injusticia. Así planteada la conclusión, sólo falta saber dónde está ese juez, ese ser tan sabio que sepa cabalmente cuándo es lícito iniciar las acciones.

Patriotismo. En la pasión y exaltación del patriotismo, la voluntad juega también un rol fundamental. Pero, por desgracia, en el odio, esta facultad es más constante que cualquiera otra pasión, y posee más memoria que gratitud. El mercenario no odia necesariamente, emplea más la otra facultad, la inteligencia: cuando triunfa, exige dinero; pero cuando cae prisionero, ofrece rehenes.

El odio es frío y se traduce en un gasto improductivo. Después de las dos guerras mundiales, hemos tenido una "guerra fría". Ahora, el mundo se ensombrece porque el odio, valiéndose del cálculo, se trueca en hipocresía y aparecen los poderosos que trafican con armas.

Los que venden armas realizan sus operaciones desde lujosos rascacielos. Son la parte visible de uno de los males más nefastos, que permanecen en las sombras. Conocen de la guerra lo que han visto por la TV, y proceden como cualquier financista que ordena comprar o vender acciones sobre trigo o soja, sin haber tenido en sus manos una espiga ni una plantita de esa leguminosa. No desfilan ante su vista ni conoce a los centenares de miles de inocentes que condena con su tráfico. Su perversidad llega a tal grado, que el único sentimiento que lo guía es la idea fija de una superioridad de sí mismo.

¿Cómo concluye este despropósito? Los más pesimistas piensan que, así como la garrapata tiene interés en que no se muera el perro en el que habita, así el traficante debe prever que no falte materia prima a fin de que su satánico negocio progrese. Por lo tanto, se dará un equilibrio en el crimen organizado.

El cerebro del joven posee alrededor de 300 mil millones de neuronas, lo que todavía constituye la red de comunicación más impresionante que existe. Concibamos, con esperanzas, que el número de ordenadores con Internet, llegará algún día, a un cinco por ciento de esa cantidad de células nerviosas. Todos tendrán la posibilidad de hablar con todos. Es probable que en ese momento, decidan que vale la pena seguir viviendo y, con celeridad y buena voluntad, la mayoría busque un acuerdo, un principio de comprensión para luchar contra esa amenaza de autodestrucción.