La economía La macro se ordena, la micro espera
La recuperación en la economía es heterogénea y aún no llega a los bolsillos y el consumo lo siente. Los desafíos para mejorar el poder adquisitivo.
Aunque los principales indicadores macroeconómicos muestran señales de encaminarse hacia una mayor estabilización –desaceleración inflacionaria, equilibrio fiscal, baja de tasas de interés y recomposición de precios relativos–, la realidad y la percepción social siguen ancladas en la pérdida de poder adquisitivo y en la caída del nivel de actividad de sectores relevantes de la economía real.
La brecha entre la macroeconomía y la vida cotidiana se consolida como uno de los rasgos centrales del actual ciclo económico.
Señales concretas, impacto diferido
La economía argentina comenzó a exhibir indicadores más ordenados. La inflación, aunque todavía elevada, muestra una trayectoria descendente en comparación con años anteriores y, según la mayoría de las consultoras económicas, existen perspectivas favorables de que esa tendencia continúe.
El frente fiscal evidencia un ajuste significativo y el tipo de cambio se mantiene relativamente estable.
Estos elementos constituyen condiciones necesarias para cualquier proceso de estabilización. Sin embargo, no son suficientes para mejorar de manera homogénea el bienestar de los hogares y el nivel de actividad, especialmente en el corto plazo.
La estabilización corrige desequilibrios, pero no garantiza por sí misma crecimiento ni una mejora distributiva inmediata.
El presidente Milei y el ministro Caputo parecen conscientes de ello. Sin embargo, en la necesidad de sostener expectativas positivas, continúan apelando a la paciencia social y prometiendo que “lo mejor está por venir”, incluso asumiendo el riesgo de fijar plazos concretos que luego pueden no cumplirse.
Frases como “la inflación comenzará con cero en agosto” o “vienen los mejores 18 meses de la historia” reflejan esa estrategia comunicacional.
Lo cierto es que los sectores con mayor potencial y ventajas competitivas son, en su mayoría, intensivos en capital y, en algunos casos –como la minería–, su impacto se verá recién en el mediano plazo.
En cambio, los sectores que hoy muestran retracción son precisamente aquellos que más empleo generan y que tienen alta relevancia en los grandes conglomerados urbanos: industria, comercio y construcción.
La diferencia entre la capacidad de generación de empleo directo e indirecto de los sectores más competitivos y la de aquellos con menor viabilidad en el actual esquema económico genera una tensión social que no puede ser ignorada.
Las actividades no vinculadas a las primarias enfrentan hoy un desafío difícil de superar.
El consumo: señales de debilidad persistente
El consumo privado continúa mostrando signos de contracción o, en el mejor de los casos, de estancamiento. Sectores vinculados al comercio minorista, alimentos y bienes durables reflejan caídas o recuperaciones todavía muy incipientes.
Se trata, principalmente, de consumos asociados a los sectores medios y bajos.
Seguramente algunos lectores señalarán que no ocurre lo mismo con la venta de automóviles, los viajes, o ciertos bienes y servicios cuyo consumo muestra crecimiento. Sin embargo, esos segmentos están impulsados, en gran medida, por consumidores de mayores ingresos.
Este comportamiento responde a una combinación de factores: deterioro del ingreso real, recomposición de precios relativos –con fuertes aumentos en tarifas, transporte y servicios– que reducen la capacidad de compra de las familias, y menor disponibilidad de crédito.
Muchos hogares utilizaron el crédito como auxilio para compensar la caída de ingresos durante 2024 y parte de 2025.
Pero hoy, con niveles de endeudamiento elevados y tasas de interés reales positivas, gran parte de esa capacidad ya se encuentra agotada. A ello se suma el incremento de la mora, que alcanzó niveles preocupantes.
En este contexto, las familias ajustan sus decisiones: priorizan gastos esenciales, sustituyen marcas y postergan consumos de mayor valor.
En términos agregados, los salarios aún no recuperan el terreno perdido frente a la inflación acumulada de los últimos años. Sin una mejora sostenida del ingreso disponible, la recuperación del consumo seguirá siendo limitada.
Crédito y liquidez: un canal aún restringido
Los procesos de recuperación económica se apoyan, por lo general, en la expansión del crédito, y es donde el Gobierno está asentando la esperanza de recuperación en el corto plazo. Sin embargo, en el contexto actual el sistema financiero opera con cautela.
Las tasas reales positivas, la incertidumbre sobre la evolución de los ingresos y la prudencia de las entidades financieras tras el aumento de la mora en los últimos meses limitan el acceso a nuevo financiamiento, tanto para familias como para empresas.
Difícilmente el crédito pueda transformarse, al menos en el corto plazo, en el gran dinamizador de la actividad, como aspira el Gobierno.
Los préstamos representan apenas el 11% del producto interno bruto (PIB); y los depósitos, un porcentaje apenas mayor, lo que refleja un sistema financiero todavía pequeño.
A eso se suma una menor liquidez bancaria, mayores niveles de mora y la reaparición del Tesoro absorbiendo pesos en cada licitación, compitiendo así con el sector privado.
Datos “versus” percepción
Más allá de los datos objetivos, las expectativas siempre juegan un rol determinante. La percepción de hogares y de empresas respecto del futuro condiciona decisiones presentes.
Hoy conviven expectativas macroeconómicas más ordenadas con percepciones microeconómicas todavía negativas en amplios sectores de la sociedad.
La economía argentina parece haber ingresado en una fase de transición: dejó atrás parte del desorden, pero todavía no logra construir una dinámica de crecimiento inclusivo.
La estabilización macroeconómica es un punto de partida, no un punto de llegada.
El verdadero desafío no consiste únicamente en consolidar variables fiscales o nominales, sino en traducir ese orden en mejoras concretas en el nivel de actividad, el ingreso, el empleo y el consumo.
Hasta que esa traducción ocurra, la sensación dominante seguirá siendo la de una recuperación que, aunque visible en algunos indicadores, todavía no se percibe en el bolsillo.
Más allá de las estadísticas, existe una dimensión que los índices no capturan: el agotamiento social. Cuatro años consecutivos de deterioro del poder adquisitivo dejaron a una parte importante de la clase media y trabajadora sin ahorros, endeudada o directamente empobrecida.
La recuperación estadística no repara eso de manera inmediata, aun cuando algunos indicadores, como la pobreza, hayan mostrado mejoras respecto de años anteriores.
El debate sobre el salario real no es solamente económico. También es un debate acerca del modelo de país que se está construyendo.
Con una actividad no primaria débil, salarios reales deteriorados, empleo formal estancado y consumo masivo en retroceso, una parte creciente de la sociedad comienza a desplazar sus principales preocupaciones: la inflación deja de ocupar el centro de la escena y el foco pasa al bolsillo y al empleo.
En ese contexto, y a pocos meses del inicio de la campaña electoral, podrían intensificarse las presiones sobre el programa económico del Gobierno y surgir incentivos para introducir cambios más pragmáticos.
Si bien todavía no se observa un cambio abrupto en el apoyo social al oficialismo, en los próximos meses podría comenzar a incrementarse la incertidumbre electoral: primero, por las elecciones provinciales y, luego, por las nacionales.
Todo en un contexto además marcado por la finalización del período de fuerte liquidación de divisas provenientes de la cosecha.
Ese escenario podría tener implicancias sobre la dolarización de portafolios, la valuación de los activos y las decisiones de inversión, especialmente en aquellos sectores donde las ventajas competitivas no resultan suficientemente determinantes.
La estabilidad puede ordenar expectativas, pero solo la recuperación del poder adquisitivo puede consolidar confianza social de largo plazo.
(*) Economista

