Opinión. Indio Solari: a la altura de su reputación
El mito Solari, como el de Gardel, o el de Maradona, trascenderá ampliamente su vida terrenal.
Ser argentino es ser ricotero, me dijo Mariana Enríquez, y de ahí en más, la verdad, no hay mucho más para decir.
El Indio Solari nos ayudó a muchos pibes y pibas de distintas generaciones, a entender quiénes éramos cuando aún no lo sabíamos. Creo que eso, no es poco. Cuando el infierno estaba encantador, Solari nos salvaba.
A los de mi generación, con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota siempre nos pasó algo curioso. Por momentos fue la música de nuestros amigos mayores, y durante una etapa fueron la banda con la cual nos identificamos. O elegimos hacerlo. A pesar de que para entonces, ya llevaban unos cinco o seis años separados.
Generaciones y degeneraciones
Nos compramos sus CD, descargamos sus inéditos conocidos e innumerable cantidad de piratas. Vivos con sonido de calidad dudosa. Aprendimos muchas canciones en la guitarra y pasamos horas en páginas web leyendo de qué hablaban sus canciones. Deliramos al respecto y las reinventamos según nuestras vivencias y nuestras percepciones.
Sucede que Carlos Solari siempre tuvo un talento que contadas personalidades han logrado exponer a lo largo de la historia de la música popular argentina: la creación de frases, metáforas y aforismos que, aunque a veces indescifrables, golpean en un lugar demasiado efectivo para un adolescente. Un lugar que podríamos dar en llamar: las tripas. Las mismas entrañas desde donde salían los riffs de Skay Beilinson, igual de importantes a la hora de constituir la mitología rockera argentina de la posmodernidad.
Quizás, en esas tripas está la explicación de un fenómeno indescifrable para cualquiera que lo vea de afuera. El Indio escribía y cantaba por igual para intelectuales de café, tipos duros de la noche más densa, para los presos, para el laburante, para los enamorados y para los corazones rotos, sobre todo, para los que no encontraban donde ir y vieron en él y en su prosa una tribu a la cual pertenecer.
Ahí estuvimos siempre nosotros. Del lado de quien recibe. La capacidad del Indio para el eslogan y la metáfora siempre fue de una calidad realmente superlativa. En discos como Un baión para el ojo idiota (1987), Oktubre (1986) o La mosca y la sopa (1991) alcanzó uno de sus puntos más destacados. Estas obras están plagadas de canciones que se terminaron convirtiendo en clásicos absolutos del repertorio rockero medio argento.
Para prueba, sólo basta repasar la lista de canciones: Preso en mi ciudad; Ya nadie va a escuchar tu remera; Motor Psico; Canción para naufragios; Ji Ji Ji; Vencedores Vencidos; Vamos las bandas; Todo preso es político; Todo un palo; Un poco de amor francés; El pibe de los astilleros; Mi perro dinamita; Tarea fina; etc. La lista es totalmente arbitraria y pueden incluirse muchas otras.
En los ochenta, cuando salió Oktubre, no fue un mega éxito de ventas, sino que maceró con el tiempo. Había algo oculto, casi esotérico en ese post-punk oscuro que increíblemente y contra todo pronostico, terminó siendo masivo incluso más que otras cosas mucho más vendidas en aquel momento.
A modo de síntesis se podría decir que, en ese disco, lograron condensar un ADN argentino que sigue tan actual, justamente, porque como el ADN, no se modifica. Quizás ahí reside parte de la magia. El subsuelo de la Patria. Las entrañas.
La prosa de Solari también anticipaba los noventa: una década en que tanto la juventud como la Argentina en general iban a encontrar una nueva matriz expresiva con los Redondos como principal exponente. Esa matriz que tendría al “rock como todo llanto”.
Después vinieron los disturbios pre y post shows, la masividad cada vez más inmanejable. Un país que se desintegraba socialmente y al que los Redondos sin proponérselo le pusieron banda sonora a la angustia adolescente y no tanto.
Ellos nunca tuvieron mucho que ver artística ni estéticamente con el llamado “rock chabón” que surgió al calor de la crisis de los 90 en los conurbanos argentinos. Sin embargo, fueron los padrinos espirituales, sin quererlo, de todos ellos.
Para muchos, los Redondos fueron aquella banda del under rockero que terminó con la llegada de la convertibilidad, el deme dos y el crecimiento exponencial de la desocupación y la pobreza. Lo cierto es que si se separaban en 1991, el mito estaría casi intacto.
Es verdad que la mayoría de las grabaciones más importantes se encuentran en ese período. No obstante, todo lo que pasó después los convirtió en algo mucho mayor que una simple banda de rock. Y al Indio, en un mito.
El enigma del Indio era tan grande que aunque no estuviese presente, su magia seguía a todo lo que oliera a su legado. Prueba de ello, son los también multitudinarios shows de Los Fundamentalistas, su banda solista.
El mito Solari, como el de Gardel, o el de Maradona, trascenderá ampliamente su vida terrenal. Cortázar escribió que empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes, cuando los grandes magos, los chamanes de nuestra juventud, parten sucesivamente. Nuestra muerte empieza cuando se van nuestros héroes. Muy pocos están a la altura de su reputación. El Indio lo estaba. El mito lo estará.

