Tristeza total. Adiós al Indio Solari: esa estrella fue nuestro lujo
El excantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tenía 77 años. Lega una obra tan singular como monumental, que en su tramo final se refirió a la cercanía de la muerte.
Carlos “Indio” Solari, el excantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y el artista más influyente de nuestra música, falleció este viernes a los 77 años, tras atravesar con hidalguía un extenso período luchando contra el Parkinson.
Por más que él haya profetizado este momento, tanto en sus más recientes canciones como en su autobiografía, su desaparición física sumió a su público en un insoportable estado de dolor y estupefacción. Al cabo, el único que se corresponde con las pérdidas de grandes valores de la cultura popular argentina.
Porque Solari está a la altura de cualquier personaje de nuestra mitología sociocultural, ya sea un jefe de Estado creador de un movimiento político (Juan Domingo Perón), un deportista sinónimo de gestas imperiales (Diego Armando Maradona) o un zorzal tanguero que vence al tiempo y a las modas (Carlos Gardel).
Es raro que alguien no sepa qué llevó a Indio a ese nivel de adoración. Pero por las dudas, la triste noticia de su muerte obliga a recordarlo: una obra de rock estimulante, labrada con agudas observaciones sobre nuestro devenir y desarrollada en los términos de autogestión, de independencia en relación a la industria discográfica. Todo, entre mediados de la década de 1970 y fines de la segunda década del nuevo siglo en curso.
Al basamento de ese legado lo construyó junto al guitarrista Eduardo “Skay” Beilinson y otros compañeros en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Este proyecto consistió en una banda de rock que pasó del happening psicodélico-teatral, con epicentro en La Plata, a un paquidermo indomable que movía por todo el país a multitudes de jóvenes desangelados, que se sentían interpeladas por los mensajes amplificados por la gola ardiente y chillona de Indio.
Mensajes que advertían que todo preso es político; que estábamos a merced de los marines de los mandarines; que podemos subvertir la pirámide social para pensar al lujo como vulgar; y que un sheriff podía matar jóvenes marginales como mosquitos sólo para cumplir con cierta demanda “clasemediera”.
Esa prédica, además, seteó la irrefutable certeza de que “vivir sólo cuesta vida”. O si se prefiere, que la libertad está al alcance de todos y es impostergable ejercer el derecho a disfrutarla.
Solari ensanchó nuestro mundo permeando su música con lo que acumulaba como lector voraz.
Así, instituyó un canon que devino en objeto de análisis académico permanente.
Autogestión y militancia
Lo de la autogestión, en tanto, fue una posición complementaria a la convicción de llevar adelante una alternativa a los mandamientos sociales tradicionales, que en el caso de Los Redondos se cristalizó en la vida en comunidad y ¿militancia?
“La militancia orgánica no tenía que ver con mis ideales. Yo no podía pensar como un montonero. Estaba afuera de ese menú. Compartía parte de la mirada, eso de estar en contra de la opresión, de la mita y del yanaconazgo tecnocráticos, pero nuestros caminos no era los mismos”, le dijo Solari al respecto a Marcelo Figueras, su interlocutor en la autobiografía Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana, 2019).
“Yo quería ser dueño de mi vida. Por eso tenía discusiones con ellos. Entendíamos su código, pero ellos no entendían ciertas cosas que nosotros creíamos: lo de apostar a un pensamiento más horizontal”, amplió el artista en el tramo inicial de un opúsculo de 861 páginas, que respeta una cronología de vida que echa luz sobre dos “Indios”.
Uno es el niño, adolescente y adulto en la antesala de la notoriedad que le dio el comando de una banda sin parangón en nuestra música popular.
Y el otro, el que, ya treintañero y empoderado por el impacto de su arte analítico de las tensiones de clase, se convierte en un semidiós que se intuye hermético y distante.
Precisamente, en Recuerdos que mienten un poco quiso desterrar esta impresión echando luz sobre sí mismo.
Sobre alguien que rompió con el arquetipo de cantante de rock excéntrico no sólo por ser calvo y de bigotitos (en sus inicios) sino porque su vestimenta nunca fue funcional a un ideal de “show”.
Se pueden rastrear las fotos, el Indio setentista afrontaba los actos de cabaré político de Patricio Rey lookeado como un bancario con leve tendencia a la new wave (por el corbatín), mientras que el de escala estadio lo hacía vestido con remeras levemente estampadas, jeans y zapatos de plataformas resistentes, cercanos a los de un clown.
Los inicios
Carlos Alberto Solari había nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, hijo de José Solari (empleado del Correo Argentino) y Celina Estelita Choy, a quienes expuso en la portada de su último disco, El ruiseñor, el amor y la muerte (2018).
Fue en la capital entrerriana donde despertó su amor por la música, luego de quedar embelesado por la línea de vientos de una banda militar que actuaba con frecuencia en la plaza central.
Los discos de su hogar también jugaron un rol preponderante, aunque no eran muchos. “Estaban, sí, esas colecciones típica de la época, que armaba la revista Selecciones del Reader’s Digest: Música para soñar y reposar… Mi viejo chiflaba tangos, le gustaba Magaldi… Yo también puedo hacerlo, invento tangos chiflando y sé que no existen”, le recordó a Figueras.
Luego de un paso breve por Santa Fe, los Solari se establecieron en La Plata, donde Indio vivió una infancia feliz (“era un niño dañino”) y una adolescencia curiosa que le permitió formatear sus visiones sociopolíticas y artísticas.
Fue en la metamorfosis del Carlitos joven en el Carlos adulto que adoptó el apodo “Indio”. Nunca tuvo en claro quién lo ungió de esa manera pero sí el por qué: el influjo del futbolista Jorge “Indio” Solari, campeón de la Libertadores con Estudiantes en 1970.
Ya con 21 años, Solari se va a Valeria del Mar para trabajar en la administración de un hotel. En ese retiro playero consolida su relación con su novia Andrea, y se casa con ella en 1973, en el Registro Civil de La Plata.
Los cónyuges eligieron como padrinos al cineasta Guillermo Beilinson y a su mujer Laura.
Guillermo, precisamente, fue el enlace para que Indio conozca a Skay (su hermano) y a Carmen Castro (“La Negra Poli”), pareja con la que en el futuro consolidó a ese proyecto contracultural convertido en central por puro arrastre popular y que se apocopó como “Los Redondos”.
El vínculo entre Indio y Skay se dio en la filmación Ciclo de cielo sobre viento, una película de Guillermo basada en un cuento del cantante y musicalizada por el guitarrista.
La chispa de esa interacción redundó en el fuego del debut escénico del binomio. Pasó en 1976 y en el Teatro Lozano de La Plata, donde, entre el público, un personaje llamado “el Doce” repartió pequeños buñuelos de ricota.
De todos modos, el estreno del proyecto como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tuvo lugar en el bar El Polaco, de Salta, el 7 de enero de 1978.
En el período posterior a esos acontecimientos, que podríamos asociar a la profesionalización del grupo, Indio trabajó como encargado del Hogar Falcón, un refugio para chicos de la calle que dirigía su hermano. Y por sobre todo, se enamoró de Virginia Mones Ruiz, con quien se casó en 1989 y convivió hasta su último día en una quinta de Parque Leloir, Ituzaingó (provincia de Buenos Aires).
Con ella fue padre de Bruno, su único hijo, a fines de 2000.
La discografía de Los Redondos se expuso entre la primavera alfonsinista (Gulp!, 1985) y la antesala del primer colapso sociopolítico desde la recuperación democrática (Momo sampler, 2000). Entre esos extremos, Indio siempre advirtió que había “mucha mierda” entre tanto papel picado celebratorio y tradujo la ruptura gradual del entramado social con imágenes potentes, bordeadas con inteligencia dentro de los límites de la “canción rock”.
A eso claro, hay que sumarle sus maneras sagaces para abordar la geopolítica. Como ejemplo de este punto vale rescatar a Ji Ji Ji, tema promotor del “pogo más grande del mundo” en el que se refirió al desastre nuclear de Chernobyl.
Pongamos en contexto: en los cinco meses que pasaron entre abril de 1986 (cuando se produjo la catástrofe) y octubre de 1986 (cuando se lanzó el disco que contiene la canción que la cita), se sucedieron la asimilación del hecho histórico, la composición del tema, su estreno en vivo y la aproximación a la versión definitiva. Todo en tiempos en los que Internet era una alucinación futurista.
Córdoba, en su mapa
Córdoba atestiguó los movimientos de Indio Solari a lo largo de su trayectoria. De hecho, fue en nuestra ciudad que Los Redondos tocaron por última vez (el 4 de agosto de 2001, en el por entonces llamado Chateau Carreras).
Pero más allá de ese show histórico por la circunstancias en las que se produjo (buenas migas con el controvertido exintendente Germán Kammerath, entre ellas), también resultaron memorables los pasos de la banda por la ex Asociación Española (en octubre de 1987), la discoteca Flop de Villa María (septiembre de 1992) y el Anfiteatro Municipal de esa misma ciudad (junio de 1997, mayo de 1988).
Como solista, en tanto, Indio Solari presentó Porco Rex (2007), su segundo disco junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, en el predio de la doma de Jesús María (abril de 2008).
En la previa de ese show, el artista recibió a La Voz en su hogar de Parque Leloir. Y ante el grabador dijo: “Al ser un productor independiente, tengo que andar buscando lugares donde no me corran los pulpos. Y al ver que Jesús María tiene una estructura para recibir multitudes y atenuar los problemas que uno ‘acerca’, al ver que la ciudad garantiza viandas para todos, me decidí. Están acostumbrados por el Festival de Folklore. Además, un productor asociado trabaja allá”.
“Vos llegás ‘galopado’ a Jesús María”, le observó este cronista.
“Y sí, voy a domar a la gente; y a la cancha también, la voy a dejar planita... Suponiendo que todo salga bien”, contestó un Solari que siempre estaba preocupado por cómo se iba a portar su gente y paranoico porque creía que en los medios todos anhelaban su derrumbe.
En aquel diálogo, además, ya insinuaba a la muerte como un tópico ineludible, algo que se acentuaría mucho más en el tramo final de su obra. “Con el tiempo uno se va poniendo más vulnerable, delicado –observó–. Me movilizaron algunos acontecimientos en la vida y la cercanía de la muerte. De joven, uno no le da pelota a estas cosas, le parece que todo es obra del demonio. Bueno, del demonio sabemos cómo obra”.
“El demonio es un gran optimista, cree que nos puede hacer peores. Con los años estoy tratando de que sea al revés, de combatirlo. Y así fue que me volví más comprensivo. A Porco Rex se lo puede leer como ‘personal’, aunque siempre lo que uno hace tiene ese alcance, porque resulta de sus puntos de vista”, amplió.
“Pero sí, en el disco la lupa se ha centrado en cosas más cotidianas y refleja relaciones cercanas –confesó-. Antes, mis canciones de amor eran turbulentas ahora están más dramáticas... Por la cercanía de la muerte, insisto”, amplió en aquel tiempo que surfeaba la contradicción de ser un revolucionario con poder adquisitivo autopercibiéndose como un “burgués prolijo” o como un “hedonista ético”.
Pero si por entonces la muerte era algo sugerido, en el extremo final de su obra se constituyó en preponderante al extremo de plantearla en un título.
Pensando en tierra incógnita
En las últimas entrevistas que ofreció, Indio Solari confesó sentirse conmocionado por Blackstar (2016), el último disco de David Bowie que a todas sombras fue pensado como un réquiem para sí mismo.
Si bien El ruiseñor, el amor y la muerte (2018) estuvo muy lejos en materia de espesura y locura de la estrella negra del Duque Blanco, tiene puntos de contacto en el sentido de que la muerte sobrevuela ampulosa y sin generar temor aunque sí dudas.
En este sentido, resultó arrebatador oírlo a Indio preguntarse “¿Habrá después?” en el medio tiempo melancólico La oscuridad, donde a su vez sienta las bases de una partida inminente. “Me acerco a vos/ Pedís que no mire hacia atrás/ El equipaje pesará menos/ Que la última vez”, sumó allí.
Es que así fue: desde que el Parkinson se manifestó en su humanidad, Indio sintió que estaba muy cerca de “tierra incógnita”, la imagen que eligió para referirse al más allá a la hora de despedir a Gustavo Cerati, alguna vez señalado como su némesis.
Ahora es él quien busca ese destino. Y por más que aquí haya sido todopoderoso, desde allá le resultará imposible controlar nuestro dolor.




