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Acuerdos en tiempo de descuento

Si no se abordan de manera urgente los problemas estructurales, el país no podrá salir de este atolladero.

18 de noviembre de 2021 a las 12:02 a. m.
Pedro Salinas*
Acuerdos en tiempo de descuento
Imagen ilustrativa. El plano social es el escollo más delicado a resolver y el que requiere de una atención inmediata.

Con las urnas aún calientes por la definición de estas elecciones de medio término, se puede observar con claridad que una parte mayoritaria de los ciudadanos que concurrieron a votar le dieron un claro y contundente mensaje al gobierno de Alberto Fernández. La lectura rápida de las cifras nos indica que algo en el rumbo que se había tomado en estos dos primeros años de gobierno se debe corregir.

Tres son, a nuestro entender, las áreas a las que el Gobierno nacional debería prestar especial atención si es que quiere escuchar la voz inapelable de las urnas. Estos sectores a revisar se relacionan con el plano político, el económico y, fundamentalmente, el social.

En cuanto al plano político el gobierno debe retomar la iniciativa y empezar a buscar consensos en temas que puedan despejar la constante incertidumbre a la que estamos acostumbrados a vivir.

Para la vida democrática, siempre es saludable la búsqueda de acuerdos entre las distintas fuerzas políticas, más aun cuando el partido gobernante no tiene la necesidad de hacerlos, porque cuenta con suficiente representación que le permitiría gobernar sin acordar con la oposición. Consensos que, de haberlos logrado antes de estas elecciones de medio término, hubiesen representado un gesto de grandeza del oficialismo, pero que una vez que esté en funciones la nueva composición del Congreso serán una necesidad imperiosa e ineludible.

Veremos si nuestro presidente logra acuerdos que empiecen a despejar el plano político y que este ya no sea uno de los problemas a resolver.

En el plano económico, el punto a resolver es un tanto más sencillo: la Argentina debe tener un norte, un plan que le marque un rumbo y que dé cierta previsibilidad a los actores económicos que tienen que tomar decisiones en un contexto indeterminado. Variables como la inflación estimada, la resolución de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, el nivel asfixiante de impuestos que agobian a quienes deciden encarar un nuevo desafío, entre otras importantes, debieran estar predefinidas, para lograr de esta forma que los actores económicos puedan asentarse sobre un terreno un poco más firme y planear sus estrategias con un horizonte más allá del mes en curso.

El plano social es el escollo más delicado a resolver y el que requiere de una atención inmediata. El aumento descontrolado de la inflación, en parte por la desmedida emisión de pesos del Banco Central, es una de las causas principales por las que los índices de pobreza e indigencia aumentan y llegan a valores indignos y alarmantes que hacen que nada pueda volver a funcionar si es que antes no se atiende y soluciona esta verdadera “pandemia”. Una “pandemia” que no ha sido provocada por un virus llegado de un país lejano sino, por el contrario, por desaciertos continuos de políticas mal aplicadas en los últimos 100 años de nuestra breve historia como país.

Este virus autóctono que nos viene destruyendo de manera continua y que con el correr de los años se va acelerando en sus consecuencias devastadoras se tiene que frenar. No tenemos otra opción. O le buscamos una solución definitiva, la cual no será mágica y llevará muchos años de esfuerzo y dedicación, o nos hundiremos en su abismo, y el sueño de nuestros próceres que formaron esta patria, y el de cada uno de los argentinos que la habitan habrán quedado truncados y su esfuerzo habrá sido en vano.

La clase política tiene que entender que ya no tenemos más tiempo para resolver este problema. Es ahora, en este momento y con los escasos recursos que tenemos. Si seguimos esperando y pateando el problema para adelante, los recursos serán cada vez más insuficientes y las urgencias a atender serán cada vez más grandes.

La llave para resolver estos tres pilares que darán sustento al desarrollo de nuestro país –búsqueda de consensos políticos para definir temas económicos que empiecen a resolver el problema social– se encuentra en el Congreso de la Nación, mediante la iniciativa del Poder Ejecutivo Nacional. Será en ese recinto donde se deberán poner de acuerdo sus representantes sobre cada uno de los temas que harán que los cimientos y las bases para relanzar el desarrollo nacional encuentren un piso desde donde se pueda empezar a planificar y a construir nuestro porvenir.

Si no se atacan estos tres problemas de manera simultánea y seguimos como hasta ahora con parches y más parches que en nada solucionan los problemas de fondo, las consecuencias serán catastróficas.

Con una inflación mensual del 3,5% en octubre, la cual aún se encuentra “pisada” por tarifas irrisorias y un dólar oficial a menos de la mitad del valor de los dólares que se pueden conseguir de manera libre, tenemos a la vista uno de los principales indicadores que nos presenta el estado actual de nuestra economía. El nivel de emisión de dinero, ahora que el Gobierno no puede financiarse de otra forma porque no tiene acceso a los mercados internacionales, sigue creciendo al ritmo del aumento del déficit fiscal.

Todo gasto que supera los ingresos, cuando este no puede ser financiado con deuda, se financia con emisión. Y dicha emisión descontrolada destruye nuestra moneda perjudicando a la gran mayoría de los argentinos que obtienen sus retribuciones a cambio de dicho “papel”.

Este es el corazón del problema, porque por un lado complica el clima político internamente en el oficialismo y, obviamente, con la oposición. Al mismo tiempo, genera un clima social que nos recuerda a las peores épocas de nuestra nación. Un plan integral que ordene estas variables les dará previsibilidad a las acciones del gobierno y con ello volverán las inversiones que generarán trabajo genuino y que serán la semilla cuyos frutos están siendo anhelados por cada una de las familias de este país.

Cuando nuestros abuelos pisaron estas tierras, lo hicieron tan pobres como el ser humano más pobre del mundo. No traían consigo más que una valija con algo de ropa en su mano izquierda, el pasaporte en su mano derecha y, eso sí, el corazón repleto de ganas de trabajar, para salir de la situación en la que llegaban y poder darle un futuro mejor a su familia, que había dejado al otro lado del mundo.

Lamentablemente, los pobres de esta época, tal vez con muchas menos necesidades de las que tuvieron nuestros ancestros al momento de bajar del barco, perdieron esas ganas, esa esperanza de progresar, de llegar a ser alguien en la vida por mérito propio. Dicha pérdida es pura y exclusivamente a causa de los planes sociales de duración infinita que este país les ha dado.

Por cubrir sus necesidades básicas, en el mejor de los casos, o para tenerlos a su disposición y voluntad, en el peor de los casos, hemos logrado que, después de muchas generaciones, se haya apagado esa chispa que todo lo mueve y lo transforma para mejor y que lleva al progreso de las naciones. En consecuencia, el progreso, la superación personal, no son las prioridades de cada familia, porque con la “ayuda” del Estado ya no se la necesita.

La pregunta que nos urge hacer es si ya no es tarde como para poder encenderla nuevamente para que todo empiece a funcionar como en un país normal. La respuesta es que, si no lo intentamos, nunca lo vamos a saber.

* Contador público, magíster en Administración de Empresas