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Mundo

Política internacional. El acuerdo entre Estados Unidos e Irán: la política como escenografía

En las negociaciones entre Washington y Teherán, queda claro por qué la política internacional del siglo 21 se parece cada vez menos a los grandes conflictos ideológicos del siglo pasado y cada vez más a una combinación de espectáculo, negocios y negociación permanente.

19 de junio de 2026, 13:39
El acuerdo entre Estados Unidos e Irán: la política como escenografía
Así firmó Trump el acuerdo con Irán de 14 puntos para ponerle fin a la guerra en Medio Oriente

Desde Luis XIV hasta la conferencia que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Versalles ha sido un símbolo del poder que busca representarse a sí mismo como orden universal. Trump, siempre atento al valor político de las imágenes, comprendió que la escenografía era tan importante como el contenido.

El acuerdo alcanzado entre Washington y Teherán consta de 14 puntos. No se trata todavía de un tratado definitivo, sino de un memorando de entendimiento que abre una ventana de 60 días para negociar un arreglo permanente.

Sin embargo, el documento permite identificar con claridad la lógica política que guía a la administración republicana.

A diferencia de los halcones tradicionales del Partido Republicano, obsesionados con el cambio de régimen y la expansión de la democracia liberal, Trump parece concebir la política exterior como una negociación inmobiliaria a escala planetaria.

El petróleo, la clave

El objetivo no es transformar a los adversarios ni integrarlos a un orden ideológico común, sino estabilizar los conflictos al menor costo posible para Estados Unidos y obtener beneficios económicos concretos.

Por eso, el acuerdo combina elementos aparentemente contradictorios. Por un lado, Irán acepta nuevas formas de supervisión internacional sobre su programa nuclear y se compromete a no desarrollar armas atómicas. Por otro, Washington ofrece una flexibilización significativa de las sanciones, la liberación gradual de fondos congelados y la reapertura de los canales financieros internacionales.

La lógica es simple y tiene que ver menos con la ideología y más con los incentivos económicos.

Una lancha rápida de la Guardia Revolucionaria se acerca al buque de carga Epaminondas.
Una lancha rápida de la Guardia Revolucionaria se acerca al buque de carga Epaminondas. (Meysam Mirzadeh / AP)

La cuestión central es el petróleo. Durante décadas, el estrecho de Ormuz ha sido uno de los puntos más sensibles del sistema internacional. Casi una quinta parte del comercio mundial de crudo pasa por esas aguas.

Cada crisis regional se traduce en volatilidad financiera, aumento de los costos energéticos y tensiones inflacionarias que terminan afectando a consumidores de todo el planeta.

Desde esta perspectiva, el punto más importante del acuerdo no es necesariamente el referido al programa nuclear iraní, sino la reapertura de Ormuz y el restablecimiento de la libre navegación.

Trump parece haber llegado a la conclusión de que una guerra prolongada con Irán produciría más costos que beneficios. La estabilidad energética resulta hoy más valiosa que una nueva aventura militar en Medio Oriente.

Mediaciones y cuentas pendientes

El documento también revela otra característica del actual orden internacional. A diferencia de las negociaciones que siguieron a la Guerra Fría, ya no existe una potencia capaz de imponer unilateralmente sus condiciones.

Estados Unidos sigue siendo uno de los actores dominantes, pero ahora debe negociar con potencias regionales, intermediarios e incluso con actores no estatales. El acuerdo fue posible gracias a una compleja red de mediaciones donde participaron gobiernos de la región, organismos internacionales y socios externos.

Por supuesto, quedan numerosos interrogantes. El memorando no resuelve el problema de los misiles balísticos iraníes. Tampoco aborda en profundidad la relación entre Teherán y los distintos grupos armados que operan en la región.

Los sectores más cercanos a Israel consideran que el texto concede demasiado a la República Islámica sin obtener garantías suficientes a cambio.

Presión sobre Netanyahu

Benjamin Netanyahu apostó a que la guerra abriría la posibilidad de debilitar decisivamente al régimen iraní. Trump, en cambio, parece haber llegado a la conclusión de que prolongar el conflicto amenaza el crecimiento económico, los precios de la energía y su propia agenda doméstica.

Por eso empezó a presionar públicamente a Netanyahu, cuestionó ataques israelíes en Líbano e incluso utilizó un tono inusualmente duro hacia el premier israelí.

Washington avanzó con el acuerdo pese a la oposición explícita de buena parte del establishment israelí y sin incorporar varias de las exigencias centrales de Netanyahu sobre el programa de misiles y la estrategia regional iraní.

De hecho, la verdadera novedad geopolítica es que, por primera vez desde que Trump volvió a la Casa Blanca, aparece una situación donde el presidente estadounidense parece decirle a Israel: "Hasta aquí llegamos".

No porque haya dejado de apoyar a Israel, sino porque considera que los intereses estadounidenses exigen cerrar el conflicto antes de que se convierta en una crisis energética global.

Más allá de su resultado inmediato, este nuevo Versalles deja una enseñanza interesante. La política internacional del siglo 21 se parece cada vez menos a los grandes conflictos ideológicos del siglo pasado y cada vez más a una combinación de espectáculo, negocios y negociación permanente. Trump lo entiende mejor que la mayoría de sus adversarios.

En la era de la política como performance, la escenografía nunca es un detalle secundario.