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¿Una dura lluvia va a caer?

La desolación en los centros inundados aún no ha sido sopesada en sus efectos políticos. Edgardo Moreno.

08 de abril de 2013 a las 12:01 a. m.
¿Una dura lluvia va a caer?

La lluvia no es radical ni 
peronista, dijo la Presidenta el día que regresó a Tolosa, el 
barrio platense de su infancia. Intentaba explicarle a una vecina inundada que las calamidades naturales no tienen color político.

En rigor, no lo tienen. Sí la imprevisión ante las crisis, la improvisación para resolverlas y la especulación para intentar réditos particulares en medio de las desventajas generales.

Pero aquel argumento de Cristina no buscaba llegar a estas precisiones inconvenientes. Sólo pretendía zafar. Peor hubiese sido fugarse, como le 
recuerda con insistencia la memoria social, advertida ya, desde Cromañón y Once, sobre la propensión oficial a la indiferencia, cuando no a la impiedad.

Aunque llano, el razonamiento de la Presidenta tampoco fue elegido al azar. Lo combinó en ese momento con referencias a su condición de inundada exitosa y luego con un mensaje 
oficial en el que anunció la asistencia estatal a los dañados.

El conjunto expresa una concepción simplista. Una tesis de la singularidad nacional por la cual al país le ocurren desgracias tan 
inusuales, como peculiares son los modos que la imaginación argentina encuentra para superarlos, cosiendo con alambre lo que sea menester.

Un pensamiento mágico de la 
nacionalidad, en la que la suerte, la picardía y una siempre oportuna emulsión solidaria supuestamente se conjugan para reemplazar lo que los países aburridos suelen hacer para aguardar, con obras previsibles y precisos planes de contingencia, los momentos en los que la naturaleza desvaría. Frecuentes desde el primer trueno de la prehistoria.

Basta recurrir al ejemplo de las décadas más recientes para comprender con amargura que ese falso mito ha prevalecido sobre el carácter 
pedagógico que podría ejercer cada tragedia colectiva. Y así, sin aprender del desastre anterior, se camina de manera desaprensiva hacia la ejecución del próximo.

Con razones sólidas, puede afirmarse que esa aversión a la responsabilidad ha sido, como la lluvia presidencial, indiferente a las divisas de partido.

El mensaje de la jefa del Estado, enunciado cuando las aguas ya bajaron, procuró cerrar el ciclo de una 
semana en la que la política flotó 
como resaca de inundación, ofreciendo un coágulo de sus peores miserias.

El clima de expectación abierto por la designación del papa argentino cedió lugar a la indignación social por la recurrente insolvencia de su representación política.

Ajeno a ese riesgo, el oficialismo nacional volverá a hacer hoy una apuesta en soledad, al insistir sin diálogo con su proyecto de control de la Justicia, al que ha bautizado “democratización” judicial.

Como en las calles de La Plata, la convicción democrática que mayorías anónimas le confiaron al Gobierno será devuelta como un paquete impropio distribuido con pecheras de La Cámpora. Y quien lo cuestione, será atendido por los cuervos.

En el Centro Cívico de Córdoba, después de un llamado oportuno a los gobiernos de Macri y Scioli para
ofrecer colaboración, la mirada de los acontecimientos se transformó en evaluación política y luego en aflicción. La primera plana de la dirigencia nacional, aquella que reivindica el mando en los distritos de peso definitivo para la construcción del poder, estaba ofreciendo un espectáculo denigrante. Pero, en algún sentido, era la representación política misma –diríase, su imagen corporativa– la que estaba ahogándose en las calles anegadas.

El gobernador José Manuel de la Sota sostiene que los políticos que le reclaman diálogo al poder central
deben exhibir que son capaces de conversar entre sí. Con esa idea, venía promoviendo encuentros reducidos y acotados al análisis de la situación en los distritos más relevantes. Pero la desolación que irrumpió en los grandes centros urbanos inundados todavía no ha sido sopesada en sus efectos políticos. Si otra dura lluvia va a caer, esta vez bajo el modo de un cuestionamiento generalizado a la política partidaria, es todavía una presunción que orienta el afán de los encuestadores.

Entretanto, el oficialismo provincial ha optado por replegarse en la reiteración de los dos ejes centrales desde los cuales imagina la articulación de su propuesta electoral en Córdoba.

El primero, la unión de fuerzas políticas que defienda la posición provincial frente el avasallamiento de la Nación. El segundo, una definición terminante a favor de la Constitución Nacional y el régimen de alternancias políticas y equilibrios institucionales que prevé.

Octubre, le dicen al oficialismo todos los sondeos, estará atravesado de modo casi excluyente por el debate sobre la continuidad o la inflexión del modelo de poder que diseñó el kirchnerismo.

Por eso, en sus debates reservados, el oficialismo remarca con insistencia que no hay margen para que ningún candidato que arriesgue el peronismo cordobés aparezca luego votando la perpetuidad del cristinismo o la discriminación económica contra la Provincia. Ese es el límite –repiten– que llevan en sus cálculos los negociadores y la promesa que deberán 
juramentar los postulantes.