Aquellos tiempos dorados
Frenada por ahora una visita a la Corte Suprema para reclamar lo que el kirchnerismo le debe, De la Sota logró que lo habilitaran a endeudarse y le tiraron la destruida ruta 36. No hay discurso ni campaña de marketing que pueda maquillar esos anuncios como buenas noticias. Julio C. Perotti.
Cuando no hay plata, nadie tiene coronita. Así despachó un calificadísimo funcionario nacional a un viejo amigo cordobés que quiso saber por qué el gobernador José Manuel de la Sota tenía tanto trabajo para que le aflojaran algo en la Casa Rosada. Lo que ocurrió la semana que pasó refleja, con claridad, que la reticencia desde lo más alto del poder nacional no es una cuestión exclusiva de generosidad o afecto. Si antes no quisieron, ahora no pueden.Después de varios días en los que caviló si ir o no a la Corte Suprema de Justicia con una presentación que ya estaba disponible desde la época de Juan Schiaretti, el gobernador José Manuel de la Sota vio una pequeña rendija entreabierta. Así, De la Sota logró que lo habilitaran a endeudarse y le tiraron una ruta vieja y destruida, la 36. No hay discurso ni campaña de marketing que pueda maquillar esos anuncios como buenas noticias.Lo demás fueron, otra vez, promesas: 300 millones que estaban en el freezer desde que el antecesor de De la Sota, Schiaretti, puso cara de malo, y algunas obras complementarias en la carretera que une Córdoba con Río Cuarto, las dos principales ciudades de la provincia.¿Volvió, acaso, De la Sota sobre sus pasos? En tal caso, ¿por qué lo hizo?"Tenemos la esperanza de que empecemos a cobrar", se limitó a decir a los periodistas el viernes, durante los actos del 25 de Mayo en Hernando. Mucho más que tres. Quizá esta expectativa esté basada sobre elementos externos a su zigzagueante relación con el poder kirchnerista: ni de cerca es Córdoba la única provincia que tiene acreencias con la Nación y que sus fondos son exiguos. Buenos Aires y Santa Fe están en iguales condiciones. Y ni qué hablar del resto de las provincias, atrapadas entre administraciones dispendiosas y la astringencia de recursos nacionales, manejados por el centralismo kirchnerista a cambio de sumisión.Toda esta situación condiciona, sin duda, el clima político rumbo a las elecciones de medio término para Cristina Fernández, el año próximo.La estrategia de ocupar todos los espacios políticos que el kirchnerismo puso en práctica para los comicios en que Cristina resultó reelegida se mantiene bien vigente.Si entonces, en Córdoba, De la Sota y Schiaretti se vieron obligados a bajar la lista oficial del peronismo, representado en Unión por Córdoba, para dejar lugar sólo a la boleta K, lo que puede pasar el año venidero tiene cada vez menos de misterio.Ni De la Sota ni cualquier otro gobernador tendrán en el Partido Justicialista un palenque en el que rascarse: la decisión de Cristina fue mandar al congelador esa estructura partidaria. No habrá allí lugar para conciliábulos ni será ese un escenario en el que el gobernador de Buenos Aires y titular circunstancial del Consejo, pueda ir a tejer algún tipo de alianzas.Recordemos que fue Scioli el único que asomó la cabeza: dijo que, si no hay reelección para Cristina, él se anota. Por supuesto, le llovieron los cascotazos kirchneristas, pero al parecer logró el objetivo de avisar. Ahora, le queda esperar.Tal vez por eso, Scioli prescindió de un acuerdo temprano con De la Sota y con su colega de Santa Fe, Antonio Bonfatti, para plantarse ante Cristina y advertirle que, si no afloja, los billetes que circularían en las tres principales provincias argentinas serían bonos o, en términos más precisos, cuasimonedas. Los paralelos sí se tocan. Bien se puede mirar esta retracción de los tres principales referentes del interior como un respiro a la administración nacional, agitada en estos tiempos por quejas internacionales ante las trabas a las importaciones y cepos cambiarios para los argentinos. ¿Es posible que los movimientos de un mercado chico, menor, como el del dólar paralelo, sean capaces de hacer olvidar la estatización de YPF, que el Gobierno ni siquiera alcanzó a festejar?Dicen que Néstor Kirchner tenía algo muy claro: "En este país, se puede embromar con cualquier cosa, menos con el dólar". Es que, en tanto refugio para ahorristas desconfiados, la moneda norteamericana marca estados de ánimo mucho más que cualquier otro índice de la economía.En definitiva, en todos los estamentos del poder en la Argentina la discusión es por la plata, que se ha convertido en un bien muy escaso.Que lo digan, si no, los intendentes radicales, que se han trenzado en una puja con el Gobierno provincial por la coparticipación, bajo el liderazgo del cordobés Ramón Javier Mestre.De momento, parece una pelea retórica: los números no quedan claros. Los jefes municipales dicen que les deben; De la Sota y sus ministros aseguran que no. Ya se verá quién tiene razón.Hay, en el fondo, una intención de posicionar al radicalismo como la principal fuerza opositora, desde las municipalidades, allí donde el partido conserva una dosis cierta de poder. Única verdad, la realidad. Ellos tampoco son la excepción al desafío que enfrentan los gobernantes argentinos: la realidad. ¿Qué acota más a Cristina Fernández? ¿Una oposición inexpresiva, carente de liderazgo, sin proyecto a la vista? ¿O el color de un dólar?¿Qué complica más a De la Sota? ¿Una oposición que apenas si balbucea algunas críticas o la falta de recursos y los incumplimientos de la Nación?¿Qué altera más a Mestre? ¿Una oposición que lo critica o los baches, la basura, el transporte, los semáforos, etcétera?Hay preguntas con respuestas casi obvias. Podrán todos pensar en 2013 ó 2015. Pero hoy están viviendo lejos de aquellos tiempos dorados, en los que soñar no costaba nada.

