Medio Oriente. Más allá de Weimar: la noche oscura antes del amanecer de un Nuevo Orden Mundial
Detrás del contexto global aparentemente catastrófico, existe un Plan Mayor de Dios: la dolorosa transición hacia un Orden Mundial superador.
He escuchado con profunda preocupación, lucidos análisis periodísticos sobre el peligro de que el mundo repita el trágico fracaso de la República de Weimar; cuya capacidad para diagnosticar la realidad política e histórica es innegable y sumamente seria. Sin embargo, a mi humilde entender, siento que a este certero diagnóstico material le falta una dimensión fundamental para comprender el cuadro completo de lo que le está ocurriendo a la humanidad.
A menudo, quienes están sumamente cultivados y se regodean (con justa razón) en sus vastos saberes, corren el riesgo de caer en lo que Bahá'u'lláh —Fundador de la Fe Bahá'í— denominó "la soberbia del ignorante". No cito esta expresión, bajo ningún punto de vista, para creer que quienes ven y definen el posible catastrófico de nuestro futuro, sean ignorantes o soberbios —sería ridículo afirmar tal cosa ante sus evidentes y brillantes capacidades analíticas—, sino para señalar los puntos ciegos que deja una educación cuando desarrolla extraordinariamente la mente intelectual, pero carece de un adecuado desarrollo espiritual.
Tal vez el error de los análisis puramente seculares es que no consideran la definición integral del ser humano: si bien somos materia y mente, somos esencialmente seres espirituales. Fuimos creados por el inmenso amor que Dios nos tuvo desde antes de la creación, a Su imagen y semejanza. Ese amor originario permitió que poseamos, de forma inherente y en potencia, todas Sus virtudes y capacidades. El alma viene a la "escuelita" de este mundo material, precisamente, a aprender espiritualidad para poder desarrollar todos esos dones.
Si a un coeficiente intelectual elevado se lo equilibra con un profundo desarrollo espiritual, el resultado sería "luz sobre luz". Esa visión ampliada permitiría entender que la humanidad no está condenada a tropezar eternamente con las mismas piedras. Hoy, su aguda mirada terrenal le muestra una profunda oscuridad y advierte el peligro; pero la certeza espiritual nos permite visualizar que, si bien es innegable que estamos atravesando la noche, dentro de unas horas inevitablemente saldrá el sol.
Esta óptica nos revela que, detrás del contexto global aparentemente catastrófico, existe un Plan Mayor de Dios: la dolorosa transición hacia un Orden Mundial superador previsto por El Creador de todas las cosas. La historia de la humanidad ha funcionado como esa escuelita divina que existe, y la llamamos La eterna Alianza. Que Abraham pactó por nosotros con el Dios Único y nos enseñó a dejar de adorar becerros de oro; Moisés, Cristo y Muhammad cumplieron exactamente lo que Dios les propuso, trayendo los avances que la humanidad necesitaba en sus respectivas etapas de maduración.
Hay algo hermoso y profundamente profético que da sentido a la crisis actual. Las Sagradas Escrituras de las grandes religiones anunciaban que, despuntando el año 1844, llegaría el Prometido —el Regreso de Cristo esperado por los cristianos, o el Mehdí aguardado por el islam— y que Su luz viajaría inexorablemente del Oriente al Occidente. Esta profecía se cumplió de una manera estremecedora a través de los crueles destierros que sufrió Bahá'u'lláh. Despojado de todo, fue exiliado de su Irán natal hacia Bagdad, y luego desterrado a Constantinopla (cruzando históricamente hacia Occidente), hasta terminar sus días en la ciudad-prisión de San Juan de Acre.
Fue justamente en medio de esos destierros, en su condición de prisionero, que Bahá'u'lláh hizo algo inaudito: redactó La Proclamación a los Reyes y Dirigentes del Mundo. Se dirigió a los monarcas y autoridades religiosas más poderosas de la Tierra (entre ellos Napoleón III, la Reina Victoria, el Zar Alejandro II y el Papa Pío IX). Mientras ellos ostentaban un poder autocrático absoluto, un prisionero exiliado les advirtió, hace más de un siglo, exactamente sobre el colapso institucional que hoy analizamos con tanta preocupación.
Sus palabras proféticas resuenan hoy como una radiografía exacta de nuestra crisis contemporánea y del fracaso de los sistemas defectuosos (como lo fue Weimar y como amenazan serlo los actuales):
"Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas direcciones, y la disensión que divide y aflige a la raza humana aumenta día a día. Ya se perciben los signos de convulsiones y caos inminentes, por cuanto el orden prevaleciente demuestra ser deplorablemente defectuoso."
Sin embargo, a diferencia del fatalismo político, su mensaje estaba cargado de una certeza luminosa. Bahá'u'lláh sentenció el fin de las viejas estructuras, pero anunció el amanecer de una nueva civilización en continuo progreso:
"Pronto el orden actual será enrollado y uno nuevo desplegado en su lugar".
Y les trazó a los gobernantes el único camino para la verdadera paz:
"No deseamos sino el bien del mundo y la felicidad de las naciones... Que todas las naciones lleguen a ser una en fe, y todos los hombres, como hermanos... Estas guerras estériles y devastadoras pasarán, y la 'Más Grande Paz' vendrá... Que ningún hombre se gloríe en que ama a su país; que más bien se gloríe en que ama a sus semejantes."
Hoy, quienes nos llamamos bahá'ís entendemos que la humanidad ha dejado atrás una adolescencia convulsiva y el principio fundamental para nuestra época es el de la unidad en la diversidad. Si Dios es uno, la humanidad es una sola familia, y su religión ha de ser también una sola.
Hoy el contexto actual nos angustia, con razón, por el colapso de las instituciones. Pero los graves problemas que hoy padecemos —el narcotráfico, el calentamiento global, las pandemias o la amenaza de guerras— son problemas supranacionales. Ya no pueden resolverse con las herramientas limitadas y fragmentadas de los Estados-Nación del pasado. Solo se solucionarán de raíz bajo la estructura de este Nuevo Orden Mundial, donde "la Tierra es un solo país, y la humanidad sus ciudadanos".
Debemos tomar seriamente las alertas sobre los nubarrones que nos acechan. Ojalá que pronto podamos desactivar tal tormenta sumando a la brillantes del intelecto, la luz espiritual de la mirada de quienes saben que el colapso del viejo orden no es el fin del mundo, sino el doloroso pero indispensable preludio para el amanecer de una civilización mundial unida y en continuo progreso.
Con sincero y profundo respeto.
*Representante de la fe Bahá’í ante el Comipaz Córdoba.

