Día de la Mujer. 8M: de los discursos a los datos, una hoja de ruta para la igualdad

Los datos del mercado laboral argentino en 2025 muestran una realidad que no debería sorprendernos, pero que todavía no terminamos de asumir como sociedad: las mujeres presentan, en promedio, un desempeño laboral más débil que los varones en varios indicadores clave.

09 de marzo de 2026 a las 12:01 a. m.
Alejandra Torres
8M: de los discursos a los datos, una hoja de ruta para la igualdad
Día de la mujer es el 8 de marzo en que se defienden los derechos de las mujeres. (AP)

Cada vez que se acerca el 8 de marzo, el debate público se llena de declaraciones, de diagnósticos y de intenciones. Sin embargo, si algo aprendí a lo largo de años de gestión y de trabajo es que los discursos no alcanzan: lo que transforma la realidad es entender con precisión qué está pasando. Y para eso, hay que mirar los datos.

Los datos del mercado laboral argentino en 2025 muestran una realidad que no debería sorprendernos, pero que todavía no terminamos de asumir como sociedad: las mujeres presentan, en promedio, un desempeño laboral más débil que los varones en varios indicadores clave.

Tienen menores tasas de participación y de empleo, mayores niveles de inactividad y mayores tasas de subocupación. También registran menores ingresos promedio, una brecha salarial persistente incluso a igual nivel educativo, y menor acceso a posiciones jerárquicas o de mayor productividad.

Además, su trayectoria laboral suele ser más intermitente, lo que impacta de manera negativa en la acumulación de experiencia, ingresos y protección social a lo largo del ciclo de vida.

Factores estructurales

Esto no es un fenómeno aislado ni circunstancial: es el resultado de una combinación de factores estructurales que, si no se abordan con seriedad, seguirán reproduciendo las mismas brechas generación tras generación.

El empleo femenino se concentra en pocas ramas de actividad –el trabajo doméstico está feminizado en un 99%, y la salud y los servicios sociales presentan una tasa de feminización del 72%–, que históricamente combinan alta informalidad con bajos salarios.

Esta segregación sectorial no sólo explica la mayor informalidad entre las mujeres, sino también por qué estas brechas persisten en el tiempo: son sectores con menor control, vínculos laborales más inestables y menos posibilidades de exigir derechos como los aportes jubilatorios.

A esto se suma que las mujeres trabajan en promedio 34 horas semanales frente a las 44 horas de los varones, una diferencia que no es casual. Del total de personas que realizan tareas domésticas, el 72% son mujeres, y ellas dedican a esas tareas el doble de horas diarias: 6,4 frente a 3,4. Es decir, la menor dedicación al trabajo remunerado no refleja menor ambición ni menor capacidad; refleja que el tiempo disponible para el empleo formal está condicionado por una organización del hogar que sigue siendo desigual.

El cuadro se completa con otro dato que merece atención: en el segundo trimestre de 2025, la tasa de desocupación fue de 8,5% para las mujeres, frente al 6,8% de los varones. Una brecha que no es nueva ni excepcional, sino una constante que habla de una dificultad estructural para insertarse y mantenerse en el empleo.

La maternidad y las interrupciones laborales asociadas al cuidado de hijos y adultos mayores son factores decisivos: dificultan la permanencia en el empleo formal y complican el regreso una vez que esas etapas de cuidado intensivo quedan atrás.

La economista Claudia Goldin –Premio Nobel de Economía 2023– ofrece una lectura que ayuda a entender por qué estas brechas son tan difíciles de cerrar, y que va más allá del lenguaje de la discriminación. Su argumento central es que el mercado paga extra por disponibilidad total: los empleos mejor remunerados y más estables exigen jornadas extensas, horarios rígidos y continuidad sin interrupciones.

Dentro de ese esquema, muchas mujeres toman decisiones racionales: eligen trabajos más flexibles o de menor intensidad horaria porque la estructura de cuidados sigue descansando mayoritariamente sobre ellas. Esa elección es lógica dentro del diseño actual, pero tiene costos concretos en ingresos, estabilidad y trayectoria.

El problema, entonces, no es que el mercado excluya a las mujeres, sino que el diseño institucional y cultural genera incentivos que empujan hacia trayectorias distintas –y más costosas– para quienes asumen la mayor carga de cuidado. Goldin muestra que estas restricciones se acumulan a lo largo de todo el ciclo de vida: más períodos de desempleo, mayor concentración en sectores de menor estabilidad, menores ingresos.

Los indicadores no reflejan diferencias de capacidad, sino las consecuencias de un sistema que todavía no logra adaptarse a trayectorias laborales diversas.

El camino existe en otros países

Si el problema es de incentivos y organización, la respuesta también tiene que serlo. No existe un único remedio aplicable a todas las sociedades, pero sí hay medidas que han demostrado funcionar. Ampliar la cobertura de guarderías y centros de primera infancia públicos de calidad libera tiempo que hoy se destina al hogar y que podría volcarse al trabajo formal.

Mejorar el acceso a la educación –tanto para completar el secundario como para avanzar en carreras técnicas y científicas– amplía las trayectorias laborales posibles. Y reformar las reglas sobre licencias parentales para fomentar el cuidado compartido desde el inicio, junto con mayor flexibilidad de jornada durante los primeros años de vida de los hijos, modifica los incentivos desde la base.

Hay, además, un argumento que conviene subrayar: el económico. Según el FMI, reducir las brechas de participación entre varones y mujeres puede impulsar el producto bruto interno entre un 10% en las economías avanzadas y más del 30% en otras regiones del mundo.

Más personas en empleos formales y de calidad significa más producción, más recaudación y más crecimiento. No es una discusión de derechos en abstracto: es una decisión de política económica con retorno medible.

En ese marco, la formalización sigue siendo la condición base: sin registración, no hay aportes, no hay obra social, no hay jubilación. Argentina no puede plantearse cerrar estas brechas si al mismo tiempo tolera que casi la mitad del empleo femenino quede fuera del sistema.

La experiencia europea muestra que la formalización funciona mejor cuando viene acompañada de permisos parentales compartidos y accesibles, y de servicios públicos de cuidado infantil de calidad.

Estas políticas, que en Europa se impulsaron también para responder a la caída en la tasa de natalidad, lograron reducir la brecha de participación y mejorar la inserción en empleos de mayor calidad.

Los datos están. Las experiencias comparadas también. Lo que falta es la decisión política de discutirlos.

*Diputada nacional por Córdoba (Provincias Unidas)