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Anomia y educación

Por cierto, la educación no es sólo enseñanza ni tampoco una mera trasmisión de conocimientos. Es una “construcción de personas”. Arnaldo Pérez Wat.

22 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Arnaldo Pérez Wat (Periodista)
Anomia y educación

En nuestros diccionarios se define la anomia como ausencia de ley, con la aclaración de que el término deriva del griego “anomía-as”. Pero esto es verdad en las últimas acepciones.

Primeramente –en este idioma–,  dicho término equivale a ilegalidad, injusticia, infracción a la ley, iniquidad, impiedad y, finalmente, falta de leyes, anarquía, desorden.

Lógico, ¿cómo van a faltar las leyes si no existen? Es por ello que sociólogos como Harry Johnson definen anomia en otro sentido, señalando que tiene que haber leyes para hablar de conductas desviadas.

A fin de evitar interpretaciones erróneas, conviene puntualizar los conceptos. Ya Robert King Merton, en 1940, hablaba de anomia pasiva como la vagancia o la indiferencia, y anomia activa como la rebelión.

Aquí podemos añadir que la pasiva es el pasto del gobierno tiránico, y la activa, el condimento del gobierno oportunista.

En lo relativo a las causas que derivan de la ausencia de las normas sociales o de su degradación, sólo consideraremos la actitud de las instituciones y la de los individuos.

En el primer caso, contribuyen a la referida indiferencia los medios de comunicación. En el segundo, la ética.

Existen periodistas que critican con valentía la conducta del poder utilizando la prensa oral y escrita y la TV. Pero esta última, mayormente, suele evadirse de la crisis social optando por el facilismo.

El cine, en todo caso, fue y es más consecuente: Quebracho , en nuestro país, denunció la explotación inhumana de un grupo de individuos.

Más recientemente, el cine cordobés rememoró con valentía el asesinato de Pedro Vivas (“Peruco”) en Villa María.

En todo el mundo, el amor, sus aberraciones y la diferencia de géneros fueron planteadas hace ya tiempo.

Esa pasión aparece en Un día muy particular , donde un homosexual (Marcello Mastroianni) y una mujer sometida al machismo fascista (Sofía Loren) se quieren. Otras veces, el amor brilla por su ausencia, como en El último tango en París , en cuya acción las desviaciones sexuales de la pareja se exponen en términos de intolerancia.

Ante semejantes planteos, el empirista moral se estará preguntando si soslayar tales problemas de homosexualidad y sodomía no es cerrar los ojos ante la realidad; vale decir, si no es anomia.

Para terminar: aunque los medios resultan de vital importancia para evitar el adormecimiento de la población, la raíz del problema yace en la educación, que nos atañe a todos.

La educación no es sólo enseñanza ni tampoco una mera trasmisión de conocimientos. Es una “construcción de personas”. Y ello se vuelve imposible si la mayoría se desentiende o se excluye de la función que le atañe.

“Si no los quieren educar por caridad, al menos háganlo por miedo”, dijo Sarmiento según advertencia del entonces rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Guillermo Jaim Etcheverry, hecha en septiembre de 2005: “De seguir así –agregó– no nos bastarán los policías ni las rejas, porque no compartiremos los códigos entre nosotros”.

Excelente, si no compartimos los códigos, estos dejan de existir (léase, llegamos a la anomia).

En fin, ya hemos explicado la base de esta anomia en educación. Pero, en lo tocante a la enseñanza, los docentes le tienen miedo a “la vice”, la que, a su vez, le teme a la inspectora. La inspectora tiembla ante las autoridades del ministerio. Esta cúpula se asusta cuando enfrenta a los padres de los alumnos. Y los padres les tienen miedo a sus hijos.