Acerca de los inmortales
Hoy se denomina inmortales a aquellas personas que, con sus conductas, no sólo expresan el humano rechazo por la muerte, sino una liviana despreocupación por el sufrimiento de los demás.
“La muerte es una quimera, porque mientras yo existo, ella no existe; y cuando ella existe, yo ya no”. Siglos atrás, el filósofo griego Epicuro ya advertía sobre el inútil esfuerzo humano por esquivar la muerte; sobre el vano intento de alcanzar la inmortalidad.
Más cercano a nuestros días, Woody Allen ironiza a su manera: “No temo a la muerte, aunque no quisiera estar allí cuando ocurra”.
Los humanos nos reconocemos mortales a partir de vislumbrar la finitud. Sólo esa conciencia permite saber cuál es el verdadero límite. Por ello es natural que, en lo cotidiano, se eluda abordar la muerte como una posibilidad cercana. La ilusión de inmortalidad nace exactamente allí: en cada esfuerzo por reducir la angustia de lo inexorable.
Más allá de análisis teóricos, el significado de la inmortalidad parece estar cambiando durante esta pandemia, en la que la muerte se nombra con inédita frecuencia.
Hoy se denomina inmortales a aquellas personas que, con sus conductas, no sólo expresan el humano rechazo por la muerte, sino una liviana despreocupación por el sufrimiento de los demás.
Es posible reconocer enseguida a los inmortales cuando exhiben esa incapacidad de ponerse en la piel de otros; ese daltonismo emocional que les hace ver sólo datos donde hay tragedias.
Ellos saben de la catástrofe sanitaria, pero no cambian actitudes aun cuando vivan rodeados de personas infectadas. Conocen las recomendaciones para evitar contagios, pero siguen apiñándose como antes, usando alcohol sólo si alguien los vigila y fingiendo usar barbijos que les cubren sólo el mentón o cuelgan de una oreja.
Autopercibidos como eternos, no consideran postergar sus asaditos o partiditos, como si el diminutivo redujera el riesgo de contagio. Expertos en esquivar puentes con controles policiales, logran llegar a sus habituales sitios de entretenimiento, se abrazan como siempre y consumen lo de siempre. “Nos aburrimos”, explican algunos. “Es nuestro derecho”, opinan otros.
En algo tienen razón: vivir pensando en la muerte no es vivir. Psicólogos argumentan que no es posible representarse a sí mismo como no siendo; es imaginable el cuerpo muerto, pero no un mundo sin la propia presencia. El mismo Sigmund Freud sostiene que “siempre que intentamos representarnos muertos, sobrevivimos como espectadores”.
Pero los inmortales deberían saber que no están solos; los otros importan.
Indiferentes, los inmortales se amparan en la edad: quienes son adolescentes consideran su derecho ignorar los riesgos, y los mayores –¿25 a 40 años?– crecieron en un mundo que no admite frenos ni postergaciones de sus deseos.
Tal vez por eso resulte tan difícil hacerles comprender que, con sus conductas, ponen en peligro a toda la sociedad, en tanto sus reuniones multitudinarias no cesan, los contactos se multiplican y el virus circula con impúdica libertad.
Tal vez sean necesarias estrategias diferentes de sólo comunicar. Por ejemplo, contarles historias personales, mostrar fotos, llevarlos al encuentro del mismo dolor.
Quizá reaccionarían al enterarse de que ayer murió Marta, o José, o María… y cada nombre de los más de 500 que se pierden todos los días. Si advirtieran que son personas que jamás imaginaron pasar por un solitario final condicionado por protocolos; despedidos con apuro por sus cercanos que, mientras lloran, no dejan de preguntarse por qué no fueron vacunados.
¿Será posible despertar a los inmortales? ¿O la esperanza es desmedida, ante quienes creen que nada de esta tragedia tiene que ver con ellos?
* Médico

