Opinión. Autorreferenciales porque nos marcó la vida: gracias, Indio
La muerte de Carlos “Indio” Solari a sus 77 años dejó un dolor de la magnitud de lo que significa su figura. En medio de la conmoción, miles de argentinos compartieron cómo atravesó su vida la obra de Los Redondos y de su etapa solista.
Este viernes, murió el Indio Solari, alguien que tuve siempre en mi vida. En mi corta experiencia como periodista de espectáculos han fallecido grandes personalidades e ídolos que me tuvieron atado al teclado bastantes horas. Pero esta vez murió el artista que más quiero y el que más me importa.
Y aunque no tenga demasiado para aportar a todo lo que ya se dijo, disfruté mucho leyendo cada tuit, cada posteo en Instagram de seguidores de todas las edades que contaron cómo atravesó el Indio sus vidas y cómo los acompañó la obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a lo largo de los años.
Me emocioné con la foto de la chica que lo tuvo de vecino 28 días en Valeria del Mar, con el compañero de Quilmes que definió que el Indio le habló al oído, con la historia de otra chica que su mamá venezolana bailaba La Bestia Pop con ella y así.
Cada historia me movilizó, era como reconocer a un amigo en todas partes.
¿Por qué este artista atravesó a todo un país y a más de una generación? Cada uno tendrá su respuesta. Esta es la mía.
A nosotros (familia y amigos) nos llegó en 2001, poco después de la separación de Los Redondos. Yo tenía 6 años; mi hermano mayor, 10. Nuestros amigos rondaban esas edades.
En Trelew, Chubut, en un barrio periférico al costado de la ruta 3, en nuestro grupo de amigos nos habían comprado a casi todos una computadora por primera vez.
Lo primero que hicimos fue agarrar el CD-MP3 del primo del Chino, uno de mis mejores amigos. Este primo, diez años más grande que nosotros, escuchaba Los Redondos en su cotidianidad y nos dejó ese tesoro: un MP3 que replicamos cada uno en nuestra computadora.
El Chino vivía con su mamá, pero Laura trabajaba todo el día. En su casa nos juntábamos y todo el día, a toda hora, sonaron Los Redondos.
Ese MP3 divino tenía todos los discos, desde Gulp hasta Momo Sampler. A algunos les gustaban más los recientes; a otros, los más viejos. Era todo muy diverso. Coincidíamos con Ji ji ji; a otros les gustaba más Tarea fina o El infierno está encantador esta noche, y así. Como ese MP3 giraba en aleatorio en el reproductor de Windows Media, siempre había un descubrimiento nuevo.
Encima, en los años 2000, internet era primitivo. No circulaban muchas imágenes de Los Redondos; mucho menos circulaban notas o entrevistas. Solo el video de la conferencia en Olavarría y algunas revistas que comprábamos en los revisteros.
A lo que voy: Los Redondos, el Indio y Skay siempre fueron un misterio para nosotros. Lo poco que vimos era por tele, revistas y algún recorte gráfico.
Crecimos y mis amigos no siguieron siendo fanáticos ni seguidores. Con mis hermanos sí. Compramos originales los discos y los lanzamientos solistas del Indio y Skay. En mi casa del sur, yacen desgastados en algún mueble los libritos de los discos del Indio. Hoy reproducimos todo con Spotify, lamentablemente.
Implacable rocanrol
A mis 14 o 15 años empecé a sentir algo que hoy se conoce como "Fomo". Cuando el Indio Solari tocaba en Salta o Junín y TN iba a cubrirlo, miraba horas el canal y me consumían las ganas de estar ahí.
Bastante curtido en recitales de bandas que iban al sur, le pedí a mi madre que me dejara ir a Tandil el 3 de diciembre de 2011.
Me regaló el viaje y me dejó ir. Ya tenía 16 años.
No conocía a los pibes y las pibas que iban en el micro, casi todos éramos adolescentes. Compartimos un buen asado en un camping y emprendimos el viaje al hipódromo.
En el camino saltamos y cantamos. Nos bajamos en cualquier lado para ir caminando al predio. A la vuelta, ninguno de nosotros supo bien dónde ir. Yiramos toda la noche asustados, pero pudimos volver.
Acá es donde me quiero quedar: en la sensación de cuando el Indio Solari salió a cantar en aquel Tandil de 2011.
Ahí descubrí que la figura mítica, casi omnipresente, que había estado en mi vida desde niño era un hombre de carne y hueso que cantaba casi sin moverse.
Me aplastó ver al gigante.
Todavía recuerdo el golpe en el pecho cuando empezó Superlógico con una introducción de guitarra distinta a la de siempre. ¡Qué cosa increíble!.
Ahora, en todos los relatos que escuché, el recuerdo afectivo se mezclaba con la nostalgia de no tenerlo más físicamente. Indio siempre aparecía en los recuerdos, en los momentos felices y tristes de la gente.
Curiosamente, pocos repararon en la música. La música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue brillante. Por algo fueron la banda más importante de este país.
Discos de rock geniales con conceptos atravesados por el arte, desde la lírica, lo instrumental y lo visual. Semilla Bucciarelli le dijo a La Voz que ensayaban ocho horas por día. Fueron geniales, desde la autogestión, jugando como una banda internacional, pero del otro lado de la industria.
Pero claro, fueron más que música. Fueron rebeldía e identidad.
Ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos
También fui a verlo a Mendoza en 2013, el día del aguanieve. Justo coincidió con una estadía en lo de mis abuelos en San Juan.
Mi tía me llevó de San Juan a Mendoza y nos hospedamos en lo de unos tíos abuelos que no tenían ni idea de por qué había tanto revuelo en su siempre tranquila Las Heras.
“¡Fui al kiosco y se quedaron sin vino!”, me acuerdo de Manuel, quien me hospedó, muy ofuscado.
En San Martín, Mendoza, hizo tanto frío que todos se organizaban para recolectar leña de donde fuera y calentarse alrededor del fuego. Así era la tribu del Indio. Siempre solidaria.
Ahora, cuando murió, mi tía, que viajó conmigo, me mandó un mensaje de condolencias. Sabía que estaría triste.
Recién ahí lloré.
En 2016, ya viviendo en Córdoba para estudiar y trabajando como plomo en el recital de Iron Maiden en el Kempes, tenía vía libre para ir a ver el show de los británicos. Después había que quedarse a desarmar. Era trabajo. Pero el corazón pudo más.
La pasión me atravesó y, con una corazonada, me compré un pasaje a Tandil. Allá me esperaba, Cristian, un amigo de los que empezó a escuchar la banda con ese bendito MP3, con una entrada. Nos encontramos e hicimos grupo con sus amigos y hasta se nos sumó la exnovia del Chino, que era del barrio y nos encontramos por casualidad entre la multitud.
Allí, el Indio contó que tenía Parkinson. Nos destruyó. Pero después salió y nos dio el mejor recital de todos. La banda estuvo brillante. Ahí tuve la sensación de no volver a ver esa plenitud arriba de un escenario.
Después de Tandil vino Olavarría. Yo no fui.
Fue Matías, mi hermano menor, que también creció con Los Redondos, al igual que mi hermano mayor. Y mi viejo. Y mi mamá, que no es rockera, pero se copó con los dos primeros discos de Skay y alguna vez lo fue a ver.
Estamos todos en naufragar
Este viernes se murió el Indio. Se sintió como la partida de un familiar.
A muchos de los que venimos de sectores humildes, nos marcó la vida y nos hizo mejores. Quedamos un poco huérfanos de ídolos populares.
Nos quedará ir a ver a Skay, a La Kermesse y a los Fundamentalistas para reencontrarnos siempre con esas canciones que tantos nos marcaron. Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir.
Indio: buen viaje a tierra incógnita. Gracias por todo.

