Agosto en el viento
Nuestra manera de sentir el viento a veces se tropieza con nuestro hábito de vivir las noticias como un componente inseparable de cada día.
Los vientos de agosto despeinan el final del invierno argentino y esparcen bocanadas de aire sediento que a veces exasperan los días. La lluvia se vuelve un lejano albur, casi una súplica; su ausencia, quizá un presentimiento de la sequía que aplasta de amarillo la lontananza serrana y que a veces es chispa que estalla en fuego y, sobre todo, en dolor de la naturaleza, nosotros incluidos. Mientras vivimos las horas y comentamos sobre el tiempo, en lo que podría ser la más trivial y cotidiana de las charlas, el clima nos toma la mano y nos lleva hasta la última frontera de la piel a sentir que no sólo somos asuntos de cuerpo adentro, sino ese uno que da pasos al ras del piso. El viento de agosto acaso pudiera llevarse las palabras de los desencuentros, los alientos desmayados, los susurros sin fe, el soplo de las bocas exánimes. Pero quizá lo único real es que el viento de agosto sólo pueda llevarse lo que trae: el golpe final del invierno en las caras, en los cuerpos. Y con él se irán también los suspiros que el frío ha hecho suspirar. A veces, agosto da la sensación de una canción: no queda más que viento. Y las gentes apretamos los cierres y nos encogemos de frente a la desmesura de la brisa, mientras que para los viejos sobrevuelan las maldiciones del mes: hay que pasar agosto. El viento de agosto está en las calles de la urbanidad cordobesa y azota los sinfines de los rincones del interior, donde es posible que en algunas casas todavía el olor de las hojas de eucaliptus hirviendo intente despejar las amenazas. “El viento, capitán, no manda solo”, decía Armando Tejada Gómez, en su Elogio del viento . Amparados en una ciudad, vemos a las pequeñas cosas doblegadas por la fuerza del aire. Y apretamos las camperas. Por eso, son tantas las situaciones en los que la cara de lo que le pasa a todos es nuestra cara. En estos días, por ejemplo, nos aprestamos a votar de nuevo. En una semana las urnas nos vuelven a convocar a una experiencia que sucederá por segunda vez: las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso). Es una de las mejores iniciativas de este tiempo; como su nombre indica, son internas expuestas, abiertas, en las que las decisiones de candidaturas no se resuelven en un escritorio, aunque en tantos casos parezca que sí. Es posible que si las cosas no se alteran demasiado, las Paso de 2015, cuando llegue la hora de elegir nuevo presidente, alcancen una intensidad que nos haga ver el valor de tener otra herramienta en las manos para la gran decisión. Por lo pronto, en una semana más, y luego en octubre, vamos a ejercer nuestro derecho a elegir por 30 años consecutivos, algo que no hemos podido lograr en nuestros 213 años de historia propia. Más allá de lo que nos haya sucedido con nuestros votos, la democracia es nuestra y, cada vez que las urnas llaman, hay que apuntalarla. Es que la democracia muchas veces queda violada y abandonada, como pasó en Honduras, o como pasa en Egipto. El Estado somos todos, desde que es la sociedad misma organizada. Si esta idea está rota, es sencillo esperar que lo individual se imponga sobre las estrategias colectivas. Agosto en el viento: no se llevará más de lo que trajo, aunque el aire resople.

