Opinión. Economía y petróleo: dos factores clave en la guerra en Medio Oriente
Los ataques a Irán traspasaron los límites regionales y sumieron al planeta en una guerra mundial. La cantidad de conflictos armados vinculados entre sí, por sus actores y por sus sistemas de alianzas, y los intereses estratégicos que se tocan tienen connotaciones globales.
Hay algunos consensos a los que se llega en el foro de los analistas independientes sobre los extremos de la guerra en Medio Oriente: uno de ellos es el referido a la impericia del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en el manejo del conflicto estratégico militar y también en la desaprensión en el uso de las herramientas diplomáticas y económicas, en la abrogación del derecho internacional y en la caída de las instituciones surgidas a partir de la Segunda Guerra Mundial; en primer lugar, la Organización de las Naciones Unidas.
Por mi parte, sostengo que los ataques a Irán traspasaron los umbrales de los límites regionales y sumieron al planeta en una guerra mundial. Es que la cantidad de conflictos armados vinculados entre sí, por sus actores y por sus sistemas de alianzas, y los intereses estratégicos que se tocan tienen connotaciones globales.

Las tensiones geopolíticas están marcando el rumbo de los mercados, y las previsiones que una guerra corta, como la desean y necesitan Washington y el mundo occidental, parecen lejanas, por lo que el mundo entero queda expuesto a la avalancha de consecuencias.
El giro de Trump
Es cierto que, con el ataque a Irán, algo nunca antes emprendido por los Estados Unidos –pese a las presiones a Joe Biden en 2024–, cambió definitivamente la orientación geoestratégica de Trump. Lo que era una decisión de Estado de retirarse de los escenarios secundarios, Ucrania y Medio Oriente, para concentrarse en la disputa central por la hegemonía mundial con China, revirtió en un mayor involucramiento.
El descalabro provocado por la política de sanciones y tarifas impuestas en una guerra sin cuartel contra todo el mundo lleva a que, a manera de ejemplo, China haya terminado 2025 con un superávit comercial récord de U$S 1.160 billones, mientras que Estados Unidos tuvo un déficit similar al del último año de Joe Biden, de algo más de U$S 900 mil millones en bienes y servicios.
La eurozona, a su vez, terminó el año con un resultado favorable de U$S 191.600 millones, pese a un incremento del 15% de su déficit con China.
Ha sido explícita la utilización de la economía como arma de imposición de voluntad por parte de Washington, algo expresamente prohibido por el derecho internacional, sobre lo que Trump dijo, literalmente, que no le importa.
En el caso de Irán, el 5 de marzo de 2025, en el Club de Economía de Nueva York, el propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, declaró que las sanciones económicas a Irán tendrían la contundencia necesaria para liquidar sus recursos petrolíferos y hacer colapsar la economía del país de manera suficiente para provocar la caída del régimen.
Las cruentas revueltas provocadas por la penuria económica de gran parte de la población iraní, iniciadas el pasado 28 de diciembre, no obtuvieron el resultado prometido por Bessent, y el régimen quedó consolidado.
Sin previsibilidad ni confianza
La previsión es un factor muy importante en la economía, y hoy es muy difícil hacer predicciones sobre el destino de la guerra, pues los factores de incertidumbre son demasiados. En primer lugar, se juega la suerte de los actores principales, que tiene características de drama existencial (Israel e Irán en un conflicto, y Ucrania, Rusia y Europa en otro), y también los comportamientos de otros actores –Estados Unidos y China, sobre todo–, cuyo futuro depende de ciertos esquemas de seguridad en sus recursos e insumos.
La cantidad de variables subjetivas –que las hace escapar del juego de los algoritmos– son demasiadas.
Otro factor es la confianza. El mundo occidental, principalmente Estados Unidos y su presidente, han perdido la capacidad institucional de despertar el mínimo sentimiento de fiabilidad, honestidad y seguridad en el cumplimiento de sus compromisos.
La capacidad de negociar y la posibilidad de acordar con Occidente y, repito, con Washington han sido seriamente comprometidas debido a una conducta muy repetida de incumplimiento y de, elijo bien la palabra, traición.
El mercado energético, en llamas
La energía es una de las variables más importantes para ponderar el futuro económico y el progreso de las naciones. Y si las consecuencias energéticas de guerra en Ucrania afectaron a Europa de una manera que no encuentra cómo explicarla a sus ciudadanos, el ataque a Irán implica al mundo entero.
Los analistas informan el escenario de un precio arriba de U$S 100 el barril de petróleo –al momento de escribir esta nota, es superior a los 80–, pero hay quienes afirman que ya estuvo a U$S 120 en condiciones geopolíticas menos volátiles o complicadas.
El ataque del pasado 2 de marzo a las instalaciones sauditas de Ras Tamura, que terminó con la suspensión operativa de una de las plantas de distribución más grandes del mundo, sin que se tenga certeza sobre el origen de los ataques, informa que hay intereses muy fuertes en la intervención en el mercado energético.
A los especialistas de mercado se les hace inapropiado formular pronósticos –esto es otra coincidencia generalizada– y se prefiere el camino de señalar tendencias y comportamientos históricos comparados. La cautela impera.
Se pueden resumir algunas opiniones afirmando que, con disponibilidades financieras muy elevadas, bastaría que una mañana una media docena de operadores decidiera incrementar sus exposiciones en el sector para que se desate una suba exponencial.
Así se mueven los mercados y así ocurrió en el año que terminó con el oro y la plata, sólo que el petróleo tiene otra incidencia en la economía.
Una constante de la última década ha sido que, cuando un vector central de la economía se mueve espasmódicamente, arrastra a los demás. Se puede producir un desaceleramiento de la economía en general, con ganadores y perdedores.
Europa eligió dañarse a sí misma de manera inexplicable, fruto de una rusofobia adolescente, y ya está sufriendo el costo altísimo de la energía que precisa. Y verá complicada aún más su situación si los suministros del gas catarí quedan comprometidos en volumen o en precio, lo que podría hacer pasar de una recesión al peor escenario de la depresión.
Economías bajo presión
Los observadores políticos atendemos, también, a otros hechos. Nuestra conocida Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el pasado 14 de febrero, mostró todo su escepticismo sobre la situación económica de Europa, expresada, entre otros índices, por el bajísimo valor de los bonos europeos y por el consecuente poco interés de los inversores por el valor y por las oportunidades de la economía europea, acaso un indicador de las dificultades de los bancos centrales para manejar la moneda y atender la subsiguiente suba de intereses.
Elocuente es que haya decidido y anunciado que adelanta su retiro para los próximos meses, un año antes del cumplimiento de su mandato. Abandona el barco. Y esto sucedía antes de los ataques a Irán.
Otra gran incógnita es qué ocurrirá con las economías orientales muy dependientes del crudo proveniente de los países del golfo y cómo será su comportamiento estratégico al respecto. ¿Permitirán que Estados Unidos se apropie, si no del petróleo, de su sistema de distribución? ¿Podría repetirse Venezuela?
Trump acaba de decir algo inaudito: desea participar de la elección del nuevo líder supremo de Irán, “como fue con Delcy Rodríguez”. ¿Le darán el premio Nobel a Reza Pahlavi hijo por su promesa en Nueva York de que si lo entronizaban en Teherán aseguraría negocios billonarios a los Estados Unidos?
Y si la energía juega un rol esencial en una nueva estructuración del poder del globo, los Brics –club del que Argentina está afuera– juegan un papel fundamental, desde que son los que poseen las fuentes energéticas tradicionales.
Están los recursos para la prosperidad, pero también los peligros de las tentaciones de los grandes poderes. La repentina vocación por el establecimiento a paso redoblado de bases militares en Latinoamérica encierra más certezas que incógnitas.
Diplomático retirado




