Compartir
Mundo

Debate. Con Malvinas no se juega

Si EE.UU. dejara de respaldar al Reino Unido, se podría revitalizar el reclamo soberano en términos diplomáticos. Sin embargo, la oportunidad es frágil y peligrosa, porque depende de una lógica externa y muy volátil.

28 de abril de 2026, 14:15
Iván Ambroggio
Con Malvinas no se juega
Veternanos de Malvinas durante un homenaje.

La filtración de un correo interno del Pentágono que sugiere evaluar el retiro del tradicional apoyo estadounidense al Reino Unido sobre la soberanía de las Islas Malvinas –como represalia por la falta de respaldo británico a las operaciones militares de Washington y de Israel contra Irán– ha generado un temblor político en el Atlántico Norte y, al mismo tiempo, un inesperado ruido diplomático en el Atlántico Sur.

El episodio, difundido por la agencia de noticias Reuters y replicado por medios internacionales, no constituye todavía una decisión formal, pero sí revela algo más profundo: el modo en que la cuestión Malvinas puede ser utilizada como moneda de cambio en una disputa ajena a los intereses argentinos.

Una señal inquietante

El documento filtrado habría circulado en el marco de un debate interno en Washington sobre cómo presionar a aliados europeos considerados “tibios” frente a la ofensiva contra Irán.

Entre las opciones, aparecía una medida de alto impacto simbólico: reconsiderar el apoyo estadounidense a Londres en su disputa con Argentina por Malvinas.

Que un asunto de soberanía nacional aparezca en una discusión táctica de castigo intra-Otan es, por sí mismo, una señal inquietante, porque para las potencias los principios pocas veces son absolutos y con frecuencia operan como instrumentos.

Este movimiento encaja con claridad en la lógica estratégica atribuida a Donald Trump y conocida en teoría de las relaciones internacionales como "Madman Theory" (teoría del loco).

Según esta concepción –asociada especialmente con Richard Nixon durante la Guerra Fría, cuando buscó que la URSS y Vietnam del Norte creyeran que podía actuar sin límites–, el líder busca construir deliberadamente una imagen de imprevisibilidad para inducir temor e incertidumbre en adversarios y en aliados, forzándolos a conceder en negociaciones.

Las huellas de la guerra de 1982 subsisten en la vida cotidiana de las Islas Malvinas. (La Voz)
Las huellas de la guerra de 1982 subsisten en la vida cotidiana de las Islas Malvinas. (La Voz) (La Voz)

Trump no necesita necesariamente ejecutar la amenaza; le alcanza con instalar la duda. Y en ese esquema, el respaldo histórico de Estados Unidos al Reino Unido en Malvinas puede convertirse en una ficha más dentro de su estilo transaccional de política exterior.

Oportunidad frágil

Para la Argentina, esta filtración abre una ventana aparente: si Washington dejara de respaldar a Londres, se podría revitalizar el reclamo soberano en términos diplomáticos.

Sin embargo, la oportunidad es frágil y peligrosa, porque depende de una lógica externa, ajena, y profundamente volátil. Malvinas aparece, de nuevo, como un asunto subordinado a las tensiones globales de las grandes potencias.

En este contexto, la política exterior del presidente Javier Milei adquiere una dimensión particularmente sensible.

Su gobierno ha roto una tradición diplomática argentina sostenida durante décadas: la de evitar alineamientos automáticos en conflictos de Medio Oriente.

La Argentina, históricamente, defendió su reclamo sobre Malvinas desde una estrategia de construcción multilateral, sumando apoyos en el mundo árabe, África, Asia y América latina, bajo la bandera del anticolonialismo y el derecho internacional.

Pero el alineamiento explícito de Milei con Estados Unidos e Israel en el actual conflicto regional marca una ruptura que puede tener costos concretos.

Una paradoja

En el sistema internacional, la coherencia política importa. Y los países árabes, que durante años acompañaron el reclamo argentino en Naciones Unidas y en otros foros multilaterales, podrían empezar a reducir su compromiso o, al menos, dejar de respaldarlo con la misma intensidad.

Argentina corre el riesgo de debilitar una base diplomática que fue clave para sostener la causa Malvinas más allá de Occidente.

La paradoja es evidente: mientras Milei parece buscar capitalizar su cercanía con Trump como puente hacia una eventual presión estadounidense sobre el Reino Unido, esa misma decisión puede erosionar los apoyos multilaterales que históricamente le dieron densidad internacional a la causa Malvinas.

Se apuesta por una potencia imprevisible a costa de sacrificar aliados constantes.

Lecciones de la historia

Además, este giro revive un dato histórico que la Argentina no debería olvidar: durante la Guerra de Malvinas, el Tiar (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) y la Doctrina Monroe brillaron por su ausencia.

En 1982, Estados Unidos eligió respaldar a su socio atlántico y miembro de la Otan, dejando a la Argentina prácticamente sola en el plano hemisférico. La lección fue clara: cuando los intereses de Washington colisionan con los de Londres, el continente americano deja de ser prioridad. La solidaridad regional prometida fue, en la práctica, papel mojado.

Soldados en Malvinas, en 1982.
Soldados en Malvinas, en 1982. (Archivo.)

Este antecedente debería funcionar como advertencia para el presente. Apostar toda la estrategia nacional a una eventual “ayuda” estadounidense no sólo es arriesgado: contradice la experiencia histórica argentina.

Más aún cuando el supuesto apoyo de Trump no estaría motivado por principios de justicia histórica o descolonización, sino por una lógica de castigo político al Reino Unido dentro de una disputa mayor.

Entre el deseo y la realidad

En paralelo, aparece otro elemento clave: el uso interno de Malvinas como herramienta de legitimidad. La causa soberana es una de las pocas banderas capaces de unificar emocionalmente a la sociedad argentina, incluso en tiempos de fractura política.

En ese sentido, existe el riesgo de que Milei utilice la nobleza del reclamo como recurso de cohesión y legitimación en momentos de crisis económica y desgaste social, subordinando la estrategia internacional de largo plazo a la necesidad coyuntural de respaldo doméstico.

En línea con Hans Morgenthau, padre del realismo, una nación que confunde sus deseos con la realidad está condenada a cometer errores fatales en política exterior.

*Analista internacional, docente de Ciencia Política, autor del libro “Malvinas”