Cultura. El último premio de Samanta Schweblin: lo que hay y lo que falta

Una mirada sobre El buena mal, el libro que le otorgó el premio Aena a Schweblin en España.

17 de abril de 2026 a las 05:39 p. m.
El último premio de Samanta Schweblin: lo que hay y lo que falta
Samanta Schweblin ganó el Premio Aena de Narrativa 2026

Ahora que se calmaron los ánimos, es momento de pensar. La escritora Samanta Schweblin recibió el premio Aena y desencadenó una inmediata y casi instintiva ola de celebraciones, enojos, e idas y vueltas en el ambiente cultural argentino. En la montonera de reivindicaciones erradas y chicanas tontas fue casi imposible ver qué significa todo eso.

A Schweblin le otorgaron 1 millón de euros por un premio nuevo y sin prestigio en el mundo de las letras. La responsable es Aena, empresa pública española del rubro aeroportuario que se propuso promover la lectura y la creación literaria. Las obras concursantes no fueron enviadas por los autores, sino elegidas entre aquellas escritas en español y publicadas en 2025.

Se dijo que Schweblin no lo merecía al lado de finalistas como Enrique Vila-Matas; que sí lo merecía por su trayectoria; que la distinción despertaba inquina por ser mujer; que es demasiado dinero para un premio sin legitimación; que se merecía ese dinero y mucho más.

¿Qué más hay para decir?

Samanta Schweblin ganó el Premio Aena de Narrativa 2026
Samanta Schweblin ganó el Premio Aena de Narrativa 2026 (X / Aena)

Demasiado cuidado

La discusión sobre el merecimiento de Schweblin nos distrae de El buen mal (Random House, 2025), un libro de seis relatos que tematizan desde distintos ángulos el cuidado. A veces es el cuidado de sí, otras el de alguien débil, perdido, cercano o desconocido. Son cuentos de prosa contenida y directa, apenas reflexiva, que descansa en los efectos de la sensorialidad poética.

En general, es un libro bueno pero en absoluto extraordinario. Los relatos abren con una suerte de in medias res para atrapar al lector, una fuerza que rápidamente se diluye porque el corazón de la historia está en otro lado y poco tiene que ver con la potencia inicial.

Los tres primeros cuentos dejan casi al desnudo aquello que un lector aspira a olvidar cuando lee: la técnica, el golpe de efecto, los trucos del oficio. Las voces narradoras resultan cansinas por la solemnidad que despliegan ante acontecimientos claramente anticipables que tardan en llegar.

“El ojo en la garganta” es el más destacado porque es auténticamente un gran cuento. Es complejo en su ejecución y sostiene con pericia la tensión desde la primera escena hasta la última. La madurez de la mano creadora aparece en la secuencia de las acciones y especialmente en la valentía de acelerar hacia el horizonte incómodo y torcido que paulatinamente se asoma ante el lector.

Los dos cuentos restantes exhiben una gran destreza en la conformación rápida de un universo propio, donde los personajes parecen haber habitado siempre. Tal vez no sean inolvidables como el cuarto relato, pero sí superan a los primeros.

El buen mal, entonces, es una obra despareja que aborda temas que no fallan a la hora de conmover al público general. Adolece de innovaciones en la forma y en el lenguaje; se acerca más a un caso por emular para alcanzar aprobación que a una exploración del potencial del arte literario.

Hegemonía

El otorgamiento del premio Aena a El buen mal tiene importantes consecuencias en la percepción de la literatura, para quienes la escriben y para quienes la leen, al instalar un deber ser.

La nacionalidad de las casas editoriales de las obras finalistas y de la mayoría del jurado postula como vendible y meritoria un solo tipo de literatura. Esto último en sí mismo no resulta un problema; después de todo, la editorial es una industria como cualquier otra que necesita vender para que los escritores trabajen y coman.

El problema radica, en cambio, en la ausencia de una crítica seria que devele las razones detrás de la legitimación de un tipo de literatura y aventure lazos con la tradición e intereses extraliterarios.

No es casual que en los últimos 10 años la fecundidad de la literatura argentina en el extranjero haya llegado de la mano de obras que coinciden en sus temas y hasta en una prosa contenida, sensorial y sin riesgos.

Lo que podríamos al menos preguntarnos es: ¿qué literatura argentina queda por fuera del circuito de validación internacional?