
Israel deportó a los activistas de la flotilla que iba a Gaza y crecen las denuncias por maltratos
Por
Redacción La Voz
El pasado miércoles 20 de mayo, Itamar Ben-Gvir publicó en sus redes sociales un video en el que humillaba verbalmente a decenas de activistas. Estos, de rodillas en el suelo y con las manos atadas a la espalda con bridas de plástico, fueron obligados a escuchar el himno nacional de Israel.
Una detenida irlandesa gritó “Free Palestine” (Palestina libre) y fue agarrada por el pelo y arrastrada por el suelo. Ben-Gvir, visiblemente satisfecho, sonreía y aplaudía. Ante una mujer que lloraba, el ministro dijo a cámara: “No se preocupen por sus gritos: no se lo merece”.
La violencia, tanto física como simbólica, de aquellas imágenes provocó una inmediata repulsa en numerosas cancillerías. Que el propio ministro de Asuntos Exteriores israelí le haya tenido que recordar “Tú no eres la cara de Israel ni nos representas”, o que el primer ministro Benjamin Netanyahu haya hablado de “valores no alineados con Israel”, llega demasiado tarde.
Es posible entender la irritación que provocan estos activistas en Ben-Gvir y en muchos israelíes.
Israel lleva librando desde 1948 una lucha existencial por su supervivencia y actualmente mantiene abiertos múltiples frentes militares: Gaza, Líbano, Irán, Yemen, Siria, Cisjordania y, en menor medida, Irak.
El trauma del 7 de octubre de 2023 y el costo humano de estas guerras generan una rabia comprensible ante la llegada de jóvenes activistas occidentales, muchos de los cuales no superarían un examen básico de historia del Levante.
Los useful idiots (idiotas útiles) de la flotilla repiten consignas mecánicamente, sin realizar una crítica seria de sus propias posiciones ni de las implicaciones de su apoyo a Hamas, Hezbollah, Irán o los hutíes de Yemen.
Las requisas de condones y drogas blandas, junto con las imágenes de activistas arrojando caramelos y teléfonos por la borda, revelan una frivolidad que debilita seriamente la credibilidad de su causa.

Dicho esto, quiero hacer aquí una crítica profunda y sincera a Israel, advirtiendo desde el principio que la paz futura no podrá construirse con acciones como las de Ben-Gvir. Una guerra eterna no sólo traerá más muerte, sino que puede terminar liquidando el motor moral del propio Estado de Israel.
Ben-Gvir representa la personificación más radical del conflicto. Discípulo del rabino Meir Kahane, cuyo partido fue declarado ilegal por el Tribunal Supremo israelí por proponer la expulsión de todos los árabes del país, mantuvo durante años en su salón un retrato de Baruch Goldstein, el colono que en 1994 asesinó a 29 musulmanes que oraban en la Cueva de los Patriarcas de Hebrón.
Hoy, tras los problemáticos pactos del Likud –el partido de Netanyahu– con la extrema derecha, este mismo hombre controla la Policía nacional.
Cabe preguntarse si la democracia israelí será lo suficientemente fuerte para sobrevivir a estos personajes –y a los fanáticos equivalentes de la otra trinchera. Espero y confío en que sí.
El peso de la tradición democrática, humanista, religiosa –y socialista– de Israel debería imponerse a la lógica brutal de la guerra. Pero para lograrlo, Israel deberá ser capaz de sembrar generosidad en el Levante, un gesto extraordinariamente difícil tras tanta sangre derramada frente a un enemigo que, explícitamente, busca su extinción.
Ciro el Grande, el rey persa que liberó a los judíos del exilio en Babilonia, lo expresó con claridad: “El éxito siempre exige mayor generosidad, aunque la mayoría de las personas, perdidas en la oscuridad de su propio ego, lo tratan como una ocasión para mayor codicia”.
Ciro es recordado por haber construido su vasto imperio no solo con la espada, sino con benevolencia y respeto a los pueblos conquistados, algo que no es usual en la historia de las sociedades humanas.
El origen de Israel no es diametralmente opuesto. Por supuesto, no fue en origen un proyecto colonial metropolitano en busca de recursos coloniales, sino un movimiento de liberación nacional impulsado por un idealismo democrático, con fuertes tonalidades socialistas, que los jóvenes activistas de la flotilla parecen desconocer por completo.
Theodor Herzl ha sido satanizado de forma sistemática por el antisionismo contemporáneo, pero ojalá quienes gritan “muerte al sionismo” se tomaran la molestia de entender su contexto. El caso Dreyfus le demostró que la asimilación plena no protegía a los judíos en Europa.

El Holocausto ratificó, posteriormente y de la forma más trágica, sus peores pronósticos. El sionismo nació como respuesta a un problema existencial: ¿cómo puede sobrevivir un pueblo que es odiado precisamente por existir?
Si definimos el sionismo como el movimiento que buscó el establecimiento y consolidación de un Estado judío, cabe preguntarse: ¿acaso fueron ilegítimas otras luchas nacionales como las de checos, húngaros, italianos, alemanes o argentinos? ¿O es sospechosamente esa condición de “judía” la fuente de todos los males?
Herzl, lejos de cualquier visión racista o explotadora, planteó en Altneuland (1902) una utopía de convivencia. Creía que los árabes se beneficiarían del progreso judío y defendió siempre la coexistencia.
Escribió: “Sería inmoral excluir a alguien, sea cual sea su origen, su ascendencia o su religión, de participar en nuestros logros. Nuestro lema debe ser, ahora y siempre: ‘Hombre, tú eres mi hermano’”.
Ben-Gurión, con su impronta socialista, fue aún más explícito en la Declaración de Independencia de 1948: llamó a los árabes de Israel a participar en la construcción del Estado “sobre la base de una ciudadanía plena e igualitaria”. Días después, ya en medio de la guerra de 1948, afirmó: “No estoy dispuesto a renunciar ni a un 1% del sionismo por la paz, pero tampoco quiero que el sionismo infrinja ni un 1% de los derechos legítimos de los árabes”.
Espero que la dignidad humana prevalezca en los múltiples frentes en los que lucha Israel y que sea prioridad absoluta también en el frente interno. Ver cómo se trata a activistas occidentales genera una pregunta incómoda: ¿cómo se tratará entonces a los detenidos palestinos?
Sin embargo, esa imagen proporcionada por Ben-Gvir no representa a todo Israel. Dos millones de árabes viven dentro del Estado de Israel y son ciudadanos de pleno derecho. Miles de ellos sirven orgullosos en las Fuerzas de Defensa de Israel. Educados desde otro punto de vista, saben bien qué hay del otro lado de los muros, y no desean cruzarlos.
Golda Meir tenía razón cuando dijo que “no puedes negociar la paz con aquellos que vienen a matarte” y que “la paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Cambiar esa realidad exigirá generaciones educadas en un sustrato cultural diferente, alejadas del nihilismo que impregna la idea del martirio.
Mientras tanto, Israel tiene la responsabilidad histórica de demostrar, incluso en guerra, que es posible actuar con mayor grandeza moral. Porque la verdadera victoria no se mide solo por haber sobrevivido, sino por el carácter que se conserva al vencer.
Historiador y docente