Abrigos y desabrigos en esta tierra de invierno
Nuestro invierno no es sencillamente asimilable a los inviernos europeos. Nos pasan otras cosas, a partir de otras realidades. Alejandro Mareco.
La garúa del jueves cubría al asfalto de una melancólica ensoñación que espejeaba tímida y difusa los colores de la urbanidad prendida del otoño. Todos los cuerpos avanzan hacia la intemperie del invierno que ya llega y que desabriga los cielos de este rincón del mundo. Es nuestro destino de sur; estamos aquí, a expensas de la lejanía del trópico, con presentimientos del frío. Los abrigos y los desabrigos nos definen en esta tierra que tiene como patrimonio la ración de soledad austral que nos ha tocado.
Aunque no es sólo estigma sino también inspiración. Hasta hemos ventilado un universo estético para darles palabras y sonidos hechos designio y construcción cultural, como acaso hizo el tango, toda una manera de hacernos los dueños del sur. Y más, hay tantas canciones de amor nuestras, que antes que de amor hablan de abrigo, del que nos falta no sólo como hombres, sino un poco también como pueblo.
Ensimismados de sur, hemos pasado decenios entendiendo que la soledad no era tanta si éramos capaces de tender inmensos puentes con los poderosos allende los mares, e intentábamos subirnos a la ilusión de no ser de sólo de aquí, sino también parte del más allá lejano. La historia nuestra está plagada de estos intentos.
Quizás la inmigración europea nos dio la excusa, en su momento, para sentirnos en el centro de una "América blanca", aunque esto no es la mera influencia de los inmigrantes que echaron sus raíces aquí con tanta firmeza que terminaron apostando al mundo desde este confín. Más exacto es decir que nuestras pretensiones de "civilización blanca" tienen que ver con las aspiraciones de asimilación a la cultura europea que enarbolaron tantos próceres locales, cobijados en los "castillos" urbanos y bien distantes de la realidad del interior abierto y natural
Nuestro invierno no es sencillamente asimilable a los inviernos europeos. Nos pasan otras cosas, a partir de otras realidades. Alguna vez hemos dicho que la frontera con la América morena está aquí nomás, pasando Jesús María, donde comienza a diluirse la influencia blanca inmigratoria y las pieles cobrizas comienzan a proyectar un dominio en el paisaje que no tiene agonía sino hasta los confines continentales.
Pero si vamos a ver las cosas desde este mismo lugar donde ahora la garúa empapa las calles de presentimientos de invierno y de soledad austral, sencillo es concluir que la América cobriza no es un asunto de rutas más arriba sino que está entre nosotros.
Entre tanta piel parda y oscura que hace el sino de las identidades populares (es la gran olla de mixtura a la que fueron a parar negros, indios, mestizos, mulatos), ahora se suman las corrientes inmigratorias, que en la última parte del siglo 21 pasaron las fronteras vecinas.
De algún modo, la América morena no sólo está aquí, entre nosotros, sino también en el horizonte, lo que es más esencial a la hora de trazar el porvenir. Y ya no es una cuestión de color de piel, sino de las aspiraciones que tenemos las sociedades sudamericanas de encontrar la llave de un destino común y venturoso.

