Aquella Córdoba que no vimos
Desde la instalación de la Primera Junta, Córdoba mostró signos de rebeldía. Efraín U. Bischoff.
En horas en las que todos hablan de la Córdoba del Bicentenario y lean el título de esta nota, habrán de sonreír. Por mi parte, podría recalcar que, si bien no la vimos, los documentos y los testigos generosos, al dejarnos relatos de los que vieron, nos auxilian para reconstruir mucho de lo ocurrido.
Nunca hay que olvidar la situación geográfica de Córdoba, en el centro de una inmensa región, con vías de comunicación desarrolladas a partir de los "reales caminos", salido de Buenos Aires y llegado hasta el Alto Perú o de aquel otro "real camino y no un sendero", que arrancaba donde hoy está la ciudad de Villa María y se deslizaba hacia Cuyo, para saltar luego sobre la Cordillera andina y penetrar en tierra chilena.
Ahora, los evocadores se pueden dar el lujo de calificarlos como "caminos reales", aunque nunca los soberanos españoles dieron ninguna puntualización sobre ellos.
Si bien no vimos aquella Córdoba de 1810, podemos experimentar emociones por ciertos acontecimientos conocidos por sus habitantes. Pero los sacudimientos revolucionarios de Chuquisaca y La Paz, en territorio boliviano, el 25 de mayo y el 1º de julio de 1809, respectivamente, conocidos no solamente por algunos viajeros, sino también por la comunicación epistolar que el brigadier José Manuel de Goyeneche -tan agasajado en esta ciudad cuando iba hacia el Alto Perú meses antes-, hizo al gobernador intendente de Córdoba, brigadier de la Real Armada, Don Juan Gutiérrez de la Concha (en ese cargo desde el 28 de diciembre de 1807).
De ellos escaparon algunos comprometidos, uno de ellos fue el coronel José Arroyo. Éste resultó luego protegido por el Deán Gregorio Funes, quien presionaría para ubicarlo como el primer director de la fábrica de pólvora en 1811. El Deán Funes fue luego diputado por Córdoba a Buenos Aires, formando con otros pares la Junta Consultiva, que se constituyó a fines de 1810.
Largo sería relatar lo ocurrido entonces y todas la maquinaciones del Deán Funes para meterse en la Primera Junta, donde encontró la palabra de Mariano Moreno, quien terminó por renunciar a su cargo y marchar al extranjero, muriendo días más tarde mientras iba acompañado por su hermano Manuel. Su cuerpo fue arrojado al mar.
Noticias inquietantes. Las novedades de aquellos días eran inquietantes para las autoridades de Córdoba y sus allegados, mientras en las arquerías ubicadas en la plaza central, los carretones llegaban desde distintos rumbos y las chinongas se entretenían en poner los ojos en blanco a los carreteros que arribaban con productos de todas partes para venderlos, sin preocuparse mucho de las reuniones del gobernador-intendente.
Los muchachos alumnos del Colegio de Nuestra Señora de Monserrat concurrían a clases y escuchaban a sus profesores. Uno de ellos, don José María Sancho, se atrevió ya en 1809 a decir algunas palabras comprometedoras sobre una posible separación de España. Desde la Gobernación-intendencia le dieron un buen tirón de orejas, pero la cuestión no pasó de allí.
La autoridad, a su vez, recibía algunos pasquines manuscritos. No pudo aguantar más y el 11 de diciembre de 1809 mandó prohibir el esparcimiento de "especies y propagandas contra la felicidad de las legítimas autoridades".
No eran días tranquilos, como anotamos, para el gobernador-intendente. Tampoco lo eran para don Santiago de Liniers, quien en 1809, desobedeciendo a su sucesor en el mando del Virreinato, don Baltasar Hidalgo de Cisneros, se aposentó en Córdoba en lugar de ir a Mendoza como el virrey quería. Y éste también desobedecía, pues desde España le habían indicado mandarlo a la península.
Así sucedía todo en medio de rumores, de reuniones casi secretas, de cartas llevadas a escondidas y hasta de sustos para las parturientas, pues la esposa del mandatario, la porteña Petrona Irigoyen, estaba a punto de darle otro hijo, el Deán aprovechaba -con su hermano Ambrosio- para dejar caer algunas gotas de estrilo contra las autoridades y, lo probable es que, con otros sacerdotes de su mismo pensamiento, utilizara el confesionario para deslizar la probabilidad de que algo de "grueso calibre" iba a ocurrir.
Y si en Buenos Aires el alboroto fue el 25 de Mayo de 1810, en Córdoba se produjo el comienzo de una gran inquietud cuando en la tempestuosa madrugada del 20 de mayo de 1810 llegó el jovencito entrerriano Melchor José Lavín, quien fue a tocar el albardón a la casona del Deán para guarecerse, pues lo había tenido el año anterior como profesor de la universidad.
No lo sospechó, pero él era el mensajero de la muerte, pues comenzó la reunión de los contrarrevolucionarios, agitándose más el ambiente hasta el 26 de agosto de 1810, cuando sonaron los tiros de los arcabuces en el Monte de los Papagayos, cerca de Cabeza de Tigre, próximo a Los Surgentes.
Seguía una época nada fácil de vivir y tampoco de recordar, porque cuando en 1813 el gobernador Santiago Carrera debió ir hacia Mendoza obedeciendo al poder central, advirtió que todavía en Córdoba había tres "grupos de enemigos de la Patria", donde estaban figuras descollantes de la sociedad cordobesa. Uno de ellos, lo integraba "una multitud de jóvenes mal educados y gente de pocas obligaciones".
Era una definición vertical de la Córdoba que siguió a la de 1810.

