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Argentina necesita un Houssay para la educación

Para construir soluciones a los problemas de la educación del país, es imprescindible reubicar al docente en el nivel respetable. Alberto P. Maiztegui.

17 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Alberto P. Maiztegui (Profesor emérito de la Universidad Nacional de Córdoba, miembro de la Academia Nacional de Ciencias)
Argentina necesita un Houssay para la educación

Mucho se está hablando y escribiendo sobre el estado de la educación en el país y me parece excelente que así sea, porque posiblemente esa preocupación general tenga como consecuencia alguna mejora. Por otra parte, me llama la atención que no se vaya al fondo de la cuestión: el nivel de la educación de un país es el nivel de sus docentes; el nivel de los docentes está dado por el nivel de las instituciones formadoras de docentes; el nivel de una institución formadora de docentes es el nivel de la docencia que en ella se imparte, pero también de la producción de trabajos de investigación sobre los problemas actuales de la educación, para aportar soluciones válidas. No basta. Para una institución formadora de recursos humanos necesarios para el país, no basta con impartir conocimientos actuales; es imprescindible educar en la detección de los problemas de su campo, plantearlos y proponer soluciones viables. No basta con enseñar a enfrentar problemas conocidos con técnicas conocidas; es necesario enseñar a detectar problemas nuevos, plantearlos y resolverlos. No basta con repetir; es necesario crear. En otras palabras, es necesario incorporar actividades de investigación a las instituciones formadoras de docentes, actividades hoy prácticamente ausentes en ellas. Argentina aprendió a formar investigadores científicos en sus universidades. A partir de la segunda mitad del siglo 20, básicamente, la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) trajo como consecuencia que hoy exista un Sistema Científico Tecnológico. Las principales herramientas para construirlo fueron: 1) el sistema de dedicación exclusiva y semiexclusiva, imprescindible para que el investigador disponga de la base económica mínima para consagrar su tiempo y su trabajo a una institución; 2) apoyo económico a las bibliotecas y, en especial, a las hemerotecas; 3) apoyo a los laboratorios de investigación y de enseñanza; 4) facilidades administrativas para que el personal de investigación concurra a reuniones científicas; 5) becas para estudiantes y para graduados; 6) subsidios para proyectos de investigación, etcétera.Esas medidas no se aplicaron a las instituciones terciarias de formación docente, que así quedaron imposibilitadas de incorporar la investigación científica de los problemas de la educación como una actividad sistemática propia. Aclaremos, aunque debería ser innecesario, que no se trata de formar docentes que sean todos investigadores: las carreras universitarias forman principalmente profesionales, más que investigadores. El quid de la cuestión está en que todos –profesionales e investigadores– se formen en una institución con una atmósfera de creación.La cuestión de fondo de nuestra educación es que sus instituciones respondan a las necesidades de la época en que les toca actuar. Hasta la mitad del siglo 20, la Argentina cumplía con ese requisito y era de los países avanzados en materia de educación. El maestro normal nacional se formaba en el nivel secundario y era respetado su nivel social y económico. En los pueblos y los barrios, los consultores de la gente eran el médico, el cura y el maestro.A partir de entonces, los maestros se forman en el nivel terciario. Pero la política salarial de todos los gobiernos, desde entonces, los ha llevado a perder el nivel social y económico que les corresponde por la naturaleza de su función. Ya no es consultor de nada y se ha llegado a un extremo vergonzoso, como revelan las crónicas periodísticas, que dan cuenta de alumnos y padres de alumnos que golpean a sus docentes.Para construir soluciones a los problemas de la educación del país, es imprescindible reubicar al docente en el nivel respetable que le corresponde por su función. Y esta es una tarea dificilísima de implementar. Para ello, se necesitan equipos de políticos con la sagacidad y la sabiduría de aquellos que pusieron a la educación argentina en su lugar y de los que ahora carecemos, como lo prueban las posiciones que hoy ocupa la Argentina en todas las estadísticas educativas conocidas.El problema de la educación argentina no se resuelve sancionando leyes, es imprescindible elaborar una política de Estado con un presupuesto que la haga posible, presupuesto que ha de demandar un esfuerzo significativo al país. Argentina ha sido capaz de construir un sistema científico y tecnológico a partir de los criterios que implantaron Bernardo Houssay y su generación en el Conicet. Pero en educación no ha sido capaz de seguir criterios análogos. Nos hace falta un Houssay para la educación.