Hacían falta tantos errores para dilapidar tanto capital
La Municipalidad de Córdoba está en un estado tal que los que pueden ser intendentes no quieren serlo. Roberto Battaglino.
Juan Schiaretti subió trémulo la escalera hasta el primer piso del despacho del intendente. Era el 11 de diciembre de 2007. Era su primer acto de gobierno y su imagen trasuntaba la del gobernador elegido con menos votos en la historia cordobesa y surgido por uno de los procesos electorales más controvertidos de los que se tenga memoria.
Lo esperaba jovial Daniel Giacomino, que también debutaba como intendente, pero había sido votado por una cómoda mayoría de cordobeses, y tenía una oposición atomizada, lo que le daba amplia legitimidad. Sólo aparecía como amenaza la ruptura con su mentor y jefe del espacio político que lo había depositado en el Palacio 6 de Julio, Luis Juez.
Aquella mañana, Schiaretti y Giacomino se abrazaron. Como en los juegos orientales, en los que se traspasa energía, el apretón iluminó al empalidecido y empalideció al iluminado.
Después, cada cosa que pasó le aportó gobernabilidad a Schiaretti, con las severas limitaciones de ser simplemente un mandatario de transición, y escasa gobernabilidad a Giacomino, que archivó su proyecto de saltar a la Casa de las Tejas y nadie tomó en serio su idea de quedarse en el Palacio 6 de Julio, pese a la prohibición de la Carta Orgánica.
Ahora, Giacomino entra tembloroso a la Casa de Gobierno, mientras Schiaretti se recuesta en el sillón, lo mira sobre el hombro y le promete cosas que ya le había prometido y anunciado, pero que se las ingenia para presentarlas como novedosas.
¿Hablaron sólo de basura anteayer el gobernador y el intendente? Las dificultades que volvería a tener el municipio para hacer frente a compromisos urgentes no habrían sido un tema menor en la conversación. De hecho, Schiaretti le suele adelantar plata a Giacomino para que pague sueldos.
Entonces, el gobernador se solaza haciendo anuncios como el gran benefactor de los ciudadanos capitalinos, lo que ilusiona a los operadores electorales del peronismo que sueñan con tener a Schiaretti como candidato a intendente. A José Manuel de la Sota lo entusiasma esta idea, que al gobernador le molesta en demasía. En público la niega terminantemente; en privado dice cosas muy fuertes para rechazarla.
La Municipalidad de Córdoba está en un estado tal que los que pueden ser intendente no quieren serlo. Y los que quieren serlo parece que no llegan ni remando.
El favorito en las encuestas, el radical Ramón Mestre, no archivó -ni mucho menos- la idea de ser candidato a gobernador el año que viene, aunque cuide las formas partidarias por ahora.
Mientras tanto, algunos secretarios del gabinete de Giacomino dicen en voz no tan baja que el único objetivo es llegar a diciembre de 2011.
Eso lo pone de muy mal humor a Giacomino, que probablemente sufra nuevas sangrías en su equipo de colaboradores.
Hacían falta tantos desaciertos para dilapidar tanto capital político.

