Aclamación de la democracia
Si algo quedó claro tras el derrumbe de 2001, es que necesitábamos más que nunca de la política para encontrar un nuevo camino.
“La gente se va encontrando en la vida, discute, se pelea, sin darse cuenta de que se interpelan de lejos los unos a los otros, cada cual desde un observatorio situado en distinto lugar en el tiempo”. Las palabras son de Ramón, uno de los personajes de la nueva novela de Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia. “El tren que llega es el mismo tren de la ida”, canta Milton Nascimento en su Encuentros y despedidas. Mientras tanto, en la plataforma de esta estación que es la vida, nos cruzamos, nos entrevemos, cambiamos nuestras miradas sobre las cosas del presente y del ayer, desde la perspectiva que nos da el balcón generacional desde el que estamos asomados. Es que los hijos de esta especie tenemos distintos puntos de reunión: por condición social, por género, por patria, por pertenencia a una cultura... Pero acaso uno de los más abarcadores es el de la coincidencia de ser contemporáneos. Y, dentro de eso, el de ser parte de la misma generación o de generaciones vecinas. El miércoles se cumplieron 31 años de la recuperación de la democracia. Es un paso más que pone distancia de aquella noche tremenda y sangrienta que la precedió, y que a la vez va confirmando su solidez para seguir avanzando como el transporte con el que atravesaremos la historia los que venimos de antes, cuando estuvimos a pie y sin derechos, y los que subieron después. Si a los 31 años les sumamos el tiempo de infancia, es posible que más de la mitad de los argentinos ya viva con la democracia como parte de la naturaleza histórica en la que se está inmerso. Aquella vez, en 1983, más allá de las urnas, la palabra democracia era mágica y poderosa en la calle, en la noche, en la vida. Tener el derecho de salir a transitar las veredas sintiendo que era un simple y pequeño ejercicio de libertad, que no se estaba a expensas de la voluntad de los ocupantes de un patrullero, ya era un motivo para sentir que la vida podía sumar sabores esenciales. Entre tanto, en esta larga marcha, arribamos al umbral de otra noche cuando nos arrojaron a las fauces insaciables del mercado. Atravesamos una larga década de obscenidad en la que, mientras se repartían los espejitos del consumo en cuotas y del peso convertible a dólar, la estrategia neoliberal concretaba la hazaña de poner de rodillas al aparato productivo y de rematar las empresas del Estado, es decir, los bienes colectivos, todo matizado con una pátina de frivolidad y escándalo. “Que se vayan todos”, fue entonces el clamor de aquel diciembre de hace 13 años. Fue contra la ineptitud, los renunciamientos, las agachadas, la corrupción desembozada, el escaso afecto por los intereses colectivos puesto tantas veces de manifiesto por parte de los políticos, pero muchas veces con la complicidad de la indiferencia o indolencia masiva. Pero si algo quedó claro tras el derrumbe, es que necesitábamos más que nunca de la política: es la única herramienta que tenemos para discutir un camino que nos conduzca hacia un destino más justo con nosotros y con los argentinos que vendrán. Tenemos que seguir aclamando esta democracia, porque entre lo perdido y lo ganado, estamos de pie tratando de escribir nuestras páginas en un concierto regional diferente, insertos en una saludable convivencia sudamericana. Falta más democracia, más justicia social; nos falta mucho para ser un país entero de buena gente. Pero hemos recuperado mucho de la salud perdida, y la democracia representa un viejo sueño argentino, pese a todo y a todos los que sufren y los que ya se han ido sin dejar de sufrir.

