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Aplauso argentino en viaje al espacio

Argentina ha sido un faro de la ciencia latinoamericana. Eso ocurrió cuando el país creyó en sí mismo. Y volverá a serlo cada vez que esto suceda. Alejandro Mareco.

12 de junio de 2011 a las 12:01 a. m.
Aplauso argentino  en viaje al espacio

No sonaba igual que otros aplausos ese largo y sostenido retumbo de palmas ardientes en el pequeño gentío reunido en Falda del Carmen el jueves pasado. Entre humo y fuego, se vio por la pantalla que el cohete que llevaba al satélite argentino se había lanzado en busca de la puerta de salida de este hogar humano llamado Tierra (y cuando uno dice humano, tantas veces parece apelar a una cualidad más positiva que descriptiva). No sólo hubo palmas, sino también gritos exultantes de emoción y lágrimas. Se vivió como un gol argentino. La comparación puede resultar incómoda. Pero, veamos: uno acaso no ha dejado nunca de preguntarse cómo es la vida sin goles y cuáles son los goles que, sin ser Martín Palermo, uno puede hacer en la vida. Detengámonos un instante en el fútbol: el desafío en cada partido es vencer al otro, pero la satisfacción que deviene de esto no se trata, en general, del retorcido sentimiento de disfrutar el sometimiento del otro, sino de demostrarse a uno mismo que puede volar alto, que puede ganar. No por formar parte de la perversa cultura de ganadores y excluirse de la de perdedores, sobre la que cabalga el capitalismo en su versión para alienados, sino simplemente de saber que eso por lo que uno lucha tiene sentido y posibilidades de ser real. Bien, esto es una parte: la de la razón; la otra es la de la emoción. Un goleador de un equipo de fútbol tiene en su repertorio de sensaciones alcanzables la de que decenas de miles, y a veces de millones de personas, coreen un desborde de sentidos producidos por la euforia. Lo concreto es gritar un gol propio, de uno, de todos. Los goles argentinos en el fútbol nos han dado extraordinarios capítulos de felicidad colectiva: saber jugar al fútbol ha sido una gran promoción de nuestra sociedad. Pero hay otros caminos de promoción, como la sensibilidad y la creación, cuando se trata de arte, o la inteligencia y la valentía de asumir riesgos, cuando se trata de ciencia (estas cualidades, distribuidas según los estereotipos que manejamos para lograr entendernos, sólo a veces). Argentina ha sido un faro de la ciencia latinoamericana. Eso ocurrió cuando el país creyó en sí mismo. Y volverá a serlo cada vez que esto suceda. Que en los últimos años hayan regresado un millar de científicos que nosotros formamos y que fueron a tentar destino afuera es quizá la mejor noticia que este país tuvo en esta primera década del siglo 21. La ciencia no sólo nos pone en la vanguardia del hombre por construir su destino, sino que en términos económicos significa lisa y llanamente dinero. Por ejemplo, conseguimos, en 1983, descifrar el ciclo de enriquecimiento del uranio 20 años antes que Brasil y fuimos la octava nación en el mundo en lograrlo. ¿Cuánto lo aprovechamos? Muy poco. Hasta tuvimos un ministro de Economía pelador que mandó a los científicos a lavar los platos, cuando nada da más rédito económico que la inteligencia aplicada a la tecnología. Hay cuatro mil satélites en el espacio. Este que acabamos de enviar para estudiar el cambio climático en acuerdo con la Nasa es el tercero argentino. Vale, y mucho. Al anochecer del viernes, pasó por el lejano cielo de Córdoba y dio sus primeras noticias. Daban ganas de aplaudir, así como aplaudieron los científicos en Falda del Carmen.